domingo, 1 de noviembre de 2009

Hace 60 años se estrenaba una audaz versión del Tenorio de Dalí

1 DE NOVIEMBRE DE 1949. Hace 60 años se estrenaba una audaz versión del Tenorio con decorados y figurines de Dalí. Una visión surrealista del clásico romántico que pasmó a un público nada habituado a tal osadía. Alfredo Marqueríe, no obstante, supo ver que ése era el camino para traer originalidad y fantasía al teatro español

ALFREDO MARQUERIÉ

Anoche se estrenó en el María Guerrero una versión escenográfica del Tenorio debida a Salvador Dalí. La inmortal obra de Zorrilla fue respetada íntegramente en su texto, pero en la invención de figurines y decorados Dalí ha puesto a contribución toda su fantasía.
...Al salir del María Guerrero una espectadora airada me increpó violentamente:
-¿Es posible que le haya gustado este disparate?
-Señorita, perdóneme -le contesté-, pero el experimento que acabamos de presenciar no es nada disparatado, sino un intento tan original como loable para renovar la anquilosada escenografía de nuestra mejor obra romántica, sobre la cual -respetando el texto, como se ha hecho- es lícito ensayar nuevas interpretaciones plásticas.
-¡Ah! ¿Sí?... Y ¿quiere usted decirme para qué intervienen las Parcas?
-Ya se lo explica una nota del programa: «Las Parcas representan en este montaje la fuerza diabólica que empuja a Don Juan hacia su perdición». Ellas inician la acción del drama mientras cae al suelo el gran plato de cerámica sevillana como anuncio de catástrofe. Tejen y destejen los hilos que atenazan o dejan sueltos a los personajes, ofrecen a Don Juan la pistola con que ha de dar muerte al comendador; sujetan a Mejía para que pueda ser alcanzado por la espada de su contrincante; acompañan a Doña Inés en sus sucesivas apariciones; preparan el sofá que simboliza la clave amatoria de la obra, y abre y cierran las puertas de los decorados, que en realidad son las esclusas del drama.
-¿Y por qué la quinta de Don Juan está resuelta con unas cortinas negras, una luna y un rielo en las aguas del río?
-Porque el escenógrafo ha entendido que con sólo esos elementos se puede dar la sensación perfecta del clima de la escena donde, efectivamente, el río y la luna son los factores decisivos de la acción.
-No me dirá usted que tiene sentido la caída de los platos que dejan en su lugar unos nichos. ¿Qué locura es esa?
-Nada de locura. Un símbolo facilísimo: como caen las hojas en el otoño indicando el paso del tiempo, esos platos se vienen al suelo justo cuando los años pasan, los muros de la casa solar de Tenorio se derrumban y surge el panteón.
-Pero la hermana Tornera va tocada y vestida de un modo muy extraño.
-Otro símbolo sencillo, señorita. La Tornera de un convento es siempre una voz sin rostro.
-Brígida no tiene cara.
-Celestina no tiene rostro. Si acaso, un vago recuerdo de raposa en sus facciones. ¡Gran acierto!
-¡No me diga!... Entonces, ¿también le gustaron las máscaras del primer acto y los íncubos que se arrastran en el cementerio?
-¡Naturalmente!... Son de un acierto y de una valentía totales, como el paso de «Doña Inés» en una negra y funeral silla de manos transportada por fantasmas; o el traje renacentista del escultor, o el dar calidad de lirio y azucena a la virginal figura de la novicia. O la construcción andalucísima de la casa de doña Ana de Pantoja, de un sabor meridional absoluto.
-¿Es usted superrealista?
-No, señorita.
-En ese caso, explíqueme por qué los alguaciles van vestidos y caracterizados de modo tan raro.
-Pues, porque son, en realidad, unas figuras burlescas, en un momento de la obra de trampa y de engaño, de celada y de carcajada.
-Usted dirá lo que quiera, pero yo no acierto a comprender por qué se transforman las paredes del cementerio en un decorado de calaveras, ni por qué abundan tanto en la escenografía esos motivos de las mariposas.
-Señorita: usted olvida que «Don Juan Tenorio» es un drama religioso-fantástico, y esa misma calificación de «fantasía» dada por el autor a su producción, deja un libre margen a las interpretaciones plásticas y escénicas.
-Pues yo prefiero el «Tenorio» tal y como lo he visto siempre.
-¿A los ciento y pico años de su estreno?
-Sí.
-¿Niega en ese caso la posibilidad de toda renovación escenográfica en las obras del teatro universal?
-Lo que estoy es indignada.
-Pero, ¿por qué?
-Porque me parece una broma, una burla cambiar la decoración usual de «Don Juan».
-Al contrario. El pintor y los directores de escena han puesto en su trabajo el mayor cariño y la mejor poesía, han «colaborado» con la intención que tuvo el autor; salirse de la realidad en la presentación de su drama. Usted se asustaba antes del superrealismo. Pero lo cierto es que el «Tenorio» fue una obra precursora de esa tendencia literaria y que tal vez Salvador Dalí ha sido un recreador plástico más exacto y más justo con el sueño del poeta.
-No me convence usted.
-Pues lo siento de veras. Hice cuanto pude para conseguirlo.

Fuente: ABC

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