sábado, 30 de enero de 2010

Anton Chejov, un siglo y medio después

Por Ernesto Schoo

Se cumplió ayer un siglo y medio del nacimiento, en Taganrog (Ucrania), de Antón Pavlovich Chéjov, el gran renovador, junto con el noruego Henrik Ibsen, del teatro occidental a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Su huella perdura hasta hoy: no hay en la dramaturgia contemporánea, aun en las vanguardias más osadas, novedad que no se remita, de algún modo, al teatro de Chéjov, desde la comicidad más delirante hasta la tragedia más desgarradora. Y todo eso, sin aspavientos ni gritos, ni ademanes enfáticos: sus primeros espectadores le reprochaban, justamente, que en sus obras "no pasaba nada"... El mismo lo explica, con la sencillez con que formula toda su estética: "Es preciso hacer una obra donde la gente entre y salga, coma, hable del tiempo, juegue a las cartas (?) La gente come, no hace otra cosa que comer; pero mientras tanto se van forjando sus destinos dichosos, o se van destruyendo sus vidas".

Vida: palabra clave en la obra de Chéjov. La vida con sus luces y sus sombras, sus efímeras felicidades y sus agobiantes tristezas. Médico de profesión, supo él muy bien de qué manera esos extremos se entrelazan y se intercambian sin cesar, y cuán poco consciente de ese juego eterno es la mayoría de la humanidad, en apariencia ocupada tan sólo de sus negocios y sus amoríos. De ahí el alternarse, en toda su obra, tanto en los admirables cuentos (donde introduce por primera vez el concepto de final abierto) como en el teatro, de la ternura y la crueldad, la compasión y la crudeza. El espectador puede reírse, en buena ley, del humor en sus pasos de comedia ( El oso, El pedido de mano ), pero no se le oculta el trasfondo crítico de la decadente sociedad rusa de su tiempo. Así como las existencias frustradas de los protagonistas de Tres hermanas, El jardín de los cerezos o Tío Vania , no están exentas de rasgos humorísticos o ridículos.

Desde 1898, con el triunfo de La gaviota , en el comienzo de la estrecha colaboración de Chéjov con Constantin Stanislavsky y su Teatro de Arte de Moscú, se plantea la duda sobre quién es el verdadero creador de la dramaturgia "chejoviana" y su particular tendencia a la melancolía. El autor pretendía que sus obras eran comedias: ¿el director impuso a la fuerza su criterio opuesto? La polémica continúa, pero en estos últimos años se ha descubierto, compulsando cartas y documentos de la época, que Stanislavsky no sintió al comienzo ningún interés por la obra de Chéjov, y que fue su socio en el Teatro de Arte, Nemirovich-Danchenko, quien lo defendió e insistió en que se lo representara.

Antón Pavlovich, víctima de la tuberculosis, que en la época era incurable, murió en el balneario alemán de Badenweiler, en la Selva Negra, el 15 de julio de 1904, a los 44 años de edad, asistido por su mujer, la actriz Olga Knipper, y el doctor Schwörer. Los tres brindaron, pocas horas antes del fin, con champagne: "Hace tanto tiempo que no lo tomo", declaró Chéjov, acariciando una de las tres rosas amarillas que también había mandado traer del jardín, para festejar una aparente mejoría.

Fuente: La Nación