sábado, 31 de enero de 2004

GRISELDA GAMBARO

De la crueldad a la misericordia

Pasaron 40 años entre su primera obra, "Las Paredes " (1963), y la última, "La señora Macbeth" (2003), a estrenarse en Abril en el C. C. de la Cooperación. En este reportaje, la dramaturga repasa sus influencias y su relación con viejas y nuevas generaciones.

PABLO SCHANTON
Me encanta ser antigua.

No tengo computadora. Hay cosas masivas a las que todo el mundo adhiere ciegamente pero yo rechazo. ¿Cómo podría desplazar mi máquina mecánica que me fue tan leal en 30 años? Hay que defender el amor a las cosas." Desde su resfrío y la misma casa donde Gambaro vive hace 40 años con su marido (y tuvo lugar el encuentro con Pavlovsky), la voz congestionada subraya ese candor zen que caracteriza a la autora de tragedias de verdugos y víctimas como La Malasangre. "Vivo retirada de la gran ciudad porque acá tengo lo que necesito: tranquilidad", respira. "El silencio es una condición sine qua non para mí, pero sé de gente que escribe en un bar. Como muchas decisiones vine acá por razones económicas, porque los terrenos eran baratos y lo vendían a plazo. Después recién fue una decisión de vida."

Este es el año en que Pompeyo Audivert dirigirá a Cristina Banegas en La Señora Macbeth, la última obra teatral escrita por Gambaro. Cuatro décadas antes, la autora terminaba de pulir su primer texto dramatúrgico, Las Paredes. Ahí el secuestro de un joven a cargo de un ujier y un funcionario era la excusa para una reflexión metateatral que inauguraría una forma inédita de hacer teatro político. "No estoy fuera de mis obras como para tener una visión objetiva de ellas, pero supongo que la negación de la realidad y la distancia entre palabras y actos son dos constantes. Apenas la Señora Macbeth reconoce que algo anda mal, lo niega. Todo por amor a su marido. Pero igual nunca me propuse escribir obras que ilustraran temas.", dice y tose, antes de recordar con leve sorna que Las paredes fue comparada con Harold Pinter y Kafka. "En realidad, lo de los muros que se angostan lo saqué de una serie norteamericana que daban en los cines, más que del absurdo prestigioso. Me calificaban de "absurdista" pero a Pinter no lo había leído y a Ionesco creo que no. Buscar relaciones con los autores europeos es parte del espíritu colonialista que nos inculcaron", jura.

- —¿Y Kafka?

- — Lo había leído menos, pero con más admiración. Con él me pasa como con Beckett, me angustian demasiado porque no hay salida en sus mundos. Cualquier persona lee buscando la virtud sanadora que tiene el arte y ahí es más difícil de encontrarla. Los leí un poco por obligación, sin la conexión visceral que uno tiene con los autores que ama.

- —¿Prefiere la filiación de su obra con el grotesco nacional que en el 89 encuentran críticos como Nora Mazziotti (ver "Poder, deseo y marginación")?

- —Sí, tengo puntos de contacto con Armando Discépolo, pero no es mi influencia total. Aprendí de él esa manera de hacer pasar a un personaje a través de la comicidad por una situación totalmente trágica. Respeto los trabajos críticos sobre mí, pero me mantengo distante. Hay un estudio de una chilena, Marta Contreras (Teatro de la descomposición), donde compara las relaciones de poder en mis obras con la teoría de Michel Foucault. Es válido pero yo nunca leí con atención teoría o ensayo. Prefiero la ficción o la poesía.

En 1982, ya de vuelta de su exilio español, Gambaro estrena La Malasangre, un hito en su carrera que la aleja definitivamente de la etiqueta "absurdista". La obra transcurría en 1840. La protagonista, Dolores (encarnada por Soledad Silveyra, para quien se había escrito el texto a pedido), le aullaba a su padre autoritario, que tenía mucho de Rosas, una frase con mucho de desahogo colectivo: "¡Yo me callo pero el silencio grita!". Cierre de telón y los aplausos gritaban. Dos funciones fueron interrumpidas por grupos de ultraderecha al grito de "¡Viva Rosas, mueran los bolches!". "Fue la única obra mía donde el momento histórico y la necesidad del público concidieron, la más oportuna", asume. "Con Las Paredes no se dio: se comprendió 20 años después. La Malasangre reflejaba lo que estaba pasando y además la realidad entraba a la obra y la gente le hacía resistencia sin levantarse de sus asientos a los grupos de derecha".

- —¿Le preocupaba que su obra produjera sensaciones de angustia o de crueldad en los espectadores?

- —Nunca les hice caso a los que lo decían por snobismo o por debilidad. Toda la crueladad pasa a través de una estética, no es cruda. Generalmente la gente que ve crueldad en mi obra es gente que se banca muy bien lo que llamamos "realidad".

En 1990, la obra Penas sin importancia (un homenaje explícito al Tio Vania de Chejov) parece marcar otro cambio en la obra de Gambaro. La pieza termina con Rita proponiendo una nueva forma de esperar, distinta a la desesperanzada y resignada del final de Las Paredes. "Ahora esperarás conmigo" proponía Rita y había mucho de esperanza colectiva. "Hubo experiencias sociopolíticas como la democracia que me hicieron cambiar a nivel personal también. Ahora tengo una mirada más misericordiosa hacia los personajes. No sé si ahora podría escribir una novela como Ganarse la muerte, que con todo el humor que tiene, tiene tanta crueldad. A medida que transcurre la vida uno no piensa igual que a los 30. La mirada se vuelve más distanciada, más piadosa porque la muerte está presente de otra manera. Para qué tanto odio, vejación y crueldad si terminamos en una muerte inevitable, ¿no?", pregunta y se refugia un rato en su pañuelo.

- —El slogan de Rita es "Misericordia o nada".
- —Exacto. Supongo que hay mucho de mi voz en la de Rita. En mis primeras obras me cuidaba de mezclar mi voz entre las de los personajes porque eso puede ser fatal. Pero con el tiempo tuve más seguridad. La Dolores de La Malsangre tiene algo mío también.

- —Rita también llamaba a esperar a los "débiles, a los robados".

- —Yo siempre me identifiqué con aquellos que son marginados de la sociedad, los desclasados. O los transgresores inocentes, como los deformes de mis obras. Soy una chica que nació en una casa de obreros de La Boca y se dedicó a la literatura de forma autodidacta. Mis lecturas dependían de la biblioteca popular, de donde sacaba libros de Dostoievsky y ya de chica tomaba contacto con una dimensión tan trágica de la vida. El origen social te marca. Lo que viviste en tu infancia te imprime un sello en la manera de mirar, lo podés traicionar pero yo no lo he hecho nunca. Yo agradezco venir de donde vengo, me ha permitido comprender el mundo de una manera diferente. Me ha permitido entender no por acercamiento, sino por pertenencia, que es muy distinto. Eso explica que use ese tipo de personajes porque además son los que más conozco. Juro que no sé cómo es una señora de Barrio Norte.

- —¿Habría también una identificación con Antígona, el mito feminista por excelencia, la mujer que pulsea la ley paterna como usted la expone en su "Antígona furiosa" de 1986?

- —Sí, pero la verdad es que no tuve tantos problemas con mi padre por mi vocación, aunque fue vergonzante y secreta por muchos años. Mi padre era anarquista y tenía conciencia de clase pero siempre me hubiera gustado que mi madre se rebelara ante ciertas actitudes de él. Lo que uno no sabe es cómo habría sido yo si ella hubiera sido una especie de Rosa Luxemburgo. Lo que sí conocí y soporté fue el costo de cada gesto de rebelión, de autonomía y de independencia.

- —Generalmente entre sus lecturas favoritas cita a Colette, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo, Hebe Uhart. Mujeres, digamos. Y es bastante irreverente a la hora de hablar sobre Borges o Cortázar.

- —La cultura argentina tiene raíces patriarcales y la mirada de la mujer es fragmentaria pero necesaria. De Borges, qué puedo decir: está más allá del bien y el mal. Siempre que lo releo, digo: "Qué perfecto, qué bien que escribe". Y no sé si es bueno eso, que siempre me mueva a la admiración. A veces sería buenos admirar menos a los escritores. Cortázar no fue una marca generacional para mí. No abro juicio de valor. Es un problema mío no poder acercarme a ellos.

- —¿Le interesa la nueva dramaturgia nacional?

- —Sí, tengo libros de Daniel Veronese y de Rafael Spregelburd, incluso los he leído en mansucritos. Pero no estoy tan al tanto como debiera; me falta ver las puestas. Me parecieron muy bien escritas; me gustaba la manera de quebrar las escenas, el humor. Pero después de haber leído unas cuantas, me parece que hay un eco repetitivo en algunas, como si tuvieran aprensión y desconfiaza a comprometerse con los grandes sentimientos y los grandes pensamientos.

- —¿Le molesta que a sus obras se las suelan relacionar con el momento sociopolítico y con los grandes pensamientos?

- —Yo no tengo lo que Maurico Kartun llama "el pudor del sentido" de los autores jóvenes. A la Antígona furiosa la relacioné con esas Antígonas más cercanas que son las madres de Plaza de Mayo. Acabo de leer el libro de Ure y es bárbaro pero no estoy muy de acuerdo con ese teatro de tanta angustia, de tanta imposiblidad de encontrar, de tanta búsqueda sin fin, que acepta el hecho de no ir a ningún lado. Desde que el arte es arte, uno se acerca a una obra para confortarse con la condición humana, para una aclaración sobre nuestra condición. Por eso no me molesta que encuentren sentidos a lo que hago, aunque sean pedestres.

Fuente: Revista Ñ

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