miércoles, 13 de enero de 2010

Las mil caras de un cómico impostor

Martín bossi, el fenómeno de gran cuñado, estrena en el teatro broadway

Después de acceder a la inmediata fama que le depararon sus imitaciones en ShowMatch, el actor enfrenta el desafío de una sala grande.

Martín Bossi sabe cómo traducir el poder de observación en una imitación perfecta. Una afirmación a la que no le hacían falta las Cristinas, los Mauricios y las Mirthas que el humorista le regaló día tras día a la audiencia en la pasada –y exitosa– versión de “Gran Cuñado” en ShowMatch, pero que gracias a ellos terminó por redondearse como una verdad innegable. Se sabe: Bossi es uno de esos falsificadores que descubren, en los personajes que imitan, aspectos de ellos que nosotros ni sabíamos que existían. Un tic, una postura, un giro en la voz. “Eso es observar”, afirma el actor, muy cómodo en un sillón del hall del teatro Broadway 2, cuyo escenario será también el de sus personajes cuando el viernes 15 suba la obra M, el impostor.

Pero Bossi no se queda ahí; extiende la explicación: “En realidad, la imitación es una opinión: ‘Yo opino tal cosa de este tipo’. Y también es una cuestión de economía: si yo sólo hago una imitación de Cristina, eso dura 20 segundos. Ahí está la diferencia entre el actor que imita y el imitador a secas. Creo que ya no se sostiene en la TV un tipo solo haciendo imitaciones. Roberto Peña, Campi o Freddy (Villarreal) son actores que imitan. Tipos que sostienen a los personajes.”

En M, el impostor, entonces, Bossi volverá a interpretar con impronta de actor a esa ristra de personajes variados que tan bien le salen. Cantantes, actores o políticos que ya habían desfilado en el Velma Café –antigua casa del show– y que, esta vez, se medirán con una platea más numerosa. “En realidad, este espectáculo evolucionó”, asegura, “el Velma es un lugar hermoso, pero nos veían 150 personas por semana. Por eso el show sigue siendo un humorístico-musical, pero en el contexto de una obra. Se va a contar una historia en la que Vivian El Jaber hace de mi mamá, y que en realidad es mi propia historia. La historia de un hijo que quería actuar y la madre no lo dejaba. Algo que, creo, nos pasó a todos. ¿O a vos nunca te dijeron ‘nene, estudiá’, ‘no hagas llorar a tu hermana’, ‘bañate’, ‘cortate el pelo’?”, interpela, riendo.

El espectáculo tiene más responsables. “Obvio”, aclara, “gente en la que me apoyé para que el espectáculo creciera: Manuel Wirzt y Ana Sans, que lo dirigen; los coreógrafos Rodrigo Cristófaro y Vanesa García Millán, Diego Tarditti, que es mi amigo del alma y siempre está dando su opinión desde que empezamos; ellos aportaron calidad y vuelo”.

Probado actor (trabajó dos años en Patito Feo, realizó papeles en La niñera y Los Roldán, hizo teatro con Nito Artaza en Bailando por un voto), Bossi no se siente, para nada, un improvisado: “Estudié mucho. Y te puedo asegurar no soy un iluminado. Tengo cinco años de arte dramático, tres de clown, hace seis años que hago danza, soy cantante”, enumera, sin pedantería.

–Entonces, el boom de Gran Cuñado te encontró bien parado.
–Gracias a Dios. Me agarraba de más pendejo y se me volaba la peluca. Yo no siento que la pegué: todo lo que me pasó es consecuencia del trabajo. Yo no paro hasta que el personaje me sale; y eso es porque laburo. Con Mirtha, por ejemplo, me pasó que fui de invitado a su programa, le vi un gesto y me dije “uh, la tengo que imitar”.

El muchacho de 35 años que se crió en Lomas de Zamora casi llegó a ser tenista profesional y hoy luce una facilidad pasmosa para volverse otro reconoce que el éxito logrado en el programa de Marcelo Tinelli también tiene que ver con el hecho de que el conductor sea un partenaire de lujo. “Y no lo digo por obsecuente, eh, pero para mí es un gran humorista”.

Sandro, aquel admirador

Para Martín Bossi, como para gran parte de la población argentina, la muerte de Sandro tuvo un impacto grande. “La primera vez que vi a un tipo sobre el escenario –cuenta– fue a los siete años. Era Sandro. Lo volví a ver en el último espectáculo que hizo. Y tuve el privilegio de actuar para él en el año 2003. Era una fiesta que dio su mujer, y fue la experiencia más grande que tuve en mi vida. Canté “Penumbras”. Él se acercó y me dio una clase de cómo debía hacer para imitarlo. Cuando terminé me dijo, llorando, ‘¿Qué me hiciste, pichón?’; le dije ‘Disculpe, maestro’, y me contestó ‘Hacés muy bien a Sandro’. Casi me muero. Después estuvimos dos horas charlando. Su muerte me produjo un gran vacío. Y me pasó lo que me pasó con mi viejo: me quedé con ganas de decirle un montón de cosas. De hecho, en el espectáculo termino haciéndole un homenaje a él. Usaré su ropa, un legado que él me dejó y que me llena de orgullo”.

Fuente: Crítica