miércoles, 27 de enero de 2010

El lenguaje de la esperanza

Walter Santa Ana, protagonista de la obra Foto:CARLOS FLYNN/ TGSM

La versión de Krapp, la última cinta magnética , dirigida por Juan Carlos Gené, subraya la fugacidad de los recuerdos

Por Osvaldo Quiroga
Para LA NACION - Buenos Aires, 2010

Es frecuente hablar del pesimismo de Samuel Beckett, como si no hubiera otra posibilidad de acceso a su obra. Incluso cuando se analiza Esperando a Godot , texto cumbre del dramaturgo irlandés, se pierde de vista que toda espera encierra la posibilidad de la esperanza. Aunque Vladimiro y Estragón, los dos personajes centrales del texto, sigan esperando a alguien que no va a llegar, en la actitud de la espera está el deseo. Y es el deseo lo que los mantiene vivos. La ausencia de deseo no es otra cosa que la muerte.

La excelente versión de Krapp, la última cinta magnética que se presenta en el San Martín con dirección de Juan Carlos Gené y Walter Santa Ana en la piel del protagonista, muestra que todo recuerdo es un fragmento, una sensación difusa, un instante fugaz, casi como un relámpago en una tormenta. El viejo Krapp no reconoce ni su voz ni su existencia en las cintas grabadas décadas atrás. Ya es un despojo humano cerca del final. Sin embargo, la única cinta que escucha dos veces habla de un encuentro amoroso: "Me acosté junto a ella, con mi cara contra sus senos y mi mano sobre ella. Estábamos allí, tendidos, sin movernos. Pero debajo de nosotros todo se movía y nos movía, suavemente, de arriba abajo y de un lado a otro". Es todo lo que quedó de una historia de amor, la única huella que el viejo Krapp escucha con atención, como si en ese fragmento estuviera lo más importante de su vida.

Krapp es lo contrario a la idea del sujeto fuerte que alguna vez propuso Sartre. Él representa a un sujeto descentrado, escindido. Krapp no puede reconocer el hombre que ha sido. Pero basta que acerque su oído al antiguo relato de una historia de amor para que el espectador perciba que si alguna vez este hombre fue algo, lo fue en los brazos de una mujer.

"En el fondo de la desesperanza encontrarás la esperanza", escribió Albert Camus en El mito de Sísifo . Y Beckett parece responderle con su obra. Todo el teatro beckettiano es un llamado a mirar hacia adentro como única posibilidad de renacimiento. La mujer que habla de manera compulsiva en Días felices , la pareja de amo y esclavo que integran Hamm y Clov en Fin de partida y la boca que se mueve en la oscuridad en No yo ponen al descubierto un mundo que destruyó sistemáticamente lo humano que había en él. Pero no por eso lo humano ha dejado de renacer una y otra vez. Ni siquiera el reconocimiento de la desdicha evita en el hombre la voluntad de vivir. Dice Krapp: "Quizá mis mejores años han pasado. Cuando existía alguna probabilidad de ser feliz. Pero ya no querría vivirlos otra vez. Y menos ahora que tengo este fuego en mí. No querría vivirlos otra vez".

Rechazar a Samuel Beckett por pesimista es un error frecuente. Peter Brook, uno de los grandes directores teatrales contemporáneos, sostiene: "Nuestra ansia constante de optimismo es nuestra peor excusa. Si rechazamos a Samuel Beckett por pesimista, ¿no nos convertimos, entonces, en personajes beckettianos de una escenografía beckettiana?"

El imperativo de felicidad y optimismo que impone la sociedad actual es el camino ideal para la desdicha. Porque suele tratarse de un optimismo de cartón, una puesta en escena sobre la felicidad plagada de grietas. Porque si la juventud es eterna y el amor indestructible, ¿dónde está el devenir de la vida? Krapp sólo se detiene a escuchar la cinta que evoca el amor. No reconoce su propia voz, pero sabe que el recuerdo le pertenece, intuye que alguna vez tuvo la posibilidad de ser feliz y que lo fue durante unos instantes. Después apaga el grabador y se queda absorto frente al público. Como si hubiera encontrado lo que buscaba al evocar ese amor antiguo que alguna vez le hizo creer que vivir era algo más que morder las dos bananas que muerde en su cuchitril.

El espectáculo termina en silencio. Un silencio que se expande en la conciencia. El mejor teatro del mundo es el que incorpora ese silencio. Y en ese espacio imaginario ya no hay lugar para la pena. Sólo es posible un nuevo comienzo.

Fuente: La Nación