sábado, 31 de enero de 2004

EDUARDO PAVLOVSKY


Contra el teatro apolítico

Desde sus comienzos en los 60, al frente del grupo Yenesí, Pavlovsky se propuso hacer del teatro una experiencia de resistencia política a la formas de represión psicosocial.

XIMENA CASAS.

Tenía un ideal del yo, una aspiración —muy inculcada por mi mamá— que me impulsó como caballo de carrera. Pero llegué más lejos de lo que pensaba", asegura y se acomoda en un sillón del despojado living de su casa de Belgrano.

- —¿Cómo conviven el psicoterapeuta, el actor y el dramaturgo?

- —No me doy cuenta. Voy haciendo las cosas y, de repente, alguien me pregunta: "¿cómo se hace?" A mí siempre me interesó todo lo que tuviera que ver con lo humano, el sufrimiento, lo psicológico y lo sociológico. De muy chico, me analicé con Matilde Rascovsky. Después estudié medicina y, como no me gustaba, me recibí muy joven. Al revés. Y de repente me encontré sin saber qué hacer. Simultáneamente, vi la obra de Beckett y ser actor me pareció fascinante.

Primero tomó clases con Pedro Asquini y Alejandra Boero. Luego, fundó su propio grupo —Yenesi— junto a Julio Tahier y continuó su formación actoral en el Nuevo Teatro, donde ensayaba obras de vanguardia. "Era un teatro militante —cuenta— que se oponía a la cultura burguesa, a la que yo pertenecía. Yo venía de una familia de médicos prestigiosos, de clase media alta". En 1962 llegaron sus primeras obras como autor: Somos y La espera trágica. Y en los años 70, El señor Galíndez.

Al mismo tiempo, Pavlovsky terminó la carrera psicoanalítica. Pero sentía que eso no era lo que quería. Hasta que otra casualidad le permitió encontrar su lugar en la psicología: "Un médico colombiano me invitó a hacer psicoterapia de grupo en el Hospital de Niños y descubrí un mundo apasionante: la relación entre el juego y la terapia. Estaba decepcionado por la medicina y por la comprensión del mundo que tenían los psicoanalistas, que explicaban todo por el inconsciente. Además, formaban una especie de secta. La psicoterapia de grupo me abrió otro panorama".

Luego, vendría un exilio de tres años en Madrid. La vuelta a Buenos Aires. Las históricas jornadas del ciclo "Teatro Abierto", en 1981. Y varias obras convertidas en clásicos: Potestad, Paso de dos, Rojos globos rojos, Telarañas, La muerte de Marguerite Duras, traducidas a varios idiomas y representadas en todo el mundo por el mismo Pavlovsky o por... Jean—Louis Trintignant.

Ahora, Pavlovsky se encuentra en ese momento previo a la creación que —inspirado en el escritor Julio Cortázar— denomina "coágulo". "Siempre escribo pensando en mí como el actor que va a interpretar esos textos. Soy el mejor actor de mis obras", afirma. "Al Pacino no haría mi teatro mejor que yo. Cuando escribo, tengo imágenes donde voy actuando lo que voy escribiendo." Se define como un autor de imágenes. "La pintura me estimula enormemente para escribir teatro. Por ejemplo: vi la exposición de Ovo Nero —un grupo de jóvenes— y me quedé muy impresionado. Los dramaturgos recurrimos mucho a la explicación, mientras que los pintores atraviesan ese momento: se mandan. El teatro está detrás de la pintura. Uno de estos muchachos me contó que su proceso para pintar es parecido al del pintor inglés Francis Bacon. Yo también uso ese proceso para escribir: hay manchas tiradas por ahí, que no representan nada, y empiezo a trabajar por una de ellas.

- —¿Le preocupan la vejez y la muerte?

- —Sí, yo tengo temor a la muerte. Para Borges la muerte era maravillosa: "Yo estoy esperando cesar", decía. No soy religioso y, por ahí, me gustaría serlo. Entonces, me cuido hipocondríacamente: camino todos los días 5 kilómetros y nado.

Las pasiones de Pavlovsky no se agotan en el teatro. También están el deporte (especialmente el boxeo), las mujeres y la política. Las mujeres, su otra pasión, son también un gran misterio. Pavlovsky cuenta que se enamoró varias veces y tuvo tres matrimonios (desde hace 23 años está casado con la actriz Susana Evans, que interpretó varias de sus obras), pero que la mujer sigue siendo para él "insondable e inabordable". Y la política, por ahora, sólo le interesa como objeto de estudio. "No volvería a ser candidato a diputado, sólo lo haría por el partido de Luis Zamora. Me interesa más escribir y estudiar política. La candidatura fue una actitud militante cultural, tenía la absoluta seguridad de que no iba a ser electo".

En los 70 sus obras representaron la vanguardia teatral. ¿Por dónde cree que pasa ahora la vanguardia? Cuenta: "No veo muchas obras. Rafael Spregelburd, Javier Daulte, Alejandro Tantanian y Daniel Veronese representarían la vanguardia, un teatro diferente que entusiasma a mucha gente. También es un teatro apolítico. Nuestra generación —la Gambaro, Cossa, Osvaldo Dragún o Ricardo Monti— fue atravesada por lo político. A mí me vinieron a buscar: lo político me atravesó en el cuerpo".

La actualización de sus textos (hoy día puede verse Telarañas dirigida por Nora Rule los viernes a las 22.30 en el Actor''s Studio) también tiene que ver con nuevos públicos. Y también llegaron a Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. ¿Cómo son interpretadas y recibidas ahí?

"Mi teatro —que no es un teatro popular, en el mejor sentido de popular— es estéticamente ideológico en cualquier lugar. La gente que ve mi teatro es muy parecida a mí. En Los Angeles, Albania, Francia o España: el público tiene una ideología estética semejante. El otro día, alguien dijo que yo merecía mayor publicidad. No lo creo. Un sector de gente bastante más amplio del que yo creía tiene conocimiento sobre mi quehacer intelectual. La cantidad de gente no define el fondo de la cosa."

- —Una característica común en muchas de sus obras es la aparición de la figura del represor, el torturador, como una persona común y hasta simpática. ¿Por qué le resultan atractivos estos personajes?

- —Es inexplicable y es explicable. Esto me costó una divergencia con la izquierda. No voy a explicar que pienso en contra del represor —parece que en la Argentina, cada vez que uno escribe tiene que explicar quién es—, lo que me interesa es saber cómo es la cabeza del represor: una persona que va a misa, es cristiana, tiene un buen hogar y reprime. Me atrae su "cotidianeidad". Es más bien un hombre de escritorio que obedece órdenes.

En Potestad, la historia de un raptor de niños, muestro a un tipo simpático y después muestro que es un represor. Eso es lo interesante. Casi todos los torturadores tienen una formación institucional, no personal, donde la violencia, el saqueo, el rapto, la picana, son "sintónicos" con la institución. Sintónico quiere decir avalado por la institución.

En la última parte de El señor Galíndez, hay dos torturadores sadomasoquistas de oficio, y aparece un nuevo torturador —que sería Astiz— que había estudiado. A los otros los podían sacar porque eran una serie, pero al teórico no. Por eso estudió y es torturador. Esto crea un nivel altísimo de complejidad. Eso explicaría que en la izquierda alguien se enoje. Pero yo quiero aceptar la complejidad de los fenómenos. Otra cosa es la militancia.

En cine, Pavlovsky actuó en más de una docena de películas: la primera fue El Santo de la espada, de Leopoldo Torre Nilson en 1970. Y siguieron, entre otras, Cuarteles de Invierno, El exilio de Gardel, Los chicos de la guerray Miss Mary, y dos versiones cinematográficas de sus obras: La nube, de Pino Solanas (basada en Rojos globos rojos) y Potestad, de Luis César D''Angiolillo.

- —¿Se quedó con ganas de hacer más cine?

- —El cine no me fascina. Me llaman mucho porque represento un tipo de actor de cierta edad que no está reventado, que puede dar un físico de clase alta y también de boxeador. El problema es que el cine me corta la profesión y tengo que decirle a los pacientes que no vengan por dos meses. Y lo atractivo es que me permitió aprender un oficio: me hice actor de cine. Para el teatro tuve condiciones naturales, pero en el cine la condición natural te la tragás.

- —A lo largo de su carrera, usted alcanzó muchos logros, ¿siente que le falta algo más?

- —No. En psicoanálisis hay algo que se llama el ideal del yo. Mi padre no tenía mucho ideal del yo. Era hermano de dos eminencias médicas y eso era un orgullo para él. No aspiraba, aspiraban por él. Era socio de River, le gustaba el deporte, era buen padre de familia —medio mujeriego, pero era culturalmente así—, no sufría. Pero yo tenía otra aspiración y llegué a más de lo que pensaba. En ese sentido, la vida conmigo fue muy gratificante. Hay mucha gente capaz en la Argentina que sufre y está resentida porque no pudo desarrollarse por las circunstancias sociales. Pero yo soy muy agradecido con el país. Por otro lado, viajo mucho y veo una Europa decadente. Converso con la juventud y creo que llegaron a un tope: juntan plata, compran departamentos, tienen cada vez más, pero están desasosegados y culturalmente sin empuje. En Latinoamérica hay más fuerza.

- —Dejando de lado los años del exilio, ¿en algún otro momento pensó en vivir en otro país?

- —No. Me escapé de Argentina porque me mataban, pero volví convencido. Soy muy de acá.


Fuente: Revista Ñ

"Catch" o las mujeres en el cuadrilátero

Las "titanas" en el ring de José María Muscari Foto: Archivo

"Catch" , con dramaturgia de José María Muscari. Con Cristián Morales, María Isabel Chiapetti, Laura Espínola, Monina Bonelli, Mariela Ascencio, Maruja Bustamante, Marina Robagliati, Valeria Giorzelli, Analía Núñez, Anabella Acosta, Graciela Baletti, Josefina Recio, Pía Pecora y María Elena Acuña. Vestuario: Morales y Perla Palma. Dirección: José María Muscari. En el Lorange.

Nuestra opinión: bueno

"Lucha en barro + sexo entre chicas", dice una ganchera frase publicitaria que anuncia "Catch", un trabajo de José María Muscari, estrenado el año pasado en el Centro Cultural Adán Buenosayres y reclutado ahora en las luces del centro con entrada a la gorra (y, por cierto, con un gran éxito de público).

Con este espectáculo, prohibido para menores de 18 años y con un lenguaje deliberadamente grosero (el director de "Mujeres de carne podrida" o "Derechas", entre tantos trabajos que ofrece la escena alternativa y comercial), Muscari intenta reflexionar sobre el mundo de la mujer anteponiéndolo al típico modo vincular de los hombres (de los hombres bien guarros, por cierto).

En su totalidad, "Catch" es fragmentario, caótico y desnivelado. O sea, un auténtico Muscari. El joven director parte de una aguda observación del mundo de los gimnasios y pone en escena a doce mujeres que sudan, hablan, se insultan o se pegan piñas como lo más normal del mundo. Las titanas en el ring son unas desbocadas en todo sentido y por el tipo de cuerpo, color de piel, peso y demás etcéteras conforman una troupe ecléctica por naturaleza que ni Martín Karadajian logró reunir en sus mejores épocas. Una troupe que le permite a Muscari hablar de las mujeres, uno de sus temas favoritos de su producción escénica.

Durante una hora, ellas ahí están: copando los pasillos, recorriendo las butacas y, claro está, el escenario del Lorange. Entrenándose, maldiciéndose o, como en la escena final, luchando en el barro. Nada en ellas preserva los típicos rasgos femeninos. Podría estar Rubén Peuchele entre ellas y nadie lo notaría porque la troupe de Muscari hace todo lo posible por ver quién es más macho. Es más: como eficaz contrapunto, el único que agrega un rasgo femenino es justamente un actor que hace de travesti (un sólido Cristián Morales).

Por momentos, el espectáculo abre juegos que no desarrollan (como la recurrencia de hablar sobre Mario Firmenich que nunca llega a un lugar determinado; o la presencia de una anciana dama que, más allá de su porte, poco agrega a la historia). Es que la dramaturgia interna de este trabajo experimental es uno de los puntos más débiles.

Un transgresor

Sin embargo, el delirio que sostiene a cada una de las actrices hace que el mismo espectáculo salga a flote y estalle en chispas de una enorme creatividad. En esta nueva versión de "Catch", Muscari convocó al coreógrafo Luis Biasotto (del grupo Krapp), quien ordena con enorme eficacia las complejas escenas grupales de lucha.

Para aquellos espectadores a los que no les va el lenguaje procaz o algunas escenas "subidas de tono", "Catch" será una muy mala opción. Pero para Muscari esas herramientas son las necesarias para construir una metáfora sin vueltas, dura como un cross de derecha para que su juego estalle en mil pedazos. En definitiva, la lucha que el mismo Muscari viene entablando contra las convenciones del teatro tradicional y su necesidad de seguir hablando sobre las mujeres, ese mundo que tanto lo fascina.

Alejandro Cruz

Fuente: La Nación

ENTREVISTA: GAMBARO Y PAVLOVSKY

El teatro de la herida absurda
Ñ logró juntar a los dramaturgos Griselda Gambaro y Eduardo Pavlovsky. Intercambiaron ideas y contaron cómo atravesaron décadas de vanguardia, militancia, exilios y consagración.

La acción transcurre en Don Bosco, sur del gran Buenos Aires, otra siesta inestable del verano 04. El living de un chalet suburbano rodeado de jardín con perro, pileta, hamaca doble y Santa Rita. Una mesita ratona al centro que tiene encima la escultura de un cráneo vítreo. Hay dos sillones. A la izquierda, está sentada la dueña de casa, Ella (Griselda Gambaro, dramaturga) a quien la acompañarán a lo largo de la escena, una aspirina, un pañuelo, un té con limón y dos cigarrillos. A la derecha, El (Eduardo Pavlovsky, dramaturgo y actor) expandido en un sofá frente a un vaso de agua y un cigarrillo desarmado. El clima del encuentro estará definido por dos frases: "nuestra afinidad ética y estética" (que dirá El) y "Nunca fuimos muy amigos pero hay admiración mezclada con cariño" (Ella). El diálogo comienza con ambos mirándose con los ojos apretados, tratando de recordar la primera vez que se vieron en la vida.

El: Ya sé. Fue en el 65, en el Teatro 35, un sótano de Callao y Corrientes. Había una obra tuya dirigida por Julio Tahier (Viejo matrimonio), otra de Beckett con Nacha (Guevara) y otra mía, Acto rápido. Formaban parte del repertorio del grupo Yenesí que yo había fundado.

Ella: Nunca más estuvimos juntos en un mismo teatro una misma temporada.

El: No, lo que tuvimos en común fueron dos directores: Alberto Ure y Laura Yusem.

Ella: Fue como una amistad a la distancia la nuestra.

El: En los 60, vos eras la única dramaturga argentina que expresaba mi manera de sentir el teatro. Recuerdo que en un ensayo mío ("Algunos conceptos sobre el teatro de vanguardia", 1966) yo me preguntaba por qué el espectador prefería más a (Roberto) Cossa que a Gambaro. La oposición entre absurdistas, nosotros, y realistas (Osvaldo Dragún, Ricardo Halac) surgió más por vos que por mí, porque el Instituto Di Tella te ayudó a trascender. Yo zafé por marginal. Y recogiste muchas resistencias, ¿no?

Ella: Sí, pero me sorprendía todo ese encono hacia mí. Yo no tenía intenciones de ser rupturista o vanguardista. Simplemente a mí el realismo no me salía.

El: Los que te clasifican de vanguardista son los investigadores o las enciclopedias. Cuando yo hacía teatro en los 60, no me daba cuenta de que era vanguardia. Me divertía hacerlo. Ure sí fue el padre de la vanguardia argentina y (Ricardo) Bartís es hijo de Ure.


Los 50: el hito Beckett

El: Yo no habría hecho teatro en serio si no hubiera visto Esperando a Godot de (Samuel) Beckett dirigido por Jorge Petraglia, con Roberto Villanueva, Leal Rey y otro chico. Es la gente con la que trabajaste vos después en el Di Tella. Pero estamos hablando de fines de los 50. Más que en el sentido estético me sorprendió en el sentido psicoanalítico (yo me había recibido de psiquiatra). Fue la primera vez en mi vida que vi representada mi angustia en un escenario.

Ella: Mirá vos. Yo también fui —era en el Teatro de Arquitectura, me acuerdo— y es un espectáculo que no me lo olvido más. Yo era joven y me impresionó mucho.

El: La vida entendida como espera me impactó profundamente. Bueno, yo escribí La espera trágica, después.

Ella: En Las Paredes, un personaje mío que dice "Espere" pero no hice asociaciones con Beckett.

El: Es tan fuerte Godot que te toca en el misterio, aquello que no podemos controlar pero que padecemos. En el año 75 compartí en París una marquesina con Beckett. Decía El señor Galíndez y Happy days: era el sueño del pibe. Le escribí una carta y me contestó enseguida diciéndome que estaba impresionado porque nunca había pensado que su teatro podía importarle a un psiquiatra. No le escribí más y enmarqué la carta en un cuadrito.


Los 70: psicoanálisis y militancia

El: Hay algo de patológico en la actuación, como en toda actividad teatral. Me he podido poner en contacto con sensaciones de orfandad, de limitaciones, de terror a través de los personajes que hice; en ese sentido el teatro fue una ayuda terapeútica. Al principio, el psicoanálisis veía el teatro como exhibicionismo del actor, pero Grotovsky lo decía muy bien: el actor es un pobre infeliz, mostrándole sus carencias a los demás.

Ella: Yo, en cambio, nunca me psicoanalicé. Cuando Ure aplicó técnicas de psicodrama a mi obra Puesta en claro, era ignorante de cómo se llamaba eso que hacía.

El: Yo la admiro a ella porque hay un piso estético—ético—ideológico que va más allá de haber leído a Freud o la militancia partidaria.

Ella: Bueno, la única vez que milité fue en la época de Cámpora. Quise integrarme a un grupo de gente de teatro como David Stivel relacionada con el peronismo. Pero dejé; me molestaba la presión de tener que pensar igual y que la disidencia fuera pecado.

El: La persona más cercana a mí es Luis Zamora y sigo a su lado. Pero me pasa lo mismo que a ella cuando tratan de imponerme ideas porque nuestra visión de la vida es bastante anárquica; difícil, que puedan presionarnos. Griselda es una intelectual latinoamericana y hay cosas políticas que le molestan y las puede decir. Pero ahora hay cierta gente joven que opina que no hay que politizar el teatro. Le preguntás qué opina de la situación actual, y te dicen: "Yo hago teatro; en política, no me meto". Uno como intelectual tiene la obligación de pronunciarse por determinadas cosas. Yo pienso que ella se ha pronunciado lo suficiente. Pero no pensamos en política cuando escribimos teatro. Hay un inconsciente social que se te mete.

Ella: Es que todo es político, hasta el acto más privado, aun cómo te comportás con tu familia. Mienten los que dicen que su obra no tiene ideología: la política está, aunque sea por omisión.

El: Los milicos lo sabían y en el 77 nos censuraron (la junta militar secuestró todos los ejemplares de la novela Ganarse la muerte de ella) y nos tuvimos que exiliar. La obra que me prohibieron, Telarañas, de político concreto no tiene nada, pero se ve el fachismo interiorizado en una familia. Me acuerdo que el secretario de cultura de la municipalidad me llamó y me dijo "Ayer vi Telarañas. Si la hubiera visto en Nueva York o en París, me hubiera gustado, pero acá no; sáquenmela mañana". A los pocos días, casi me secuestran.

Ella: En tiempos de Onganía ya había datos en la sociedad de secuestros y de torturas. Pero cuando yo escribí El Campo (67) sobre un campo de concentración nunca pensé que se llegaría a tanto en los 70.

El: Yo hice El señor Galíndez después, en el 73. A los torturadores los mostré como seres comunes, afectivos, queribles. Ahí me interesaba mostrar no la patología sadomasoquista del torturador sino cómo las instituciones forman patologías sociales.


Breve interludio feminista

Ella: Nunca me identifiqué con las mujeres de tus obras. Tenés una visión muy machista (risas). Con las mujeres de la obra El Saludador de Tito Cossa, también me pasa.

El: Y sí, yo pertenezco a una generación de machistas (risas).

Ella: Con mi marido (el escultor Juan Carlos Distéfano), lo mismo. De la cabeza, bárbaro, re abiertos, pero de pronto, les sale el macho de adentro. Eso viene de generaciones y generaciones. La cultura argentina en general es machista; basta oír un tango. En el teatro de Gregorio de Lafèrrere, son todas frívolas, casquivanas, unas harpías.


Los 80: la experiencia de Teatro abierto

Ella: En el 81, Teatro Abierto fue un acto político que no modificó el teatro. Cambió la actitud del público hacia el teatro y puso de acuerdo a la gente contra una situación social.

El: Multiplicó una micropolítica de resistencia. ¿Y dónde medís si eso tiene repercusión? En la represión. En un día voló un teatro. Era una multipartidaria teatral y ya no importaba más lo de absurdistas y realistas: estaban Cossa y Gambaro juntos (de ella se vio Decir sí). Estábamos volviendo del exilio y yo puse Tercero excluido.

Ella: Fue único. Cuando desapareció el momento histórico, y aunque se quiso mantener la experiencia, ya no fue posible.

El: Fue como el Mayo del 68 del teatro argentino.


Los 90: ¿Dramaturgia de autor o de actor?

Ella: ¿Qué es eso que se llama "Teatro no representativo"?

El: Mirá, el teatro no representativo es más ambiguo; no tiene personajes fijos, podés salir y aparecer como persona. Lo hago yo ultimamente; lo hace Bartís. No se basa en un texto fijo que hay que respetar y representar.

Ella: El camino de Bartís me parece tan legítimo como el trabajo con un texto. Yo me enojo porque algunos actores y directores pelean contra el texto y creo que lo verbal tiene una importancia dramática que no se puede dejar de lado. Si tocás una palabra de un texto teatral, no tocás una palabra nada más, estás metiéndote con acciones dramáticas.

El: Cuando actúo mis obras, descubro, metiéndome en el personaje, que ciertos textos míos adquieren una variedad de sentidos que no tenía claros cuando escribía.

Ella: Sí, depende de quién modifique el texto. En Puesta en claro, Ure les cambió la entonación a los diálogos, les puso un tono canyengue, y había tal potencia que fue maravilloso. Yo trato de proteger la estructura verbal pero una buena puesta nunca traiciona al texto, le busca otros caminos, lo enriquece.


Hoy: Shakespeare

Ella: Para mí, Shakespeare está vigente porque en él está el mundo. Yo no tengo que ir a buscarlo, lo tengo incorporado en mí. Cuando escribí La Señora Macbeth que se estrena en Abril, lo hice a texto cerrado.

El: Hay un por qué detrás de La Gran Marcha (adaptación de Coriolano que hizo el año pasado con Norman Briski). El personaje de Coriolano me subyugaba, y buscaba un director para hacer una versión contracultural. No quería hacer un Shakespeare correcto, sino buscar la multiplicidad de deformaciones implícitas. No quise hacer como el Ricardo Tercero de Al Pacino, con ese esfuerzo de no parecer yanqui.

Ella: Nunca podremos hacer a Shakespeare como se supone que es en realidad porque vivimos aquí y ahora.

La bocina del remis rompe el diálogo. Atardece con benteveos. Hora de irse. El y ella se prometen volver a verse sin excusas periodísticas. Ahora una bocina de tren a lo lejos. Telón.

Fuente: Revista Ñ

GRISELDA GAMBARO

De la crueldad a la misericordia

Pasaron 40 años entre su primera obra, "Las Paredes " (1963), y la última, "La señora Macbeth" (2003), a estrenarse en Abril en el C. C. de la Cooperación. En este reportaje, la dramaturga repasa sus influencias y su relación con viejas y nuevas generaciones.

PABLO SCHANTON
Me encanta ser antigua.

No tengo computadora. Hay cosas masivas a las que todo el mundo adhiere ciegamente pero yo rechazo. ¿Cómo podría desplazar mi máquina mecánica que me fue tan leal en 30 años? Hay que defender el amor a las cosas." Desde su resfrío y la misma casa donde Gambaro vive hace 40 años con su marido (y tuvo lugar el encuentro con Pavlovsky), la voz congestionada subraya ese candor zen que caracteriza a la autora de tragedias de verdugos y víctimas como La Malasangre. "Vivo retirada de la gran ciudad porque acá tengo lo que necesito: tranquilidad", respira. "El silencio es una condición sine qua non para mí, pero sé de gente que escribe en un bar. Como muchas decisiones vine acá por razones económicas, porque los terrenos eran baratos y lo vendían a plazo. Después recién fue una decisión de vida."

Este es el año en que Pompeyo Audivert dirigirá a Cristina Banegas en La Señora Macbeth, la última obra teatral escrita por Gambaro. Cuatro décadas antes, la autora terminaba de pulir su primer texto dramatúrgico, Las Paredes. Ahí el secuestro de un joven a cargo de un ujier y un funcionario era la excusa para una reflexión metateatral que inauguraría una forma inédita de hacer teatro político. "No estoy fuera de mis obras como para tener una visión objetiva de ellas, pero supongo que la negación de la realidad y la distancia entre palabras y actos son dos constantes. Apenas la Señora Macbeth reconoce que algo anda mal, lo niega. Todo por amor a su marido. Pero igual nunca me propuse escribir obras que ilustraran temas.", dice y tose, antes de recordar con leve sorna que Las paredes fue comparada con Harold Pinter y Kafka. "En realidad, lo de los muros que se angostan lo saqué de una serie norteamericana que daban en los cines, más que del absurdo prestigioso. Me calificaban de "absurdista" pero a Pinter no lo había leído y a Ionesco creo que no. Buscar relaciones con los autores europeos es parte del espíritu colonialista que nos inculcaron", jura.

- —¿Y Kafka?

- — Lo había leído menos, pero con más admiración. Con él me pasa como con Beckett, me angustian demasiado porque no hay salida en sus mundos. Cualquier persona lee buscando la virtud sanadora que tiene el arte y ahí es más difícil de encontrarla. Los leí un poco por obligación, sin la conexión visceral que uno tiene con los autores que ama.

- —¿Prefiere la filiación de su obra con el grotesco nacional que en el 89 encuentran críticos como Nora Mazziotti (ver "Poder, deseo y marginación")?

- —Sí, tengo puntos de contacto con Armando Discépolo, pero no es mi influencia total. Aprendí de él esa manera de hacer pasar a un personaje a través de la comicidad por una situación totalmente trágica. Respeto los trabajos críticos sobre mí, pero me mantengo distante. Hay un estudio de una chilena, Marta Contreras (Teatro de la descomposición), donde compara las relaciones de poder en mis obras con la teoría de Michel Foucault. Es válido pero yo nunca leí con atención teoría o ensayo. Prefiero la ficción o la poesía.

En 1982, ya de vuelta de su exilio español, Gambaro estrena La Malasangre, un hito en su carrera que la aleja definitivamente de la etiqueta "absurdista". La obra transcurría en 1840. La protagonista, Dolores (encarnada por Soledad Silveyra, para quien se había escrito el texto a pedido), le aullaba a su padre autoritario, que tenía mucho de Rosas, una frase con mucho de desahogo colectivo: "¡Yo me callo pero el silencio grita!". Cierre de telón y los aplausos gritaban. Dos funciones fueron interrumpidas por grupos de ultraderecha al grito de "¡Viva Rosas, mueran los bolches!". "Fue la única obra mía donde el momento histórico y la necesidad del público concidieron, la más oportuna", asume. "Con Las Paredes no se dio: se comprendió 20 años después. La Malasangre reflejaba lo que estaba pasando y además la realidad entraba a la obra y la gente le hacía resistencia sin levantarse de sus asientos a los grupos de derecha".

- —¿Le preocupaba que su obra produjera sensaciones de angustia o de crueldad en los espectadores?

- —Nunca les hice caso a los que lo decían por snobismo o por debilidad. Toda la crueladad pasa a través de una estética, no es cruda. Generalmente la gente que ve crueldad en mi obra es gente que se banca muy bien lo que llamamos "realidad".

En 1990, la obra Penas sin importancia (un homenaje explícito al Tio Vania de Chejov) parece marcar otro cambio en la obra de Gambaro. La pieza termina con Rita proponiendo una nueva forma de esperar, distinta a la desesperanzada y resignada del final de Las Paredes. "Ahora esperarás conmigo" proponía Rita y había mucho de esperanza colectiva. "Hubo experiencias sociopolíticas como la democracia que me hicieron cambiar a nivel personal también. Ahora tengo una mirada más misericordiosa hacia los personajes. No sé si ahora podría escribir una novela como Ganarse la muerte, que con todo el humor que tiene, tiene tanta crueldad. A medida que transcurre la vida uno no piensa igual que a los 30. La mirada se vuelve más distanciada, más piadosa porque la muerte está presente de otra manera. Para qué tanto odio, vejación y crueldad si terminamos en una muerte inevitable, ¿no?", pregunta y se refugia un rato en su pañuelo.

- —El slogan de Rita es "Misericordia o nada".
- —Exacto. Supongo que hay mucho de mi voz en la de Rita. En mis primeras obras me cuidaba de mezclar mi voz entre las de los personajes porque eso puede ser fatal. Pero con el tiempo tuve más seguridad. La Dolores de La Malsangre tiene algo mío también.

- —Rita también llamaba a esperar a los "débiles, a los robados".

- —Yo siempre me identifiqué con aquellos que son marginados de la sociedad, los desclasados. O los transgresores inocentes, como los deformes de mis obras. Soy una chica que nació en una casa de obreros de La Boca y se dedicó a la literatura de forma autodidacta. Mis lecturas dependían de la biblioteca popular, de donde sacaba libros de Dostoievsky y ya de chica tomaba contacto con una dimensión tan trágica de la vida. El origen social te marca. Lo que viviste en tu infancia te imprime un sello en la manera de mirar, lo podés traicionar pero yo no lo he hecho nunca. Yo agradezco venir de donde vengo, me ha permitido comprender el mundo de una manera diferente. Me ha permitido entender no por acercamiento, sino por pertenencia, que es muy distinto. Eso explica que use ese tipo de personajes porque además son los que más conozco. Juro que no sé cómo es una señora de Barrio Norte.

- —¿Habría también una identificación con Antígona, el mito feminista por excelencia, la mujer que pulsea la ley paterna como usted la expone en su "Antígona furiosa" de 1986?

- —Sí, pero la verdad es que no tuve tantos problemas con mi padre por mi vocación, aunque fue vergonzante y secreta por muchos años. Mi padre era anarquista y tenía conciencia de clase pero siempre me hubiera gustado que mi madre se rebelara ante ciertas actitudes de él. Lo que uno no sabe es cómo habría sido yo si ella hubiera sido una especie de Rosa Luxemburgo. Lo que sí conocí y soporté fue el costo de cada gesto de rebelión, de autonomía y de independencia.

- —Generalmente entre sus lecturas favoritas cita a Colette, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo, Hebe Uhart. Mujeres, digamos. Y es bastante irreverente a la hora de hablar sobre Borges o Cortázar.

- —La cultura argentina tiene raíces patriarcales y la mirada de la mujer es fragmentaria pero necesaria. De Borges, qué puedo decir: está más allá del bien y el mal. Siempre que lo releo, digo: "Qué perfecto, qué bien que escribe". Y no sé si es bueno eso, que siempre me mueva a la admiración. A veces sería buenos admirar menos a los escritores. Cortázar no fue una marca generacional para mí. No abro juicio de valor. Es un problema mío no poder acercarme a ellos.

- —¿Le interesa la nueva dramaturgia nacional?

- —Sí, tengo libros de Daniel Veronese y de Rafael Spregelburd, incluso los he leído en mansucritos. Pero no estoy tan al tanto como debiera; me falta ver las puestas. Me parecieron muy bien escritas; me gustaba la manera de quebrar las escenas, el humor. Pero después de haber leído unas cuantas, me parece que hay un eco repetitivo en algunas, como si tuvieran aprensión y desconfiaza a comprometerse con los grandes sentimientos y los grandes pensamientos.

- —¿Le molesta que a sus obras se las suelan relacionar con el momento sociopolítico y con los grandes pensamientos?

- —Yo no tengo lo que Maurico Kartun llama "el pudor del sentido" de los autores jóvenes. A la Antígona furiosa la relacioné con esas Antígonas más cercanas que son las madres de Plaza de Mayo. Acabo de leer el libro de Ure y es bárbaro pero no estoy muy de acuerdo con ese teatro de tanta angustia, de tanta imposiblidad de encontrar, de tanta búsqueda sin fin, que acepta el hecho de no ir a ningún lado. Desde que el arte es arte, uno se acerca a una obra para confortarse con la condición humana, para una aclaración sobre nuestra condición. Por eso no me molesta que encuentren sentidos a lo que hago, aunque sean pedestres.

Fuente: Revista Ñ

sábado, 24 de enero de 2004

“Lo que yo quiero es hacer lo que se me antoja”

Empezó a hacer performances teatrales muyoff, hasta que se volvieron de culto. Hoy alterna esos trabajos con la televisión.

Por Cecilia Hopkins

José María Muscari comenzó a dirigir performances teatrales a los 19 pero adquirió notoriedad dos años después, cuando estrenó en los altos de una sala off de la calle Corrientes Mujeres de carne podrida, espectáculo que al año siguiente se alzaría con el premio Estrella de Mar ‘99 en los rubros Mejor Comedia y Mejor Vestuario. Con mucho de happening caótico, la obra describía las perversiones del mundo de la moda, en parte, bajo la forma de un inverosímil desfile con modelos apenas cubiertas por cartones de tetrabrick, CDs y tapas de revistas porno. Pero antes del reconocimiento marplatense, Muscari ya se había propuesto captar al público porteño enviando a su nutrido elenco a volantear por Corrientes, en ocasión de los estrenos más convocantes. La estrategia de agitación y propaganda funcionó a tal punto que con el correr de los meses comenzaron a formarse largas colas para entrar a la sala, amenizadas convenientemente por la propia compañía. Al año siguiente, cuando en un sótano del Abasto estrenó Pornografía emocional –un esperpento desenfrenado sobre la crueldad de los talk shows, que transcurría en un delirante estudio de televisión–, quienes comenzaron a acercarse fueron los actores famosos. En diálogo con Página/12, Muscari recuerda que por entonces los medios comenzaron a llamar la atención acerca de un espectáculo “para modernos y adolescentes que se está convirtiendo en una obra de culto”.

De esta experiencia fue que surgió en Muscari la necesidad de dirigir a actores consagrados en el circuito comercial. Así, estrenó en 2000 la futurista Desangradas en glamour, junto a Ana Acosta, Sandra Ballesteros, Martha Bianchi, Julieta Ortega, Carola Reyna y Florencia Peña. “Muchos se confundieron conmigo –se defiende el director– porque creyeron que yo abandonaba el teatro alternativo y me pasaba al comercial, pero no fue así.” En efecto, luego de dirigir nuevamente a Acosta, esta vez con Daniel Fanego, en Pareja Abierta, de Dario Fo y Franca Rame, luego de incursionar en el teatro infantil junto a Florencia Peña y Reina Reech, siguió estrenando performances teatrales a la gorra. Tal es el caso de Catch, un espectáculo que ya había estrenado el año pasado en el Centro Cultural Adán Buenosayres y que Carlos Rottemberg no dudó en programar este año en el Lorange a pesar de las advertencias de Muscari: “Le dije que era muy bizarro, muy border, que había desnudos y se hablaba un lenguaje muy procaz, que hay actores que hacen pis en escena, y aceptó igual: metimos 500 personas por función”. Hace poco, de la productora Endemol lo llamaron para proponerle la dirección artística de Mentime que me gusta, el programa de Ronnie Arias, quien había visto casi todos sus espectáculos. A pesar de que está “sufriendo con los tiempos de la televisión”, Muscari se declara contento “porque el programa tiene un nivel de zarpe que a mí me interesa”. Y en Mar del Plata, estrenó Congeladas, unipersonal de María José Gabin sobre un texto de César Aira y dramaturgia de Mauricio Kartum.

–¿Elige los temas de sus espectáculos con la intención de elaborar una crítica determinada?

–Yo no me propongo tocar un tema determinado sino que me dejo tomar por algo que me surge a pesar de mí. Después aparece una mirada mordaz, irónica o crítica. Después de hacer Grasa, sobre el tema de la xenofobia y la discriminación –ocurre en la Argentina del futuro, que ha sido ocupada por Bolivia y los únicos sobrevivientes, 8 jóvenes, están refugiados en un sótano–, ahora en Catch quise referirme a la humillación a la que se puede llegar para ocupar un lugar de poder. Para eso, tomé el fenómeno de la lucha de mujeres en el barro, un mundo de las películas truchas americanas que siempre me atrajo. Vuelvo al código de actuación grotesca y doy importancia al alto impacto visual. Pero hay una historia conductora, entre una mujer de 80 años y un travesti.

–Sus elencos suelen ser numerosos. ¿Cómo encuentra a sus intérpretes?

–Algunas trabajan conmigo desde hace tiempo, a otras las conozco en audiciones, porque cuando se corre la noticia de que voy a preparar algo, me llama por teléfono gente que no conozco. Para Catch vi a 350 actrices para cubrir sólo 20 roles. Las necesitaba muy distintas entre sí porque a los personajes, por ser diferentes, se los trata mal y son humillados.

–En sus producciones prevalecen los personajes femeninos...

–Me gustan más las mujeres en teatro que los hombres. Me divierte el universo de la mujer en escena: las actrices son mucho más lanzadas, menos conceptuales; corren mayores riesgos que los actores, ponen el físico adelante y no esperan comprender para hacer. Internamente, para mí las mujeres son las dueñas del mundo.

–¿Cómo hace para pasar de un circuito a otro con sus espectáculos?

–Yo no me siento atado a un circuito. A mí no me construye como artista el hecho de estar en el under o en el circuito comercial, porque no me comprometo con uno u otro sistema de producción. Solamente tengo en cuenta lo que quiero contar y trato de conseguir los elementos que necesito para hacerlo de la mejor manera. Para definir mi teatro me gusta usar la palabra alternativo, que habla de un teatro relacionado con el contenido de una propuesta que sale de los cánones generales. En cambio, lo under muchas veces no cumple con esas expectativas: hay espectáculos under que son más convencionales que Vengo por el aviso, con Rodolfo Ranni.

–¿Cómo siente que lo ubican en el medio teatral?

–Yo no pertenezco al teatro de elite, que es considerado profundo, serio y que viaja por el mundo. Si podré acceder o no alguna vez a ese tipo de teatro no lo sé: lo que yo quiero es seguir haciendo lo que se me antoja en cada obra. Con el posicionamiento de mi nombre en el medio, ahora puedo estar en los títulos de un programa del Canal 13 de primera línea y también puedo ir a la calle Corrientes a entregar volantes hechos en fotoduplicación y pagados por mí mismo. No tengo ninguna contradicción y espero no tenerla nunca.

Fuente. Página 12

sábado, 17 de enero de 2004

“Los argentinos no somos gente normal”

MARIA JOSE GABIN EN “CONGELADA”, SOBRE UN TEXTO DE CESAR AIRA
En Mar del Plata protagoniza un unipersonal que ella misma adaptó sobre la novela Cómo me hice monja, de Aira. La historia de una niña cuya vida se arruina por comer un helado en mal estado es, dice Gabin, una metáfora del ser argentino.

Por Emanuel Respighi
Por estos días, María José Gabin pasa buena parte de su tiempo armando y desarmando bolsos, yendo y viniendo. No es que la actriz haya conseguido trabajo como maletera de algún lujoso hotel céntrico. Nada de eso. Su ir y venir se debe a que la ex integrante de las Gambas al Ajillo se encuentra en plena mudanza hacia una casona en Boedo Sur, un lugar donde puede oír placenteramente “el canto de los pajaritos”. Pero su andar cansino y apariencia de turista en viaje (llena de trastos y bolsas) se debe fundamentalmente a que Gabin está presentando en Mar del Plata Congelada, su nuevo espectáculo teatral. La obra, que sube a escena todos los sábados y domingos a las 23 en el Teatro Auditorium (Av. Boulevard Marítimo 2280), obliga a la actriz a embarcarse todos los viernes hacia La Feliz, con estricto retorno a la Capital cada domingo. “Estrenar la obra en Mardel fue una jugada”, apunta Gabin en diálogo con Página/12. “Aunque los turistas, por lo general, buscan ver espectáculos más pasatistas, me sedujo la idea de foguearlo en la costa y luego traerlo a Capital. Y por ahora no me equivoqué.”

La obra es una adaptación libre de Gabin sobre la novela Cómo me hice monja (1998), de César Aira (ver recuadro). En ella, la actriz despliega sobre el escenario un intenso trabajo corporal, en un monólogo que dada su contextura física –un metro con cincuenta y dos centímetros de altura– le sienta a medida. El espectáculo narra las vicisitudes que atraviesa una mujer desde el momento en que en su niñez prueba –obligada por su padre– un helado de frutilla que se encontraba en mal estado, indigestándose con una extraña sustancia que la convierte en una masa helada. A partir de ese trágico hecho, la vida de la niña se transforma en un calvario repleto de malos entendidos e inconvenientes que poco a poco la van aislando del mundo que la rodea. “Es una tragicomedia disparatada, totalmente absurda, donde las peripecias que le suceden a este personaje son un angustiante delirio”, explica la actriz. “La obra –continúa– describe ciertos clichés perversos que se dan en el funcionamiento de la escuela, las amistades, el entorno barrial... Situaciones que uno vive en la infancia, pero exacerbadas a tal extremo que se transforma en una tragicomedia en la que la nena es víctima y victimaria a la vez.”

Dirigida por José María Muscari (Desangradas en glamour, Pareja abierta, Grasa, entre otros obras), Congelada es una pieza de una puesta moderna, en la que el texto, la música y la imagen se combinan en dosis justas a la hora de contar una historia fragmentada. “Trabajamos mucho –cuenta Gabin– a partir de lo visual, tratando de recrear un mundo con muchas intervenciones musicales y una escenografía simple pero potente, con heladeras, helados y barras de hielo. Construimos una ficción visual, que incluya a los espectadores, sobre un mundo congelado.” De hecho, cada uno de los espectadores de la obra es invitado con un helado para saborear durante la función.

–Si bien Congelada transcurre en clave disparatada, a lo largo de la obra se percibe la temática de la incomprensión.

–Ella se siente incomprendida por el mundo. La obra es interesante porque no es una moraleja donde todo está claro y las causas se hilvanan con los efectos, es una visión ambigua. La nena es víctima y victimaria: ella está rodeada de un contexto cruel y perverso que la hostiga, pero a la vez es responsable de su pobre situación porque es tarada. La obra pone en juego el problema de la comunicación que se da en las sociedades modernas. Por un lado, ella forma parte de un encuentro intelectual-afectivo discordante. Pero, por otro, ella es castigada por los otros por su propia ingenuidad infantil. Es tonta, pero a la vez nadie la entiende, nadie comprende que se trata de una niña.

–¿No hay en esa incomprensión un cuota de realidad argentina?

–Sí. Congelada es, en cierto sentido, una metáfora del país. Si bien está centrada en una niña, lo que subyace es la incomprensión en la que vivimos, la falta de comunicación, la política de no hacernos responsablesde lo que nos pasa... Pero, a su vez, todos los argentinos somos víctimas de toda una situación que nos atropella. Lo interesante de la obra es que no se posiciona de un lado o del otro sino que es una visión integral de la realidad. Es lo que nos pasa como sociedad: si bien somos víctimas de una clase dirigente incompetente y corrupta, somos también responsables de que esa clase exista.

–Una cruda realidad, pero que a la vez encierra un destino trágico.

–Claro, por eso la obra es cómica pero también trágica, porque si bien las situaciones pueden ser graciosas, lo que le sucede a esa pobre criatura es terrible. Por eso la niña va mutando a medida que avanza la obra y termina convertida en helado, congelándose, desafectivizándose, con una sexualidad que combina erotismo y frigidez. La protagonista termina deshumanizada... Es un poco lo que nos pasó durante 10 años, donde los argentinos estábamos tan embriagados del 1 a 1, la fiesta y de pronto nos vimos totalmente secos en cuanto a los afectos. Los argentinos estuvimos diez años totalmente “secos”, no nos interesaba el otro. Pensábamos que lo único que servía era acaparar la mayor cantidad de cosas y objetos.
–¿Fue ese correlato con la historia reciente nacional lo que la motivó a llevar a las tablas un texto de Aira?
–Cuando leí el texto, en el 2002, en un principio me divirtió mucho la historia. Es una buena historia, que tiene un cierre que une el principio y el final con contundencia. Me atrajo mucho el mundo infantil, la crítica a la institución de la escuela, la desinteligencia que se da cotidianamente entre las personas. Me identifiqué con el texto. En la obra de Aira encontré una metáfora de la Argentina, pero el trabajo no es una obra política. Me parece que la literatura de Aira son metáforas sobre la argentinidad. Pero no metáforas planas o directas sino que crea mundos totalmente ficcionales, con historias oníricas, absurdas y hasta disparatadas, pero que tienen que ver con la argentinidad.

–¿Y cómo es, según su visión, esa argentinidad?

–Yo tenía una profesora de Historia que decía que ni Julio Verne podría haber imaginado las cosas que ocurren en este país. Y es verdad. En otros países todo es más previsible. Acá, todo el tiempo nos encontramos con una sorpresa diferente. En ese sentido, este país es mágico. Tenemos el disparate del peronismo, de la dictadura, del Mundial ‘78... No somos un país normal. No somos gente normal. Somos un engendro de vaya a saber uno de dónde salimos.

–¿Cómo fue el trabajo de adaptación de Cómo me hice monja a una pieza teatral?

–Siempre es muy difícil adaptar una novela al teatro, requiere de un trabajo de dramaturgia obsesivo. El texto está dramáticamente modificado. Modifiqué algo del final, porque me parecía más fuerte. Después estuvo la dificultad lógica de llevar adelante un monólogo. Asumir la interpretación de un monólogo de estas características es muy duro porque no tenés descanso. El hilo del drama recae sobre una sola persona. La tarea técnica más compleja no fue la concepción del personaje en sí. Lo más complejo es sostener la energía y el interés de los espectadores a medida que avanza la historia.
–Desde los años en los que formaba parte de las Gambas se caracterizó por una gran expresión física. Sin embargo, recién el año pasado debutó como monologuista en uno de los equipos de Monólogos de la vagina y en Teatro por la identidad.

¿Encontró tardíamente en el género su lugar ideal para la expresión?

–Sí, porque hay mucho despliegue físico, que es en lo me caracterizo y en el que suelo apoyar a mis personajes. El monólogo le da la libertad al intérprete que todo actor necesita y sueña. Si bien no es un espectáculo típico de unipersonal de varios personajes, yo interpreto básicamente a la nena, que es la que carga con la obra. Aunque interpreto a todos los personajes, no hay en Congelada un desdoblamiento personal de cada personaje. En la narración de la historia van apareciendo de a cuentagotasy encarnados en mí la totalidad de los personajes. La obra requiere mucho despliegue físico, pero también mucha más libertad a los actores. El monólogo es el clímax del ego de los actores.

–¿Le molesta que la encasillen como una comediante?

–No. Lo que pasa es que me interesa lo que pueda haber de trágico en una comedia. Escarbar más allá de lo superficial. Me gusta escarbar detrás del paño. En general, el actor lo que más quiere es poder desarrollarse en todos los ámbitos expresivos. Hasta Alcón, que está identificado con Hamlet, a mí me divierte si hace de travesti en una comedia. Lo que pasa es que el medio tiende a ubicarte en un rol. A mí me gusta la combinación. Incluso con las Gambas pasaba eso. El público se reía, pero eran terribles las cosas que pasaban. No éramos un grupo que hacía teatro únicamente cómico. Me gusta lo tragicómico. Creo que esta obra deja pensando a los espectadores sobre el mundo en el que vivimos, sobre cómo somos las personas, cómo nos escuchamos, cómo nos peleamos por cualquier cosa...

Fuente: Página 12

jueves, 15 de enero de 2004

Mujeres al borde

“CATCH” TUVO SU FIN DE SEMANA DE REESTRENO

La provocativa obra de Juan José Muscari llevó unas 2 mil personas a sus primeras cuatro funciones, modificando el panorama semidesierto de la avenida Corrientes. Entre el barro y con música de TaTu a todo volumen, las chicas se golpean y excitan por igual.

POR EUGENIA GUEVARA

Son pocos los que por estos días deciden, se animan, concluyen por veranear en la avenida Corrientes. De noche, sobre todo, se siente el vacío de enero. Sin embargo, mágicamente, quinientas personas ordenadas en fila, en la entrada del teatro Lorange, les dieron mayor protagonismo a la cuadra entre Uruguay y Talcahuano el fin de semana pasado. Es que el jueves se estrenó la versión 2004 de Catch, la polémica obra de José María Muscari, y algunos, que llegaron con el tiempo justo, se quedaron afuera. Lo mismo pasó el viernes, el sábado y el domingo.
Luego de su presentación el año pasado en el Centro Cultural Adán Buenosayres de Parque Patricios como Work in Progress, Catch (lucha de barro + sexo entre chicas), irrumpe ahora en el teatro comercial, instalándose, a la gorra, en el Lorange.
Muscari (27), un director joven con larga trayectoria dentro del under (Mujeres de carne podrida, Pornografía emocional, Grasa) tenía sus dudas antes de presentar en el circuito comercial una obra under que cuenta una historia “guarra”, de personajes under y con actores under. Pero las 2 mil personas que fueron a verla en su primer fin de semana en cartel terminaron de sorprenderlo: “Es medio increíble lo que pasa. Estoy muy contento. La reacción de la gente es rara porque este espectáculo es muy zarpado. Incluso, durante estas funciones, surgieron cosas en la obra que no tenían que ver con la comedia y que terminaron siendo comedia”.
Catch en versión 2004 tiene lo que promete. Lucha de barro y sexo entre chicas. Chicas grandes y muy pequeñas, jóvenes y muy viejas, delgadas y musculosas, dominantes y dominadas. Chicas mujer y chicas hombre. Y también catch, peleas abstractas que se vuelven muy concretas en un ring que ocupa la mayor parte del escenario. Luis Biasotto trabajó con Muscari para esta versión en la dirección coreográfica. “Luis hizo un trabajo muy concreto con las actrices, con sus cuerpos y su desnudez”, informa Muscari.

Desde adentro
Cuando se ingresa a la sala, el espectáculo ya está en movimiento. En cada uno de los corredores, algunas luchadoras de catch enfrentan a los espectadores, que nunca dejarán de estar involucrados. Arriba, en el escenario, una decena de mujeres se entrena al ritmo de Malchik Gay, de las rusitas lésbicas TaTu. Se detienen, siguiendo la canción, y en pareja se enfrentan delante del ring. Un silbatazo les da pie para comenzar una serie de golpeteos (eróticos y violentos) en las nalgas de su compañera. El ritual se repite, vuelve el entrenamiento y luego cambia la que golpea y pasa a ser golpeada, siempre bajo el ritmo de la canción, que suma excitación hasta que el público, bien sentado, se dispone para ver la lucha agresiva de unas 15 mujeres, perversas y sucias, que se aman, se desean y se odian, todo al mismo tiempo.

Muscari siempre presenta en sus obras una propuesta estética en el que la música juega un papel fundamental. La definitiva para Catch surgió de un largo proceso exploratorio: “Cuando elegí Malchik Gay, que alguna gente ni se da cuenta que es de TaTu, el grupo no era tan exitoso como lo es ahora. En realidad, me enrosco mucho con lo que significan los temas. Si bien ellas predican el lesbianismo que está muy implícito en la obra, la canción fue elegida porque tenía mucho punch. La fuerza para que el público entrara de una en ese universo. Además, generaba en las actrices la actitud necesaria para salir de la nada y posesionarse ahí arriba. Estuvo buena la energía que se generó”. Muscari se define como un ávido y amplio receptor de música. Lo primero que hizo cuando empezó a trabajar con Catch fue mandar a sus actrices a ver Amores perros, porque estaba encantado con la musicalización de la película. Para Catch trató de incluir música muy diferente, en su origen y su tipo. Hasta incluyó un tema imposible de encontrar, de algún perdido disco del programa de tele de Martín Karadagian. “Para mí, la música tiene que ver con poder llevarfuerza a la escena teatral. Es un condimento que dispara acción en la escena, no algo meramente decorativo. Es decir, la música propone, no adorna”, resume.

Además de haber reestrenado Catch –que permanecerá en cartel por algunos meses– y de preparar una próxima gira de Grasa por el norte argentino, Muscari dirige en televisión Mentime que me gusta, el nuevo programa de Ronnie Arias. El notero calvo, ahora conductor, también hizo, religiosamente, la fila para ver Catch la noche de su estreno.

Fuente: Página 12

miércoles, 14 de enero de 2004

El último aplauso a Chany Mallo

Hace unos días, Chany Mallo hizo un discreto y definitivo "mutis por el foro". Esta versátil actriz, cuyo verdadero nombre era Sara Adela Argañaraz de Mallo, dio sus primeros pasos escénicos de la mano del legendario Lisandro Selva, en el viejo Teatro La Lechuza, en títulos como "El Sostén de la Familia", "El Malentendido", "Sabor a Miel", "Lo que no fue", "Doña Clorinda la Descontenta".

Bajo el seudónimo de María Milton, integró elencos platenses que se presentaban en el Almacén San José y en la Sala Discépolo que funcionaba en el subsuelo de 48 entre 7 y 8. En 1967 obtuvo el premio a la mejor actriz en el Primer Festival de Elencos Independientes realizado en Córdoba, por su trabajo en la obra de Ionesco "Víctimas del deber".

Ausente del país hacia finales de los '80 -durante la época de plomo-, Chany Mallo volvió de España y se radicó en Buenos Aires, donde formó un grupo liderado por Agustín Alezzo, bajo cuya dirección obtuvo el Premio Estrella de Mar en 1985 por su labor en la pieza de Juan Carlos Badillo "En boca cerrada".

Estrenó varias obras en el recordado y emblemático ciclo Teatro Abierto, participando asimismo en numerosos programas televisivos y películas.

Actriz de gran personalidad y presencia escénica, que supo hacer comedia y drama con igual ductilidad, Chany Mallo merece nuestro cálido recuerdo y último aplauso, por haber prestigiado el teatro local y nacional.

Irene Bianchi

Fuente. El Día

martes, 13 de enero de 2004

Tres obras argentinas debutan en el Festival de Teatro a Mil

"Suicidio Apócrifo 1"
"Ars Higiénica", "Mujeres soñaron caballos" y "Suicidio Apócrifo 1" forman parte del contingente argentino presente en el Teatro a Mil, que luego se reforzará con "Yo maté a Mozart?" y "Match de improvisación teatral".
SANTIAGO.- Tres aplaudidos montajes argentinos estarán esta semana en breves temporadas en el Festival Internacional Teatro a Mil. El primero de ellos, "Ars higiénica" que se estrena hoy en la sala San Ginés, tendrá funciones hasta el 15 de enero, a las 22.30 horas, bajo la dirección de Ciro Zorzoli. A este se suma "Mujeres soñaron caballos" y "Suicidio Apócrifo", ambas de la afamada compañía Periférico de objetos.

La presencia argentina, que a través del teatro muestra la realidad del país trasandino usando por excelencia la metáfora, será incrementada luego con otras dos obras "Yo maté a Mozart?" y "Match de improvisación teatral".

"Ars higiénica", cuenta con un elenco integrado por Agustín Vásquez, Rodolfo Demarco, José Mehrez, Fernando Migueles, Fernanda Orazi, Paola Peimer, Marianela Pensado y Germán Rodríguez. Ha sido destacada por la crítica, llamando la atención especialmente por tratarse de un teatro innovador e inquietante a través de la simbología de personas y objetos.

La pieza narra la historia de un grupo de personas que deambula y ejecuta constantes rutinas de higiene con el fin de ejercer un absoluto control sobre todo aquello que pueda resultar sucio, peligroso o que por tentador pueda arrastrarlos al caos. Dichas prácticas se convierten en el único medio para mantener el orden y para exterminar todo lo que puedan sentir como amenazantes.

La afamada compañía Periférico de Objetos, bajo la dirección de Daniel Veronesse, presenta en este festival dos montajes: "Mujeres soñaron caballos" y "Suicidio. Apócrifo 1".

"Mujeres soñaron caballos", dirigida por Veronesse e interpretada por Jimena Anganuzzi, Fernando Llosa, Héctor Bidonde, Osmar Núñez, Marcelo Subiotto y Julieta Vallina, tendrá sólo cuatro funciones, entre el 15 y el 18 de enero en el teatro San Ginés. Jueves, viernes y sábado a las 20.30 horas y Domingo a las 19.00.

La obra aborda la historia de Ivan, Reiner y Roger, tres hermanos y Lucer Ulrika y Bettina, sus respectivas concubinas. Reiner, menor que Iván y mayor que Roger, es el encargado del negocio familiar que han heredado por la muerte del padre. Es para hablar de un tema concerniente a la empresa que las tres parejas se reúnen luego de largo tiempo. En principio, la reunión se plantea como formalmente amigable, aunque los personajes dejen entrever un trasfondo oscuro en sus relaciones. Con el transcurrir de la obra, las diferencias entre todos los presentes empiezan a aflorar cada vez más hasta que la reunión se torna tan incómoda como dolorosa.

Finalmente, también con la compañía Periférico de objetos, bajo la dirección de Daniel Veronesse, se presentará "El suicidio, apócrifo 1". Guillermo Arengo,Laura Valencia Julieta Vallina, Alejandra Ceriani y Fernando Llosa dan vida al montaje que se presentará entre el 16 y el 18 de enero en la Sala San Ginés (Viernes y sábado 22.30 horas y Domingo 21.00 horas).

En esta obra, la compañía propone reflexionar con el público sobre el tema tabú por excelencia, el suicidio o adelantar la propia muerte. No hay una postura moral ni apología; se muestra el suicidio posible en medio de la permanente búsqueda de sentido-sin sentido. Una verdad falsa, una demostración apócrifa de ese acto humano intransferible y único. Cuatro actores rozados por el suicidio, de algún modo. Fat Boy Slim a todo volumen, un hombre y una mujer bailan. La filmación de la maqueta de un matadero, la vaca muerta y las máscaras de los animales que saben dejarse morir. Cuadros de museo y uniformes de empleados de museo. Fotos, videos, micrófonos y un actor extranjero. Todo es un vano intento por mostrar la vida de lo invisible. Al drama individual lo atraviesa el drama colectivo de la Argentina. Suicidio país. Suicidio del hombre, del animal, del teatro.

Fuente: emol

miércoles, 31 de diciembre de 2003

Balance Teatral 2003

Por Irene Bianchi

La del 2003 no fue una temporada esplendorosa en cuanto a espectáculos teatrales "importados" de la cartelera porteña. La prolífica actividad independiente local -por contraste- ofreció un sinnúmero de opciones para todos los bolsillos, gustos y edades.

De Buenos Aires, tres clásicos por derecho propio, que siguen convocando público, a pesar de los años y funciones transcurridos: "Midachi", "Brujas" y "Art". Algunas compañías adoptaron la sana costumbre de estrenar "en provincia", antes de desembarcar en la Calle Corrientes, con el obvio propósito de ajustar y aceitar el producto antes de exponerlo al gran público. Tal el caso de "Justo en lo mejor de mi vida", y de "Parecen Angeles". La primera: una interesante pieza de Alicia Muñoz en la que la imperdible dupla Luis Brandoni- Alejandro Awada reflexionan acerca de la inexorabilidad del paso del tiempo, las asignaturas pendientes, y las jugarretas de un destino no siempre complaciente con los propios planes y deseos. La segunda: un capo lavoro de la joven Lidia Lamaison, en otra agridulce comedia dramática que gira en torno a las diferencias generacionales y a la particular manera en que cada cual timonea la endeble embarcación de su existencia.

La Comedia de la Provincia ofreció un grotesco escrito y dirigido por Raúl Ramos, brillantemente protagonizado por Héctor Giovine y Juan Carlos Puppo, "Los Moreira", diálogo entre Pepe Podestá y Juan Moreira, el caballito de batalla del pionero del circo criollo, cuna del teatro rioplatense.

En el marco del IV Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires, los platenses tuvimos ocasión de deleitarnos con Mosca, singular versión de "Tito Andrónico", a cargo de la Compañía de Teatro Petra de Colombia.Impactante lenguaje escénico en esta descarnada reflexión sobre los abusos del Poder.

CARTELERA LOCAL
En la Sala Armando Discépolo, una verdadera gema: Shinkiro, cuatro cuentos japoneses narrados por una exquisita Claudia Lapacó, y danzados por el bailarín "Butoh" Gustavo Collini Sartor. Sublime.

Algunos estrenos salientes de la cartelera local: tres unipersonales. "Cejo Vallesar": Ricardo "Mono" Ibarlín, acompañado en voz y violoncello por María Eugenia Basili, dirigidos por Cynthia Pierce. El actor transita la atormentada poesía de César Vallejo, no desde el mero recitado, sino corporizando al poeta peruano con notable verosimilitud y fuerte impacto. "Melancólicas Vacas": lacerante visión del hombre post-industrial, reducido a despojo descartable. Conmovedora labor de Fernando Cipolla, dirigido por el autor, Omar Sánchez. "De Sobremesa": en esta nostalgiosa y dulzona evocación de su San Juan natal, María Inés Portillo recrea bellos textos, en un clima intimista y familiar.

La primera camada de egresados de la Escuela Profesional de Artes del Circo de La Plata estrenó una divertida y colorida versión de "Sueño de una noche de verano", en la que los talentosos y promisorios jóvenes hacen gala de su notable destreza física, riguroso entrenamiento, y total y apasionada entrega.

Quico García, en su mágico ámbito de La Hermandad del Princesa, y siguiendo la linea de su anterior trabajo, "Canon Perpetuo", nos habla en "Ritual Mecánico" de la deshumanización, la incomunicación, la destrucción de la palabra, del vacío existencial. Rodolfo Balvidares, Juan Manuel Gianastasio, Daniel Gismondi y Ricardo Ibarlín son los títeres de esta ceremonia sin fin.

En "La Conjura Sveikas", Susana Tale imagina una conspiración gestada en las cloacas de París, cuya finalidad es derrocar el orden universal modificando el sistema de símbolos cerebrales de las clases dirigentes.

Ingeniosa puesta en escena de Jazmín García Sathicq, rica en sorpresivos golpes de efecto. En la "comitragedia" de Alejandra Arce Maldita Conciencia, protagonizada por Violeta Ventura Ríos y Silvia Guagliardo, una mujer madura se enfrenta al insobornable espejo de su pasado, y pierde la pulseada.

"Arpegios": lo que queda de una familia venida a menos, vinculados en un juego siniestro, atrapados en una casa plagada de fantasmas y recuerdos. Rubén Monreal escribió y dirige en su Sala 420 esta inquietante pieza interpretada por Carolina Katz, Fernando Sansiveri y Alejandro Orduna.

Diana Amiama en su "Adamo y Eva" imagina el reencuentro del Hombre y la Mujer, que se dan cita en una plaza todos los años a la misma hora, procurando restañar heridas, limar milenarias asperezas e intentar recuperar la armonía perdida. Paula Fernández Mbarak y Pablo Algañaraz dan vida a este juego amoroso en el bello marco escenográfico propuesto por Quique Cáceres.

El "Pentagrama Clown Group", dirigido por José Minuchín, deleitó con "Qu est-ce que c'est", un fresco espectáculo para grandes y chicos en el que un simpático quinteto de narices rojas rescatan el mágico mundo del todo vale.

Los titerófilos de parabienes con "Mitos griegos a la Criolla", a cargo del grupo Perfil Griego, y "Un viejo y buen herrero llamado Pobreza", por el grupo Asunta, dos cuidadas propuestas dentro de la variada y ecléctica programación de El Teatrino.

Marcela Monreal y Gastón Marioni idearon una versión "musical rock" de "Robin Hood", con un gran despliegue escénico en el Teatro Estudio. Como ya es costumbre, La Nonna -con sus jóvenes 12 años recién cumplidos- ofreció un enorme y variado abanico de espectáculos infantiles, particularmente durante las vacaciones de invierno.

Este año, los locales les ganaron por goleada a los visitantes. Buena señal.

Fuente: Diario El Día

martes, 30 de diciembre de 2003

Moneda Corriente - Estelares

Primer video-corte- del disco ARDIMOS del 2003 con Andres Calamaro de invitado en voces.
Empieza cortado el video, pero bueno, asi lo conseguimos, disculpen.


Psicosis 4.48

Creación: Mapa Teatro

Ubicación: Bogotá

Ficha Técnica:

Dirección: Heidi Abderhalden.
Texto de Sarah Kane.
Traducción: Catalina rodríguez, Carlos Benavides 'Champi'.
Voz y actuación: Heidi Abderhalden.
Concepción visual: Heidi y Rolf Abderhalden.
Montaje: José Ignacio Rincón.
Música: Alfredo Vargas 'Bicho'.
Asesoría: Leonardo Hernández, Carlos Benavides 'Champi'. Fotografía: Mauricio Esguerra.
Diseño Gráfico: Gloria Díaz-Granados M.
Realización de vestuario: César Rodríguez.

Año estreno: 2003

Lugar estreno: Bogotá

La forma que se despliega

La obra plantea como evoluciona la relación de una pareja a partir de la muerte de su hijo, teniendo como interlocutor a un supuesto pianista, a través del cual pueden expresar lo que vivieron durante sus años de matrimonio. De esta forma se muestra la imposibilidad de sentir el dolor ajeno como propio y la dificultad para representarlo.

El ciclo “Biodrama. Sobre la vida de las personas” fue creado por Vivi Tellas sobre la base de que un director de teatro y un autor elijan a una persona viva y transformen su historia de vida en un material de trabajo dramático. Según Tellas, “Biodrama” se inscribe en lo que se podría llamar “el retorno de lo real” en el campo de la representación.

Ficha técnico artística

Autoría: Daniel Veronese
Dramaturgia y dirección: Daniel Veronese
Actuan: Silvana Correa, Claudio Dapassano, Stella Galazzi, Gonzalo Martínez

lunes, 29 de diciembre de 2003

Entre la esperanza y los conflictos

UN BALANCE DEL AÑO A CARGO DE DIEZ TEATRISTAS DE EXCEPCION

- Pompeyo Audivert (actor y director) menciona a Donde más duele, dirigida por Ricardo Bartís, y Foz, con dramaturgia y dirección de Alejandro Catalán, “por los niveles de actuación que despliegan”. Elogia “los criterios de selección del Festival, que este año incluyó a algunos que –como nosotros, que hacíamos Lomorto– injustamente no habíamos sido convocados en ediciones anteriores”. Pone el acento en “el apoyo de Proteatro a grupos y salas, y la aparición del C. C. de la Cooperación, muy importante para desarrollar nuevas tendencias y el teatro en general”.


- Tito Cossa (dramaturgo y columnista) no olvida que en relación con el ámbito institucional 2003 fue un año de incertidumbre: “El secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, que asumió en junio, sorprendió al medio teatral cuando abrió un espacio de consultas para elegir al director del Instituto Nacional del Teatro y aceptó uno de los nombres propuestos. Pero el funcionario designado, Raúl Brambilla, no asumió aún, sin que nadie explique esta demora. El INT está acéfalo desde hace más de dos meses. Y el año termina, otra vez, con el presupuesto recortado a la mitad. En la Ciudad se mantuvo la política errática respecto del presupuesto de Proteatro. Los intentos por ampliar la cuota dedicada al teatro (que es muy baja para una ciudad con un movimiento teatral tan importante) fracasaron. La designación de Gustavo López en la Secretaría de Cultura genera favorables expectativas”.

- Augusto Fernandes (director y docente) dice que “la organización de los festivales ha progresado. Son eventos que, como el de votar, resultan nuevos para nosotros. En cuanto a la programación, que está siempre muy ligada a lo económico, mejorará en la medida en que se destinen mayores fondos para la cultura”. De la programación del FIBA le interesó la puesta de Peter Brook sobre The Mahabarata. Destaca a La estupidez, de Rafael Spregelburd, como obra y trabajo de dirección de actores.

- Griselda Gambaro (novelista, dramaturga y ensayista) distingue a Lo que pasó cuando Nora dejó a su marido, dirigida por Rubén Szuchmacher; y Donde más duele, de Ricardo Bartís, “que mantiene la dinámica revulsiva y estimulante de sus puestas anteriores”. En cuanto a actuaciones, rescata los trabajos, en diferentes obras, de Ingrid Pelicori, Horacio Peña, Alberto Segado, Jorge Suárez, Analía Couceyro, Lucrecia Capello y Juana Hidalgo. En el plano internacional, el trabajo de Marilú Marini en Oh! Les beaux jours.

- Carlos Gorostiza (novelista, dramaturgo y autor de cuentos y ensayos) prefirió no opinar sobre las obras (estrenó Toque de queda), pero dio su parecer sobre el FIBA: “Debería rever la fecha de su realización –y esto es un cuestionamiento que le ha hecho el MATe, al cual pertenezco– para que no se debilite el funcionamiento de la temporada de las obras que están en cartel”.

- Manuel Iedvabni (director) elige La Madonnita, de Mauricio Kartun, y La estupidez, de Rafael Spregelburd. En dirección propone a Laura Yusem, por la obra Mil años de paz, de Roberto Perinelli. En actuación masculina a Claudio García Satur (Don Chicho) y a Manuel Vicente (La Madonnita). En actuación femenina a Andrea Garrote (La estupidez). Por escenografía a Alberto Bellatti (Historia de cazadores) y música original a Silvia Jevwabny (La demolición, de Ricardo Cardoso).

- Francisco Javier (director y docente) menciona a La estupidez, y a la actriz China Zorrilla por su “interpretación absolutamente desprejuiciada del personaje de la escultora en El camino a La Meca”. A Jorge Suárez, “porque se lanzó a actuar una situación imprevisible que lo obligaba a leer y, valga la paradoja, a no actuar”. Como escenógrafo se decide por Alberto Negrín, y por síntesis espacial por la diseñada para Dios Perro. En cuanto a música, valora el trabajo de Sergio Vainicoff en Eclipse de luna, de Beatriz Mosquera.

- Eduardo Pavlovsky (actor, dramaturgo, director y médico psiquiatra) destaca “la extraordinaria vitalidad del teatro argentino que produce a pesar de tantas condiciones en contra”. Le interesaron dos puestas de Daniel Veronese: Mujeres soñaron caballos y El suicidio. En dirección elige a Ricardo Bartís en Donde más duele, y en actuación femenina a Analía Couceyro, en esa misma puesta. Como actor a Norman Briski, y respecto del FIBA distingue la actuación del alemán Martín Wuttke.

- Osvaldo Santoro (actor y escritor) valora Lejana tierra mía, de Eduardo Rovner, y El camino a La Meca. De esta pieza destaca la actuación de China Zorrilla. Le interesó la régie de Oscar Barney Finn para Il Pagliacci, la actuación de Luis Brandoni en Stéfano, la música de Martín Bianchedi en Porteñas y la escenografía que para esta obra diseñó Carlos Di Pasquo.

- Rubén Szuchmacher (actor y director) señala que “2003, año posterior al de la enorme crisis, termina con una actividad teatral muy extendida en Buenos Aires. El FIBA, la apertura de nuevas salas, los estrenos importantes en la escena off, además de las subvenciones de organismos extranjeros a espectáculos nacionales y otros apoyos, dieron la sensación de que el teatro está en plenitud. Pero no podemos decir que su continuidad esté garantizada: las políticas erráticas en los organismos dedicados a subvencionar al teatro, la mantención de funcionarios de gobiernos anteriores en teatros públicos, la falta de claridad en las políticas públicas, la excesiva promoción de lo teatral producto de las campañas electorales, son cosas que pueden desactivar este fulgor. De todas formas, Buenos Aires tiene asegurado un futuro teatral, el que le da su tradición de ser desde hace mucho tiempo uno de los lugares del mundo más dinámicos de la escena teatral”.

Fuente: Página 12

sábado, 20 de diciembre de 2003

“Más que un analista, soy hombre de la cultura”

EDUARDO “TATO” PAVLOVSKY, ENTRE EL TEATRO, LA PSICOLOGIA Y LA POLITICA, SUS PASIONES
Psicoanalista, actor, dramaturgo, intelectual, Tato Pavlovsky y su trabajo teatral fue el eje del festival que llevó su nombre y que tuvo lugar en el Centro Cultural de la Cooperación. Todo lo que hace, escribe y actúa tiene posición tomada.

Por Hilda Cabrera

Momentos antes le habían tomado fotos en uno de los divanes de su casa para ilustrar un escrito que publicó el jueves en la sección Psicología de este diario. Era el texto con el que participó en el libro El diván (25 autoconfesiones), junto a otros dramaturgos de nacionalidades diferentes, presentado recientemente en el Bar Milán de la ciudad de México. Eduardo “Tato” Pavlovsky dice estar entre la cultura y la psicología, interesarse por el arte y no desentenderse de la política. Todavía divertido por las tomas en su diván, se muestra dispuesto a improvisar sobre las situaciones que durante el diálogo se le cruzan por la cabeza, de un tono diferente al de su texto de El diván..., cuyo título es Análisis en París. Confesiones de un analizado. Sucede que Pavlovsky se siente ante todo actor, y escribe básicamente desde ese lugar, según se desprende de la entrevista a Página/12. Cualquiera sea su estrategia, lo cierto es que sus obras no se olvidan. Tampoco sus actuaciones. Entre las más recordadas se encuentran La espera trágica (1961), La mueca (1971), El señor Galíndez (1973), Telarañas (1977), Camaralenta (1981), El señor Laforgue (1983), Potestad (1985), Pablo (1987), Paso de dos (1990), Rojos Globos Rojos (1996), Poroto (1996) y La muerte de Marguerite Duras (2000). Este año escribió y protagonizó otras: La Gran Marcha y el monólogo Imperceptible. Fue también figura en el Festival Pavlovsky que se desarrolló este mes durante tres días en el Centro Cultural de la Cooperación, apenas aterrizó de una gira por España y Ecuador. Creador de un teatro que denomina de “estados” y en el que se distingue por su intensidad y fantasía, este artista ha sido invitado a numerosos festivales y seminarios internacionales, y homenajeado con festivales dedicados a su trayectoria, sobre todo en Francia y Estados Unidos. A poco de iniciar el diálogo, regala una postal de teatro donde se lee Pushtet, o sea Potestad, en checo. Es la obra que se viene dando en la República Checa con actuación y dirección de Daniel Genoud, junto a su compañía El Cobertizo.

–¿Es realmente Potestad su trabajo más representado?

–No. Yo diría que La espera trágica, porque fue tomada por alumnos y elencos de provincias. En el plano internacional creo que sí, que es Potestad. Pero esta obra tiene un serio problema: requiere una actuación atractiva y muy sostenida. Cuando la hacen actores sin experiencia se nota mucho. Ocurre también con Camaralenta. El que la vio con Carlos Carella haciendo de manager no puede aceptar fácilmente a otro.

–¿Qué le deparó, como experiencia escénica, su última gira?

–Fui invitado a Gerona, donde hice dos funciones de La muerte de Marguerite Duras y una de Potestad. Después bajé a Mallorca, un lugar maravilloso, también con las dos obras que presenté luego en Madrid. Allí fueron dos de Potestad y una de Marguerite... Fue una experiencia muy linda. Y de ahí me fui a Quito (Ecuador).

–¿Modifica la puesta en esos viajes?

–Con Marguerite... conservo la marcación de Daniel Veronese. Mi secretario personal, que sabe mucho de teatro y de luces, va a cada lugar y ordena todo lo necesario antes de cada función. En Potestad mantengo los movimientos que en 1985 me marcó Norman Briski. Desde entonces a hoy cambié muy pocas cosas.

–¿A qué se debe esa fidelidad? ¿Es su soporte en la escena?

–Sí, lo mismo me pasó cuando repuse El señor Galíndez en el Teatro Babilonia. La verdad es que para mí la escena es un gran placer. No puedo dejar de pensar en nuevas presentaciones y en nuevas obras. Ahora tengo un boceto en la cabeza, que se relaciona con el actor y director ruso Meyerhold, que fue fusilado en 1942. Leí mucho sobre él y sobre su muerte. La obra me viene inspirada por este artista creador del “Octubre Teatral”, que también desarrolló un estilo burlesco y de crítica social. Era uncomunista acérrimo, pero se fue alejando de la línea oficial y cayó en desgracia. En este boceto de obra incluyo un texto mío sobre el perdón. Meyerhold fue detenido en 1939, después que hizo públicas en un congreso las falencias del teatro posrevolucionario y señaló la mediocridad del realismo socialista en el arte. Es que él tenía una sensibilidad desbordante: improvisaba con los actores, hablaba con el público. Era capaz de estar haciendo una obra de Shakespeare y cortar de pronto y decir que debía ir al dentista. Le gustaba la multiplicidad.

–Ese gusto parece ser el suyo...

–Me interesa improvisar, pero no tanto modificando la letra de un texto sino los estados de ánimo. El desborde de Meyerhold me inspira. Le pegaron mucho, y confesó cualquier cosa. Lo fusilaron y degollaron a la mujer.

–¿Cómo es escribir después de tantas experiencias vividas y de tantas lecturas?

–Es duro. Pienso que estoy escribiendo para el actor que hay en mí. Esto de Meyerhold es todavía una mancha. La impresión es semejante a la que siento cuando oigo hablar al Papa. Escucho sólo fragmentos de sonidos. Sé que después viene el momento de racionalizar. Por ahora es sólo el del desborde. Después, por ahí, busco o encuentro a alguien, como Daniel Veronese, quien en Marguerite... fue un gran ordenador de mis sensaciones. Porque yo tengo un tiempo teatral intenso pero una gran dificultad: carezco de la idea de puesta. Lo que sé es mover mi cuerpo. Algunos me califican de director, pero yo no creo serlo: en Rojos Globos Rojos me movía sobre la coreografía que me habían marcado los directores Rubens Correa y Javier Margulis, que está trabajando en México y ya me anunció que haremos nuevos contactos.
–¿Por qué cree que como actor atrae tanto a un público de elite como a otro más popular?

–La gente que fue a ver La Gran Marcha no tenía en general un perfil intelectual, y creo que es por el tipo de actor que fabrico. Los temas de algunas de mis obras pueden atraer más a intelectuales, pero otros trabajos, como el de Rojos Globos Rojos, amplían el espectro. En éste aparecían personajes de gente marginada, un poco al estilo de los creados por Pepe Arias y Dringue Farías, artistas populares y cómicos de la revista porteña. Esos personajes me salen intuitivamente. En el festival que se organizó en el Centro de la Cooperación comprobé que ese espectro de público se había corrido todavía más. Tuvimos unos doscientos espectadores para cada función de ...Marguerite... y Potestad. Y esto me gusta. Siempre digo que me siento mejor como actor y parto de ahí.

–La impresión respecto de Telarañas y Poroto es otra...

–Telarañas fue una obra escrita sin intervención de nadie, y Poroto partió de un manera de trabajar que desarrollé junto a Norman Briski. En esa obra había un texto, pero también las conversaciones que mantuve con él respecto de ese texto. Es semejante a lo que sucedió con La Gran Marcha: muchas cosas las escribí sobre el escenario.

–¿Y dónde está la soledad del escritor?

–Existe: atravieso momentos de gran orfandad en los que debo cuidarme mucho, porque soy capaz de buscar ansiosamente a alguien nada más que para salir de la soledad. Este es uno de esos momentos. Ahora mismo me estoy preguntando para dónde agarro. De lo que no dudo es de lo que significa para mí el teatro: energía y recursos para conocer a la gente. Durante una estadía en Londres alguien me dijo que en eso de entender me había ayudado mi profesión de psicoanalista, y tuve que desmentirlo, porque es al revés: me analicé, y soy analista, pero ante todo me siento un hombre de la cultura.

–¿Cómo resuelve la necesidad de exhibición del actor con esa otra del autor de entender al otro?

–El teatro requiere imaginación pero también exige ser riguroso. En la escena aparecen las debilidades y los miedos, las tensiones en la relación con el director y los otros integrantes del elenco. Todo eso es muy importante para un psiquiatra. Si hablamos del trabajo del actor, podemos pensar en esa concepción freudiana, bastante dura, que concibe al actor como a un individuo vacío que se exhibe a través de un personaje de modo casi patológico para demostrar que no está castrado. Pero también está la otra teoría que considera al actor como a un ser que se exhibe atravesando pudorosamente todas tus “invalideces”. Y así veo yo el teatro, un lugar en el que me “despojo” y me reconozco atravesando aspectos de mi vida. No es fácil sostener ese despojamiento. Lo que a mí me salva es que cada función se convierte en una nueva aventura. Yo voy al toreo, y a ganar.

–¿Siente que puede cumplir con todas sus profesiones?

–Hasta hoy sí, quizá porque me cuido mucho físicamente. Estoy habilitado para el esfuerzo: hago caminatas, practico natación. Además soy un hipocondríaco y no hay examen que no me haya hecho. Dramatizo hasta cuando me aparece un inofensivo lunar. Me hago revisar por un dermatólogo y pido que me hagan un electrocardiograma. A veces me da un poco de vergüenza ser así.

viernes, 5 de diciembre de 2003

Solos y solas

Como parte de una experiencia de teatro semimontado por parte de directores argentinos sobre autores alemanes, Inés Saavedra puso en escena una obra coral que borra las distancias entre un país encontrándose en un (no) lugar común: la soledad.

Por Marie Katharina Wagner

Pensamos en un lugar que no es un lugar, un lugar inhabitable, una suerte de ‘no-lugar’. Y en ese momento yo sabía que estaba todo ahí en el recibidor. Ese lugar tiene una identidad pero no la tiene –como los cinco personajes– y muestra perfectamente la ilusión de intimidad que encarnan, porque se sienten solos, pero en realidad están vistos por todo el mundo.” El no-lugar es el hall del Instituto Goethe, que fue elegido por la directora Inés Saavedra para su puesta en escena de la obra El pan de cada día, de la dramaturga alemana Gesine Danckwart.

Cinco solteros, tres mujeres y dos varones, ocupan (pero no habitan) el recibidor del instituto mientras el público se encuentra ubicado en la contigua sala de teatro, observándolos durante un día cotidiano de sus vidas, desde que se levantan hasta que termina la jornada laboral. A primera vista parece un piso compartido por cinco adultos: están todos juntos ahí en el “escenario” –haciendo café o preparándose para el día– pero los personajes no interactúan entre ellos, no se relacionan con los otros, “en esta obra no hay encuentros”, dice Saavedra. Los tímidos intentos de conversar con otras personas fracasan por el miedo al desengaño, por lo cual los cinco siguen hablando solos, enunciando largos monólogos llenos de amargura. “La primera imagen que se me ocurrió cuando leí el texto era mi hijo a los tres años cuando iba al kindergarten”, recuerda la directora. “Los chicos estaban juntos, pero no jugaban entre ellos, cada uno jugaba por su lado. Es el comportamiento que después vuelve en la pubertad, cuando te concentrás en vos mismo, no podés relacionarte con otros y lo que más te cuesta es compartir tus pensamientos. Yo quería que los actores actuaran exactamente así, como los chicos en el kindergarten, por eso les traje un video de mi hijo a los tres años, para que copiaran el comportamiento.”

Danckwart compuso en realidad cinco voces, más que cinco personajes que narran, desde distintas perspectivas, la misma frustración. “Hablan del vacío de las relaciones, el vacío del sistema capitalista”, explica Saavedra, quien escogió esta obra dura (dado que “en ningún momento ellos están felices”) porque le fascinó el ritmo atrapante de la lengua que emplea Danckwart. Un ritmo característico de las modernas obras alemanas, que a ella la afectan de una manera bastante especial: “Hay algo en la dramaturgia alemana que me traslada a la atmósfera de un recital de rock’n’roll, es como si el cuerpo no suportara tanta información. Necesitás parar, aplaudir y tenés ganas de abrazar a los actores y estás agradecido porque te han dado la posibilidad de repensar tu vida, que se refleja en los personajes”.

Aunque la argentina nunca habló con la alemana ni está en contacto con ella ahora, siente fuertes lazos y similitudes que se manifiestan más que nada en el estilo de presentar los personajes que Saavedra considera femenino: “Hay algo muy sensible en cómo está contado cada personaje. Yo creo que las mujeres tienen una capacidad de piedad más grande que los hombres. Para mí eso tiene que ver con la maternidad, porque generalmente las madres son más indulgentes que los padres. Por ejemplo, si mis hijos quieren comer viendo la tele, mi marido simplemente va a decir no. Yo porlo menos voy a negociarlo. Y creo que Gesine también es piadosa con ellos cinco: no los juzga, tan sólo los muestra. Que el público juzgue. Ella los abre sin valorarlos”.

Los cinco devaluados son Gala, Sesam, Nelke, Ulrich y Ela, y llevan vidas muy distintas: Sesam está desempleado y se pasa el día reflexionando sobre qué producto color rojo podría comprar para que su alimentación parezca equilibrada; Ela trabaja como moza y día tras día pierde su lucha contra el reloj, que siempre está una hora menos adelantado de lo que ella espera; Ulrich se cree el yerno perfecto pero al mismo tiempo reconoce que las mujeres no lo han notado todavía; Gala teme a los fines de semana porque generalmente termina imponiéndole una conversación al taxista después de haber tomado unos champagnes sola en un bar; y Nelke sufre una crisis nerviosa cuando se entera de que alguien se tomó el último café y no preparó otro, porque siendo la pasante eterna siempre es ella quien termina preparándolo.
“El mundo está lleno de Galas, Ulrichs y Sesams. En cada uno de los personajes se puede reconocer nuestra misma historia. Yo por ejemplo trabajé como moza cuatro años, mantenía mis gastos, compartía mi departamento con otras dos personas y salía los fines de semana. Y yo sé exactamente de qué habla el personaje de Ela. O mi papá, que se identificó con el personaje de Sesam, el desempleado que está afuera del sistema pero al mismo tiempo lo extraña.”

Con o sin identificación con los personajes, no deja de resultar difícil trasladar la realidad social expuesta en la obra a la cotidianidad argentina. ¿Qué tiene que ver un desempleado alemán que se preocupa por su alimentación con un desempleado argentino? ¿Los argentinos realmente tienen interés por las depresiones de la sociedad laboral alemana? Saavedra cree en los vínculos y similitudes que permiten al público argentino reflexionar sobre sus vidas mientras ven los personajes de El pan de cada día. “Tanto Ulrich como Sesam tratan todo el tiempo de poder distinguir y organizar el estado de las cosas, mientras que las mujeres simplemente lo nombran y se deprimen. Ellas al nombrarlo se angustian. Son mucho más emocionales y no intentan ocultar sus depresiones.” Pero más allá de los vínculos, pasaron cosas durante el montaje: “Durante un ensayo, la actriz que interpreta el personaje de Gala me dijo: ‘hablamos del mundo que no se encuentra, y nosotros hemos armado una familia, contándolo”.

Fuente: Página 12