miércoles, 30 de septiembre de 2009

Mozart, buen teatro y buenas voces

CENTRAL. OSMÍN (KEVIN BURDETTE, AL CENTRO) ES LA GRAN FIGURA DEL REPARTO.

El rapto en el serrallo La ópera de Mozart tuvo una buena puesta de Willie Landin.

Por: Federico Monjeau

Mozart compuso El rapto en el serrallo en 1782, inmediatamente después de Idomeneo. Se trató de una apuesta en favor de una ópera alemana, bajo la forma del singspiel: una ópera en alemán, con partes habladas, que más tarde adquirió su culminación inmejorable en La flauta mágica. Musicalmente, El rapto se encuentra a considerable distancia de La flauta, y tal vez haya que esperar hasta el cuarteto final del segundo acto para sentir enfáticamente la presencia del genio mozartiano. Tal vez el genio de tanto en tanto necesita descansar, aunque desde el punto de vista de la significación dramática hay algo maravilloso y específicamente mozartiano en esta ópera, que es la clemencia del Pachá Selim.

Esa clemencia no coincide exactamente con la convención del final feliz. El húngaro Ivan Nagel (regista y filósofo) lo analiza agudamente en su imprescindible ensayo sobre las óperas de Mozart (Autonomía y gracia, Katz). El rapto en el serrallo, con libreto de Johann G. Stephanie, da un giro fundamental respecto de la pieza original de Bretzner sobre la que se basa, giro objetado por más de un crítico de la época. Lo que en Bretzner es reconocimiento idílico, ya que Selim y Belmonte se reconocen finalmente como padre e hijo, en Mozart es una nueva apelación a la clemencia; sólo que esta vez no es la clemencia del gran monarca (Tito) en el formato de la ópera seria, sino la de un bufonesco jefe turco rodeado de odaliscas. En la ópera de Mozart, Belmonte es el hijo del más odiado enemigo del Pachá, quien sin embargo al descubrirlo encuentra el mejor motivo para conceder la gracia: "Es una satisfacción mucho mayor -exclama Selim sobre el final- apagar una injusticia sufrida con un acto de bondad, que pagar un crimen con otro crimen". Pero la clemencia de Selim no es un regalo, sino la respuesta a la demostración de autoafirmación que en la cautiva Constanza se había manifestado con abrumadora convicción.

La puesta de Willie Landin recrea el ambiente oriental con chispa, humor y buen teatro. Todos actúan, y lo hacen admirablemente; empezando por el estadounidense Kevin Burdette en el rol de Osmín, que además es una de las mejores voces de bajo que se hayan oído en mucho tiempo. Es la gran figura del reparto, aunque el resto no desentona. La soprano polaca Katarzyna Dondalska (Constanza) tiene poco volumen, pero lo compensa con una buena línea de canto que de todas formas siempre luce mejor en el agudo que en el grave. El tenor Todd Wilander (Belmonte), también estadounidense, es un noble tenor de estilo mozartiano, y el traspié sufrido en un endiablado melisma de la primera aria del acto III (Ich baue ganz...) no desmereció un correcto desempeño general. Los locales Natasha Tupín (Blonde) y Carlos Natale (Pedrillo) tuvieron una actuación irreprochable, lo mismo que Raúl Neuman en el rol de Selim.

Otra gran figura fue el director alemán Jonas Alber, que condujo a la Estable con finísimo equilibrio y obtuvo una excelente respuesta del conjunto y los solistas. Del Coro, que fue preparado por Marcelo Ayub, podría decirse que al menos en esta primera performance no se sintió gravemente la ausencia de Salvatore Caputo (el único legado musical de la gestión Capobianco), que se vuelve a Italia para trabajar con Muti.

Fuente: Clarín

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