
Cuando llegamos, ví por primera vez a Pappo, un muchacho flacucho arrodillado en el escenario, golpeando e insultando a un pedal que sostenía en las manos y amenazaba con arrojar lo más lejos y violentamente posible. El Carpo estaba en cueros (la sala era un infierno de calor y humedad) y parecía muy, muy contrariado. Nos presentaron mutuamente como “guitarristas de blues” y entonces él me preguntó: “¿sabés algo de distorsionadores?. Compré este, anduvo fenómeno una semana y ya no funciona más”.
Yo ya tenía cierta experiencia con esos bichos, así que lo tomé en mis manos y busqué como abrir el portapilas. “¿Le cambiaste las pilas? –le pregunté- puede ser que se hayan gastado”. Me miró atónito, y con su típica carcajada carpiana, esa que asustaba, pero nunca mordía, me contestó: “Que delirio. No tenía ni idea de que este relajo funcionara con pilas”. Salió corriendo y un par de minutos después volvió con un par de everredis nuevas. Entonces empezó a tocar, y me dí cuenta de que yo no estaba más sólo en aquello de tocar guitarra de blues. Estaba también Pappo, ¡y de que manera!.
Allí, inmediatamente, nació entre ambos una amistad pisciana y guitarrística –mucho más fuerte que nuestra supuesta rivalidad como violeros- que duró hasta que me fui del país en el 72. Durante esos años, aprendimos mucho el uno del otro, nos pasamos yeites, tocamos horas sin parar en nuestras respectivas casas y también –¡que lindos recuerdos!- pateamos juntos, charlando sobre chicas y música, las calles de Caballito y Paternal y las vías de carga de Barracas y Avellaneda. Cierro los ojos, me concentro, y vuelvo a escuchar los sonidos de su increible carcajada y su insuperable guitarra.
Claudio Gabis
Fuente: http://blogs.myspace.com/gabisclaudio
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