Por Marisa Avigliano
Viviana apoya la camarita encendida sobre tres libros, se toca el pelo y abre apenas la boca. Está empezando a filmar su primer video porno. Está sola en su cuarto pero es una soledad fingida porque esa misma tarde el gemido de Viviana se escuchará en un millón de otros cuartos a través de xtube, pornotube, yuvutu o youporn.com Filmar sexo explícito y mostrarlo en la era de las comunidades web (o lo que se conoce como Web 2.0) es habitual y en ocasiones tan efectivo como era para Lolita, el botín de Humbert Humbert, conseguir un papel en la obra escolar Los cazadores encantados.
Firma Viviana. No agrega ningún dato más. Nunca sabremos más de ella. No hace una carrera profesional, al menos no en este rubro. La ilusión que nos convoca es la de que ella misma se calentó haciéndolo. No lo hizo por amor al arte, ni por el arte, ni por dinero. Lo hizo guiada por el dios, o la diosa, de la excitación.
Sin moverse de su casa
En la pantalla de una computadora, en un teléfono o en un Ipod (al que se le puede agregar Oh my Bod, un “sofisticado” vibrador que ofrecen las páginas preferidas por los compradores compulsivos) aparecen fragmentos de un cuerpo. Como si estuvieran dibujados con la abundancia alternativa de la memoria, estos fragmentos se exhiben ante una cámara con una estética natural que celebra la frecuencia perfecta y rítmica de la excitación. Sin cortes. Sin la obligación de repetir otra vez la pose “profesional”. Estos cuerpos se muestran no tanto para ser reconocidos –aunque sabemos que la cara es parte fundamental en el cine porno y sobre todo en el porno que supuestamente excita a las mujeres– sino para ser mirados.
Dos, más de dos, o solos frente a un espejo, lo indispensable es que sean imágenes filmadas en la intimidad. Estas películas caseras que quiebran los límites de las cuatro paredes componen una relativamente nueva categoría dentro del cine porno y fundan un subgénero, el do ityourself o género amateur, un género que recupera el espíritu de aquel do ityourself (hágalo usted mismo) que promulgaba hace casi treinta años el punk. Por aquellos años la consigna del movimiento inglés se refería a la moda, a la música o a cualquier otra manifestación artística y buscaba crear una contracultura indispensable para huir de lo preestablecido desmitificando el proceso de producción en sí mismo. El mensaje era claro: cualquiera puede hacerlo. Pero esta vez –siempre con la cámara encendida– no se trata de fabricar ropa ni accesorios distintivos sino que se trata de producir un modo de entretenimiento sexual y, fundamentalmente, un modo de aprendizaje sexual. ¿Estas imágenes que se pueden ver en la red y que fueron hechas por mi vecino son cine porno amateur? Sí, siempre y cuando ninguno de los protagonistas haya cobrado por hacerlo, o lo haga de manera habitual o como medio de vida.
Adios a las armas
Dentro de las muy conocidas críticas que el feminismo le ha hecho al porno tradicional, no debe menospreciarse el de la poca efectividad a la hora de cumplir con su cometido... si es que su cometido era excitar también a las mujeres. Hoy ya es un manifiesto el dato de que las “masturbadoras informadas”, término que suelen utilizar las informadas, no se excitan con la tradicional imagen de un hombre mayor o musculoso, mafioso con un puro en la boca y una copa de cognac en la otra, rodeado de adolescentes que sólo empiezan la orgía lésbica cuando él da la orden. A estas mujeres que buscan un porno nuevo ya no les interesa escuchar la facilidad pasmosa con la que las actrices del porno convencional gritan cuando llegan al orgasmo ni ver cómo el esperma se les mete en los ojos cuando les eyaculan en la cara. Mucho menos una película que delata un guión como éste: “Rubia chupa pelirroja, pelirroja chupa moreno” o aquéllas cuyo único recurso es simplemente cambiar el título de una película famosa: Terminator/Penetrator, Titanic/Tetanic. Aunque estos títulos puedan parecer un juego entre adolescentes aburridos (muy aburridos), son sin embargo la descripción de un cine porno que impone la industria X, visión que a veces se consume como única imagen de la sexualidad.
Los seguidores del porno casero señalan que no buscan una estrella del género, una cara en particular o un cuerpo voluminoso, buscan sexo explícito reconocible y espontáneo. Sexo aquí y ahora, un ahora brusco de esplendor implacable y cercano que erotiza la pantallita más chica de un Mp3. Atrás quedaron las fluffer, aquellas actrices contratadas para mantener excitados a los actores entre escena y escena. Tampoco se usarán en estas producciones de entrecasa –salvo en casos de esmerados aficionados escrupulosos– Virilix o Volume 500, esos productos que mezclan extractos naturales de plantas para potenciar la cantidad y calidad del esperma. Porque en este caso, la actriz o el actor de ocasión no necesita más estimulación que saberse a salvo en una intimidad que pronto será quebrantada.
Manos a la obra
Filmar escenas de sexo de manera amateur para que otros lo vean no es lo novedoso. Hace muchos años el cine de 8mm produjo películas porno por encargo, de modo que era posible ver pornografía en la intimidad del hogar, lo que le daba un nuevo sentido al género (aunque las protagonistas eran siempre prostitutas y el escenario era siempre un burdel); lo novedoso es este sistema de difusión inmediata de un acto íntimo y censurado creado para exhibirse y compartir con un anónimo –bueno, no siempre es anónimo– cibernauta.
El si que es no
Pero el cine porno comercial, ese que en Europa les paga a las mujeres entre 500 y 1500 euros por escena y a los hombres un poco menos, entre 300 y 1000, ese cine que lanza al mercado anualmente 14 mil películas y que gana 3 billones de dólares por año (seguramente esta cifra es mayor en la realidad) y que educó en los modales y en las expectativas a generaciones, tiene su contratara en una voz que lo desprecia y pulveriza: la voz de las directoras de cine porno hecho por y para mujeres que no reniegan de la pornografía en sí misma pero que están hartas y aburridísimas de los clichés sexistas del género. Uno de eso clichés es definitivamente la fantasía más tradicional de la pornografía masculina: la violación que se convierte en éxtasis y en la que la mujer acaba disfrutando. Fatal fantasía masculina sobre el no y el sí de una mujer.
Dicen las mujeres con cámara en mano: “Nos seduce la fantasía y la práctica de sexo violento y agresivo, pero debe quedar muy claro que es de manera consentida”. Y agregan, “queremos participar en el discurso de la pornografía porque si los dejamos a ellos seguiremos siendo representadas en el porno como la fantasía masculina nos ve: putas, lolitas y ninfómanas”. Erika Lust es una de esas directoras. Ya nos detendremos en ella y en su libro Porno para mujeres. Una guía femenina para entender y aprender a disfrutar del cine X.
Fantasias animadas
Dentro del manga, hay un subgénero pornográfico muy popular entre el público adolescente, llamado hentai, cuya traducción reúne la idea de perversión y de transformación. El hentai da cuenta del sexo anómalo y extremo: violaciones de seres humanos a seres fantásticos dotados de miembros sexuales gigantescos, sexo con menores de edad y muchas escenas imposibles de realizar fuera del mundo animado.
Fuera del manga, el cine porno japonés de moda en la actualidad (después de haber utilizado lolitas góticas, refinado sadomasoquismo y todo tipo de instrumento de tortura sexual) crece en el mercado internacional y se parece al europeo y al americano.
El cine porno siguió cambiando, y ese cambio modificó la mirada en algunos críticos y espectadores ajenos al género, que sentían miedo y desprecio, dice Beatriz Preciado: “A partir de finales de los años noventa, diferentes actores y actrices porno franceses comienzan a producir sus propias películas y a elaborar reflexiones críticas sobre su profesión, dando lugar a un modo inédito de representar la sexualidad, que, retomando la expresión de André Bazin, bien podría denominar nouvelle vague porno”.
Fuente: Página 12

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