sábado, 12 de junio de 2004

Cuestiones de química

BUENOS AIRES
ALEJANDRO CATALAN, ACTOR Y DIRECTOR
Formado junto a Ricardo Bartís, Catalán dirige la obra teatral Foz y actúa en la pieza Cercano Oriente (La caja). Atribuye esa versatilidad escénica al hecho de haber sido “espectador en los años ’80”.

Por Cecilia Hopkins

Después de hacer funciones en Caracas, en la ciudad de Córdoba y en la santafesina Rafaela, en el marco de la Fiesta Nacional del Teatro, Foz, obra que dirige Alejandro Catalán, acaba de reponerse en el Camarín de las Musas (Mario Bravo 960) y de recibir la invitación a participar en el mes de octubre del Festival Buenos Aires en Berlín. La obra, que cuenta con una dramaturgia concebida en conjunto entre el director y los actores (Adrián Fondari, Ricardo Félix y Esteban Lamothe), sitúa a sus tres personajes en plena ruta misionera, en viaje hacia la frontera con Brasil. Esta circunstancia sirve de excusa para desmenuzar el vínculo que los une, elaborando así un completo muestreo de las formas que pueden asumir la intolerancia y la sumisión. Todo transcurre en el interior de la caja de una camioneta, obra del escenógrafo Ariel Vaccaro, que tiene el valor de potenciar las alternativas de este trayecto hacia uno de los paraísos del contrabando. No obstante la intensidad temática de la obra, el director asegura que su forma de trabajo nunca parte de la voluntad de tomar un tema en especial o un texto disparador, ni de “cualquier objeto previo que luego marca el desarrollo del devenir escénico”, como puntualiza en una entrevista con Página/12.

Formado actoralmente junto a Ricardo Bartís (participó del elenco de El pecado que no se puede nombrar, obra con dramaturgia del mismo Bartís, sobre textos de Roberto Arlt), Catalán también actúa en un espectáculo junto a Luis Machín (ahora conocido masivamente por su participación en Padre Coraje, como el atribulado doctor Ponce) próximo a reestrenarse, también en el Camarín de las Musas. Se trata de Cercano Oriente (La caja), con dirección de Omar Fantini, cuya dramaturgia también surgió de los devenires de la química actoral. Atento al desarrollo del teatro local, Catalán marca la diferencia entre un teatro centrado en el actor y sus potencialidades expresivas y otro, generado en torno de la figura de un autor o director. Esta capacidad que, potencialmente, posee un intérprete para producir por sí mismo un relato escénico tiene para él su origen en el teatro que empezó a producirse en Buenos Aires hace unos 20 años atrás. Y asegura que “haber sido espectador en los ’80 me configuró la cabeza”.

Si Foz presenta un conjunto de relaciones básicas en un entorno primario, Cercano Oriente tiene puntos de contacto con la ciencia ficción, aunque los dos actores trabajan con una gran caja de cartón como todo dispositivo de escena: uno de los personajes se traslada fuera del mundo conocido cuando, arreglando un aparato, mete los dedos en un enchufe.

Aclara el actor que aquí tampoco se trabajó con la voluntad de elaborar una metáfora, “ni sobre la desaparición ni sobre el destino: el sentido de la anécdota no tiene ningún fundamento existencial”. Y tal vez haya sido precisamente esa ausencia de subrayados lo que garantiza la heterogeneidad de las interpretaciones. Fuera del país, la obra cobra, incluso, una resonancia social: cuenta Catalán que, durante una gira que el año pasado hizo este espectáculo por el sur de Francia, los espectadores pensaron que abordaba el tema de los cartoneros. “La obra es anterior a ese fenómeno –respondieron los actores–, porque hoy jamás hubiésemos encontrado en la calle una caja de esas características, como ocurrió mientras estábamos ensayando.” En esa oportunidad, Cercano Oriente se presentó con traducción simultánea: “Fue bueno para nosotros contar con espectadores diferentes: nuestro público está forjado perceptivamente de una manera muy rica, porque acá existe una enorme variedad de lenguajes y posibilidades teatrales atípicas en comparación con otras partes del mundo”, afirma Catalán. Para él, la demanda que tiene el teatro argentino en el exterior tiene que ver “con un estilo de actor que no se da en otras partes, con una condición imaginaria que le da la posibilidad de contar lo que le pasa a la gente cuando está junta”.

Fuente: Página 12

sábado, 29 de mayo de 2004

Estrella negra, publicado diario El Día

Estrella negra

Corre el año 1811. La ciudad de Montevideo está sitiada por José Gervasio Artigas. Una joven criada junto a su bebé, han sido abandonados por sus amos, quienes huyeron a Río de Janeiro. La muchacha hará todo lo posible para llegar al campamento de los insurgentes y encontrarse con el Coronel, de quien está perdidamente enamorada. La suerte le es esquiva. No son buenos tiempos para el amor. Ni la mismísima Virgen del Rosario podrá ayudarla a cumplir su cometido. Nora Ayala despliega sus múltiples recursos en este espectáculo unipersonal dirigido por Erica Poncio. Un acierto de la puesta: la música en vivo a cargo de Nicolás Karabás y Santiago Gordillo. Hoy a las 21.30 en la Sala 420, calle 59 entre 12 y 13.

martes, 18 de mayo de 2004

Teatro y Danza en el Galpón de la Comedia

A partir de junio se realizará en el Galpón de la Comedia, 49 entre 3 y 4, un ciclo de teatro y danza contemporánea y danza teatro denominado "Nuevas tendencias 2004", en el que se "desarrollará la búsqueda expresiva y explotación de los recursos de la plástica, la música y la danza a partir de la utilización del espacio de manera no convencional".

Así, en junio será el turno de la Escuela de Danzas de La Plata con los coreógrafos Marcelo Falcón, Paola Izaguirre y Yamila Valla; "Estado del tiempo" con el coreógrafo Ariel Jaenisch; "Estudio arte" con las coreógrafas Stella Giudi y Fabiana Aguilar y la presentación de Florencia Olivieri y Ariel Martínez Barbieri. En el ciclo de teatro subirá a escena "El cerco de Leningrado" con dirección de Omar Musa, y "Como vivir de lo que me gusta" con dirección de Emiliano Nuñez.

En julio los grupos de danzas que se podrán ver son: "Entre patios y tilos" con coreografía de Mercedes Nugent Rincón; la Escuela de Danza de La Plata, con las coreógrafas Natalia Basomba, Sofía Diotto y Reneé Zgaiger; "Da te k love" con coreografía de Liliana Tasso; y "Los del fondo" con la coreografía de Marisa D'Alesandro. "Entre infinitos puntos de un segmento" con dirección de Catoggio, Trucco y Grimaldi y "Ultimas cosas" dirigida por José Pollo Canevaro, son las obras de teatro que se darán durante ese mes.

Por otra parte, en agosto se verá: "La terna" con coreografía de Pacha Brandolino; "Ixchel y la marea" de Carolina Espíscopo; "M. de N" con coreografía de Alejandra Ceriani; "Harto tránsito" con coreografía de Alejandra Ferreyra, Nidia Martínez Barbieri y Eduardo Campo. Y las obras de teatro serán "Noche cerrada" dirigida por Laura Valencia y "Textos húmedos" con dramaturgia y dirección de Laura Borgogna.

Los grupos de danzas que se presentarán en septiembre serán: "La marea danza" con coreografía de Diana Rogovsky; "Tarasca" con coreografía de Ramiro Soñez; "Espiardanza" con coreografía de Mariana Pereyra; y el Ballet Municipal de Lanús a cargo de Soledad Curiale. Además, subirán a escena "Matando horas" con dirección de Cintia Pierce y "Ensayos sobre una imagen" con dirección de Blas Arrese Igor.

El ciclo finalizará en octubre con los siguientes espectáculos de danza: "Danzacción" con coreografía de Verónica Vidal y Gabriela López; Adrián Herrero de Necochea; "El pañuelo de Sammy" con coreografía de Gilda di Luciano y "Cinco ensayos" con coreografía de Nilda Martínez Barbieri. En tanto, las obras de teatro que se podrán ver son: "Cruz del sur" con dirección de Florencia Cresto, "El momento del triángulo o el dulce sudor de los habitantes de la luna" dirigida por Omar Sánchez y "Hipertrofia muscular" con dirección de Susana Torres Molina.

miércoles, 5 de mayo de 2004

“El teatro porteño se destaca por una búsqueda genuina importante”

BUENOS AIRES
Soledad Villamil, una de las Locas de amor de Canal 13, acaba de estrenar una pieza teatral sobre el esnobismo de la clase media.

Por Cecilia Hopkins

Cuando en 1992 el director Ricardo Bartis le ofreció hacer la Ofelia de Hamlet, de Shakespeare, en el Teatro San Martín, Soledad Villamil nunca imaginó que a partir de allí no dejaría de recibir ofrecimientos de trabajo. Educada en la tradición que considera al teatro el ámbito ideal para el actor, Villamil no tuvo en cuenta que las ofertas también vendrían por el lado del cine y la televisión. En 1993 filmó Un muro de silencio, su primera película, dirigida por Lita Stantic, y luego vendrían, entre otras, La vida según Muriel, de Eduardo Milewicz, El sueño de los héroes, de Sergio Renán, y Un oso rojo, de Adrián Caetano. Pero el dilema lindante con lo moral se le planteó cuando le ofrecieron hacer trece capítulos de Zona de riesgo, junto a Rodolfo Ranni, bajo la dirección de Alberto Ure: “Durante la época de mi primera formación teatral –cuenta en diálogo con Página/12–, la televisión todavía no era un medio bien considerado, de modo que yo tenía muchas resistencias porque pensaba que un actor serio no hace TV”. Sin embargo, luego de transitar la experiencia admitió que “arrancar con un personaje protagónico de tanta responsabilidad en un medio donde no existen demasiados miramientos fue muy importante para mí”.

En ese momento también se dio cuenta de que “en la televisión no solamente se trabaja rápido y sin profundidad”. Así entonces, Villamil aventó los fantasmas y se dejó ver seguido en la TV, entre otras intervenciones, en las exitosas Vulnerables y Culpables. Y ahora todos los martes, a las 23 y por el 13, va Locas de amor, una producción que marca la vuelta de Pol-ka al formato del unitario. La historia (los libros pertenecen a Pablo Lagos y Susana Cardoso, la dirección es de Daniel Barone) describe la salida de un neuropsiquiátrico de tres mujeres (Julieta Díaz, Leticia Brédice y la propia Villamil) “en su camino hacia el alta y la rehabilitación definitiva, a través de su estadía en las llamadas casas de convivencia”.

Según explica la actriz, “las historias se centran en los miedos y dificultades que surgen durante su reinserción social, laboral y vincular”. A pesar de que Eva, su personaje, “tiene una fobia muy importante al agua, delirios místicos y una relación homosexual con una interna”, Villamil advierte que también hay humor. Aclara, además, que “el tono del programa es muy positivo porque apunta al hecho de salir adelante y no a mostrar lo más oscuro de la locura”.

Villamil aprendió en el taller de Bartis que un actor debe estar en condiciones de seleccionar y componer sus materiales de escena, además de llevar adelante sus propios proyectos. Hoy la actriz está muy satisfecha de los resultados obtenidos en su primera experiencia autogestiva, Recuerdos son recuerdos (junto a Rita Cortese y Pompeyo Audivert, luego reemplazado por Alejandro Urdapilleta), espectáculo más tarde reformulado en Glorias porteñas, el cual, según la actriz, superó toda expectativa, con sus largas giras al exterior, la edición de dos compactos y la convocatoria que logró durante su temporada en el Teatro San Martín. Villamil componía allí a la cancionista Clarita Taboada y lo hacía, según afirma, “como una actriz que canta”, ya que los aspectos musicales del espectáculo estaban supeditados a un planteo teatral.

Finalizada esa experiencia, la actriz está nuevamente de estreno: en el Portón de Sánchez (Sánchez de Bustamante 1034) acaba de subir a escena Matar el pensamiento, de Federico Olivera (realizador ligado al cine y la televisión, actualmente, director de Padre Coraje), una obra que, también bajo su conducción, discurre sobre los deseos y frustraciones de una pareja que, jaqueada por las deudas, sobrevive tomando ansiolíticos. Integran el resto del elenco José Minuchín, Rafael Solano, Luis Urgoiti y Alejandro Hener.

–¿Siente que fue encasillada en sus comienzos?

–Los actores suelen quedar identificados con el “color” particular de un personaje durante un tiempo y esto lleva a directores y productores a asociar a un actor con otros personajes parecidos. Me pasó cuando interpretaba a Ofelia, tan sufrida y torturada que, por un par de años, me ofrecieron roles similares. Pero cuando tuve la posibilidad de probar otras variantes caracterológicas, entonces aparecieron otros proyectos.

–¿Cómo se va construyendo la imagen de un actor?

–Uno tiene una imagen que se va armando por acumulación de muchas cosas: personajes, fotos, notas... pero ya se sabe que esto es sólo una parcialidad. Me parece que los actores somos una especie de espejo donde los demás quieren ver reflejado lo que ellos proyectan en uno. Entonces, a veces quedamos pegados a un personaje que, por lo general, corresponde a la imaginación de otro.

–¿Suele arrepentirse luego de aceptar o rechazar un proyecto?

–La decisión de aceptar o no un trabajo en mí está siempre en relación con una coyuntura determinada y son tantos los factores que me hacen tomar una decisión que después es difícil pensar que podría haber hecho otra cosa. Por suerte, los resultados de mis trabajos han sido interesantes y hubo ofrecimientos que llegaron en el momento justo.

–¿Qué prejuicios dejó atrás luego de hacer televisión?

–Principalmente, el fantasma de que no se trabaja con seriedad o rigor. Pude comprobar que en la televisión también existe la posibilidad de ir más allá del resultado inmediato y de esta manera me fue posible concebir a la TV como un lugar más de desarrollo de la actividad actoral.

–¿Cuáles eran sus expectativas cuando comenzó a actuar?

–En un primer momento, el sueño era tener un grupo de teatro, hacer obras desde la creación colectiva y la autogestión, ir a festivales.

–¿Cuál es el sector de la clase media que retrata Matar el pensamiento?

–Yo diría que es su peor parte, la que pretende ascender a toda costa y la que hace o dice en función de un pensamiento snob. Mi personaje tiene una ambición desmedida, una insatisfacción permanente y quiere solucionar sus carencias a través de su marido.

–La obra se desarrolla en un terreno muy cotidiano pero, ¿no cree que hay situaciones que pueden ser interpretadas como simbólicas?

–Es cierto, pero no querría hablar de esto, porque me parece que la decodificación de una obra debe quedar reservada al espectador. Bastará decir que el plano de lo habitual y cotidiano se enrarece en un punto, por obra conjunta de lo que se narra y cómo se actúa ese relato. De manera que lo que sucede es un “corrimiento” de la realidad.

–Matar el pensamiento también habla sobre cómo influye el esnobismo en las personas. ¿Cree que hay esnobismo en el teatro?

–Sí, eso existe en todos lados. Pero me parece que el teatro porteño, que es el que conozco, tiene un componente de búsqueda genuina muy grande. Si tuviese que generalizar, entonces, yo no diría que hay esnobismos teatrales aquí. En Europa, en cambio, sí. Hay un teatro lleno de recursos pero muy vacío. Y si una propuesta pega, después hay otras 40 que son iguales. Esto no pasa acá, porque hay un impulso creativo que no intenta cumplir con la expectativa de lo que “hay que hacer”. Esto es lo que marca la diferencia en los actores argentinos: el estar acostumbrados a proponer, a resolver, a hacerse cargo de la actuación en primera persona.

Fuente: Página 12

viernes, 23 de abril de 2004

"Ensayo sobre una imagen": náufragos

Por Irene Bianchi

"Ensayo sobre una imagen - Acuario", con Federico Aimetta, Guillermina Andrade, Rosario Berman, Diego Cremonesi y Laura Palmieri. Escenografía e iluminación: Javier Samaniego García. Vestuario: Javier Samaniego García, Luis Manuel Mendiburu Eli‡abe. Diseño: Federico Aimetta. Directora asistente: Mariela Anastasio. Dramaturgia y Dirección: Blas Arrese Igor. Centro Cultural Viejo Almacén El Obrero, 13 y 71. Viernes 20.30 hs.

Los personajes -dos hombres y tres mujeres- no tienen nombres. Ríen histéricamente, sin alegría. No se sabe quiénes son, dónde están, ni qué están haciendo. Estampados contra una pared blanca, esperan su turno para hablar, mientras un proyector de diapositivas los va iluminando de a uno. El operador también proyecta imágenes sobre sus rostros y sus cuerpos, imágenes que ofician de disparadores de recuerdos, fobias, obsesiones, sueños, fantasmas. Un sonido acompasado provoca movimientos espasmódicos, involuntarios, transformándolos en marionetas a merced de un titiritero desconocido.

Los recuerdos rescatados remiten a la infancia. Las evocaciones son precisas y minuciosas en la descripción de olores, climas, texturas, colores, ruidos. Los relatos tienen un denominador común: el abandono, la soledad. Las imágenes generan angustia, desolación, pánico.

¿Estarán pasando revista a sus vidas antes de partir? ¿Estarán intentando reconstruir retroactivamente su historia, desandar el camino recorrido, hasta dar con ese preciso episodio que los marcó para siempre? ¿Estarán buscando algún dato clave, la pieza del rompecabezas que se les perdió?

El agua está siempre presente: una tragedia en alta mar; un pececito anaranjado nadando en una bolsita de nylon; un aljibe sembrado de cadáveres. Los personajes navegan sin brújula, a la deriva; van y vienen entre las cuatro paredes invisibles de una gigantesca pecera.

La obra de Blas Arreseigor es enigmática e inquietante. Abre interrogantes, plantea dudas, retacea información, no hace concesión alguna.

Los actores transmiten esa alienación, esa búsqueda de identidad, ese desasosiego, esa confusión de estar desangelados, librados a su propia suerte.

La puesta es despojada, ascética, tan misteriosa como el planteo de la obra.

"Ensayo sobre una imagen": flotando entre recuerdos.

Fuente: Diario El Día

sábado, 17 de abril de 2004

El Viejo Almacén El Obrero celebra un nuevo aniversario

El Centro Cultural Viejo Almacén "El Obrero" celebra esta semana su octavo aniversario con una serie de actividades en su sede de 13 y 71.

Esta tarde, a partir de las 16, tendrá lugar una jornada creativa para chicos denominada "Recreando el barrio", que se completará mañana, a las 16, cuando se realice una muestra de los trabajos, con una batucada y suelta de palomas. A partir de las 18 se realizará una función de la obra "De tilos, diagonales y memoria, ahí va nuestra historia", a cargo del grupo de teatro comunitario Los Dardos de Rocha.

El Centro Cultural Viejo Almacén "El Obrero" fue inaugurado el 12 de abril de 1996. Su creación estuvo a cargo del Grupo de Teatro La Gotera, cuyos integrantes trabajaron en la remodelación y adaptación del edificio, y actualmente, en su mantenimiento. El centro está emplazado en una de las edificaciones más antiguas del barrio (de 1927), por lo que ha sido considerado "Patrimonio Histórico Municipal", conservando intactas su fachada y estructura edilicias originales. Su nombre se debe a un tradicional almacén de ramos generales que funcionó en el edificio en las décadas del '20 y '30. Posteriormente, funcionó allí una asociación benéfica, de nombre "Nahuel" y luego otro almacén y casa de comidas, el Almacén "Fama". Durante todo el siglo pasado, el edificio fue epicentro de las historias y la vida del barrio, convirtiéndose en un punto de referencia obligado en la zona.

El Centro Cultural Viejo Almacén "El Obrero" cuenta actualmente con tres espacios adaptados íntegramente para la realización de diversas disciplinas espectaculares: teatro, danza, música, etcétera. También cuenta con espacios para la realización de muestras y exposiciones plásticas, charlas y conferencias.

Fuente: El Día

viernes, 16 de abril de 2004

Un festejo que puede ser entendido como una verdadera cumbre federal

La Fiesta Nacional del Teatro empieza hoy en Rafaela, con la participación de 35 grupos que prometen diversidad y pasión por el arte.

Por Cecilia Hopkins
Foto: La obra Ars Higiénica representará a Buenos Aires en el encuentro.

La escena teatral argentina vivirá desde hoy uno de sus grandes encuentros: hasta el 25 de abril próximo se desarrollará en la ciudad santafesina de Rafaela la 19ª edición de la Fiesta Nacional del Teatro. Como es tradición desde 1984, participarán los elencos provinciales que lograron imponerse en los encuentros de selección organizados en cada una de las seis regiones en las que se divide el país, teatralmente hablando: Centro, Centro Litoral, Noroeste, Nordeste, Cuyo y Patagonia. En esta oportunidad, serán 35 los grupos que integrarán esta muestra no competitiva que el Instituto Nacional del Teatro organiza juntamente con el gobierno de la provincia anfitriona y la Municipalidad de Rafaela.

Este año, la fiesta contará con el madrinazgo de la actriz uruguaya China Zorrilla y tendrá un alcance mayor en la medida en que algunos elencos viajarán al interior de la provincia a ofrecer sus espectáculos. Como en todas las ediciones pasadas, habrá diversas actividades paralelas: los directores Paco Jiménez, Alejandro Catalán, Rubén Szuchmacher y Daniel Veronese dictarán talleres de formación y charlas sobre dramaturgia contemporánea y, además de las críticas de especialistas sobre los espectáculos presentados –actividad a cargo de los miembros de Critea (Círculo de críticos de las artes escénicas de la Argentina)– se realizarán actos y seminarios abiertos a la comunidad, como los homenajes a los actores y directores Norberto Campos, Héctor Tealdi y Jorge Petraglia, fallecidos recientemente; tres jornadas sobre teatro político, conducidas por un panel de expositores integrado por teatristas de todo el país, y un seminario sobre industrias culturales, coordinado por Lucio Guverman y Jorge Llonchi.

En cuanto a la programación, la ciudad de Buenos Aires estará representada por el grupo La Fronda que dirige Ciro Zorzoli con Ars Higiénica, un espectáculo que el año pasado formó parte del programa del Festival Internacional de Buenos Aires. También fueron seleccionados por Capital Leve contraste por saturación, con dramaturgia y dirección de Andrés Binetti, Paula López y Natalia Muñoz Schoeffer, por el grupo Teatro de los Calderos, y Foz, obra dirigida por Alejandro Catalán. Por la provincia de Buenos Aires se ofrecerá la obra de títeres Casimiro’s diliviry, por el grupo El Sombrero, con dirección del platense Daniel Melluso; El cruce de la pampa, de Rafael Bruza, por la Comedia Municipal de Luján, bajo la dirección de Claudio Bellomo, y Sucedió en la vía, de Raúl Echegaray, por el grupo de Tandil Los Escruchantes, dirigido por Rubén Maidana. La provincia de Córdoba, por su parte, estará representada por el grupo Segundo Triunvirato y Quinotos al Rhum, obra que cuenta con dramaturgia y dirección de Gonzalo Marull, mientras que Santa Fe se hará presente con tres producciones: el Centro Experimental Rosario Imagina ofrecerá ¿Quién quiere patear el tacho?, con dramaturgia colectiva y dirección de Rody Bertol, el marionetista Rubén Orsini concretará su espectáculo unipersonal Esto no es vida de su autoría y dirección, y el grupo Hijos de Roche, la obra de Elizabeth Cunsolo y Bárbara Peters, Hasta la exageración. Ir nada más que hasta el fondo, con dirección de Romina Mazzadi Arro. Entre Ríos, en tanto, dará a conocer Aquel... mi pueblo, de Agustín Gibert, por el grupo Tavajhú (que en guaraní significa “que anda de pueblo en pueblo”), bajo la conducción de Juan Gibert. De Misiones se verá La casa de Asterión, sobre el cuento homónimo de Borges, por el grupo Almovida, bajo la conducción de Wilson Pico.

Del Chaco se conocerán dos montajes: Post, con dramaturgia y dirección de Marcelo Padelín, por el grupo Actores Unidos, y Maldito corazón, espectáculo de danza teatro con dramaturgia y dirección de Eve Reyero; en tanto que, de Corrientes, se conocerá la versión de la obra de Vicente Zito Lema (relacionada con la situación de ex combatientes de Malvinas), Gurka, un frío como el agua... seco, por el grupo Raíces, con dirección de Susana Bernardi. Formosa estará presente a través de Manuela, la guapa, de Juan Carlos Guerra, por el Centro de Experimentación Artística Utopía 2000, con dirección de Daniel Luppo.

La Región Patagónica será representada por el grupo fueguino Tres x Tres y Partitura Géminis, de Eduardo Bonafede con dirección grupal, los santacruceños de Luces de Bengala, con Genealogía del niño a mis espaldas, de Ignacio Apolo, con dirección de Nilda Azar. Por su parte, Neuquén estrenará dos espectáculos: Beber sal, por el grupo Humo Negro, bajo la dirección de Fernando Aragón, y Existenciarios, espectáculo de danza teatro del grupo Locas Margaritas, con dirección de Mariana Sirote. Río Negro ofrecerá tres montajes: Cardenal (el fullback de los sueños), versión libre de Rojos globos rojos, de Eduardo Pavlovsky, con dirección de Adrián Beato y el grupo Trampolín; En des-concierto, por el grupo Las Octetas, dirigido por Chu Abad, y La moribunda de Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese, por el grupo Los Acorralados, bajo la conducción de Lili Presti. Otra versión de esta misma obra podrá verse por los puntanos del Teatro Estudio Arte, con dirección de Gabriel Flores. También sobre textos del mismo Urdapilleta, el pampeano Sivio Lang ofrecerá La intemperie, por el grupo Andar. Mendoza estará representada por dos espectáculos: El triciclo, de Fernando Arrabal, por Nuevo Teatro Viceversa, bajo la conducción de Walter Neira, y El gigante, versión de El gigante Amapolas, de Juan Batista Alberdi, por el grupo Comando Viceversa, también dirigido por Neira. De San Juan viajarán dos propuestas: Feroz, unipersonal con dramaturgia y dirección de Ariel Sampaolesi, y Sueño anterior, por el Círculo de Tiza Teatro, bajo la dirección de Juan Carlos Carta; mientras que La Rioja presentará Retrato de un hombre con sombrero hongo, por la Compañía Posdanza, con dirección de Adriana Nazareno.

Finalmente, del Noroeste llegarán los santiagueños de Yo, Casta, con De todo lo que NO se ve, de Marcedes Farriols, con dirección de Analía Valentini y Muñeca Villalba; los catamarqueños de la Comedia Municipal, con Bienvenido, León de Francia, bajo la dirección de Graciela Weiss; los salteños del Teátrico Suburbano, con Terapia: comedia en tres sesiones y un diagnóstico, con dirección grupal; los tucumanos de La Vorágine, con Detrás del vidrio, con dramaturgia y dirección de Pablo Gigena, y los jujeños del Centro de Estudios Teatrales y Cinematográficos, con una versión de Juan Moreira, folletín de Eduardo Gutiérrez, con dirección de Manuel Maccarini.

Fuente: Página 12

jueves, 15 de abril de 2004

Un teatro con una memoria prodigiosa

Corría la década del 50 y Alejandra Boero comandaba el Nuevo Teatro, una de las primeras semillas de lo que luego fue el Lorange. "Nosotros pertenecíamos a Nuevo Teatro —cuenta Boero—, un lugar muy emblemático, en el que teníamos mucho éxito. Era una cooperativa formada por 21 personas, en la que nos reuníamos y decidíamos conjuntamente qué hacer, repartíamos el dinero que se generaba o seguíamos adelante para acercar el teatro a la gente. Comenzamos en una sala llamada Planeta, con la obra Raíces".
La actriz y directora teatral asegura que, ya en los 60, le comentaron que existía el foso del Lorange, al que los arquitectos —cuando construyeron la galería comercial— no sabían qué destino otorgarle. "La gente, en aquel momento, era muy idealista y no pensaba en su progreso personal sino en la cultura. Como el teatro siempre es una caja de resonancia del país, nos juntamos y decidimos construir ese teatro en forma cooperativa, allí en la fosa de la galería comercial".
El nombre surgió de un teatro ("bellísimo como el Odeón o el Politeama", según Boero) que se había construido en ese sitio a principios de siglo y que había sido derribado: su nombre era Apolo. De allí, la flamante sala tuvo su propia marquesina como Nuevo Teatro Apolo. El toque grupal se imprimió en sus espacios: camarines generales, una sala de estar, un escenario con una gran boca. "Todavía incluso hay una escultura en el descanso de la escalera que nos regaló un artista plástico".
Al paso de los años, la calle Corrientes comenzó a levantar otro pulso y ya no cuajaba con un teatro de carácter independiente como el Apolo. "Nos mantuvimos todo lo que pudimos pero después lo perdimos —rememora Boero—. El clima político comenzó a ponerse espeso en los 70, la mente de la gente estaba en otra cosa, nos aplastaron con impuestos. En ese tiempo, nuestra batalla era heroica". Entre las décadas del 80 y 90, el Nuevo Teatro Apolo fue alternando cine y teatro, y hasta cambió de nombre. Ahora, reabre nuevamente sus puertas, y Boero concluye: "Yo no soy pesimista: las cosas no se pierden, se transforman".

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Fuente: Clarín

lunes, 5 de abril de 2004

Ganadores del Concurso de la Comedia Municipal 2004

La dirección de Cultura de la Municipalidad dio a conocer el resultado del Concurso de la Comedia Municipal 2004, que premia a cuatro obras infantiles y cuatro para adultos con 16 funciones para cada elenco a realizarse en distintos barrrios de la ciudad.

El Concurso, al que se presentaron 59 obras con elencos de la ciudad y de las cuales se preseleccionaron 16 para la segunda instancia que se realizó la semana pasada, contó con un jurado integrado por Susana Torremolina, Paula Mujica Láinez y Eduardo Marcove, y el veedor Marcelo Peri.

Los ganadores en el rubro adultos fueron: "Hermanitas antaño", grupo Hermanitas Antaño; "New York", grupo La Gotera; "Textos húmedos", grupo del Bocardelli; "Como vivir de lo que me gusta", grupo E.Nuñez; y el suplente fue "Cafeteros a la carta", grupo Ojo de Pez.

En cuanto a los infantiles resultaron ganadores: "Las aventuras de Lucky y Mora", grupo El Ombú; "Murguitas al cuadrado", grupo La Gotera; "Icarovoló", grupo de Teatro del Firulete, "Robin Hood", grupo Teatro Estudio de las Artes; y el suplente fue "Nunca fue fácil ser un superhéroe", grupo Las crines del chancho.

Durante el acto de entrega de premios el jurado sugirió que, "dada la calidad de las obras que se presentaron se premie también con funciones a los grupos que quedaron en quinto lugar como suplentes".

Fuente: El Día

miércoles, 24 de marzo de 2004

Finalistas del concurso de Teatro "Comedia Municipal 2004"

El jurado del Concurso de Teatro "Comedia Municipal 2004" dio a conocer los finalistas de la segunda etapa de este certamen abierto a todos los grupos de teatro de la ciudad y del que participaron más de 50 obras. Los ganadores (cuatro obras para adultos y cuatro infantiles) serán premiados con 16 funciones pagas.

Las obras seleccionadas en esta segunda y última etapa se presentarán en las salas A y B del Pasaje Dardo Rocha a partir del 30 de marzo y hasta el 2 de abril con entrada libre y gratuita en todas las funciones. Las escuelas e instituciones interesadas en presenciar las obras podrán realizar reservas a los teléfonos: 427-1210 y al 427-1817, de 8.30 a 18.

El cronograma es el siguiente: Martes 30 de marzo: 10.30, "Las aventuras de Lucky y Mora", Grupo Ombú (infantil); 14, "Murguitas al cuadrado", Grupo La Gotera (infantil); 15.30, "9.53", Grupo La 4º Pared (adultos); 17, "Como vivir lo que me gusta", Grupo Emiliano Núñez (adultos).

El miércoles 31 de marzo se verá: 10.30, "Nunca fue fácil ser un superhéroe", Grupo Las crines del chancho (infantil); 14, "Dos corazones rojos", Grupo Leba (infantil); 15.30, "Hermanitas Antaño", Grupo Hermanitas Antaño (adultos); 17, "Cafeteros (a la carta)", Grupo Ojo de Pez (adultos).

El concurso continuará el jueves 1 de abril con: 10.30, "Icarovoló", Grupo Teatro del Firulete (infantil); 14, "Caperucita Roja (según el Lobo)", Grupo Amadeus (infantil); 15.30; "La Adaneva", Grupo La Sudaca Emergente (adultos); 17, "New York", Grupo La Gotera (adultos).

El último día será el viernes 2 de abril y las obras que se podrán ver son: 10.30, "El príncipe blue", Grupo Topográfico (infantil); 14, "Robin Hood, el príncipe de los ladrones", Grupo Teatro Estudio (infantil); 15.30, "Textos húmedos (sobre los charcos no llueve), Grupo Del Bocadelli Anden (adultos); y 17, "In Partibus Infidelium", Grupo Vuelve en Junio (adultos).

Fuente: El Día

jueves, 18 de marzo de 2004

Juego escénico en el espacio aéreo

Desde una altura de ocho metros tres chicos sentados sobre pequeñas tarimas de maderas enganchan una soga a sus arneses y de, a poco, comienzan a descender con la cabeza hacia abajo, juntando sus pies entre la soga y balanceándose lentamente ante la mirada atenta de Juan Vogelman, el profesor, quien cuenta que ellos, que parecen tan seguros desplazándose en el aire, comenzaron apenas hace un mes a tomar el taller denominado "El juego escénico en el espacio aéreo".

Actores, bailarines y gente cuyo único interés es disfrutar de una manera distinta de recreación a partir del trabajo de distintas estéticas en la altura, como trapecios circulares, soga volante, rapel acrobático, soga elástica y deslizamiento por soga, están realizando este curso que es posible gracias a que el centro cultural Viejo Almacén El Obrero, ubicado en 13 y 71, inauguró un nuevo espacio especialmente acondicionado para esta actividad.

"Gracias a la compra de un inmueble lindero a nuestro teatro, pudimos incrementar las actividades del centro cultural y este espacio está especialmente diseñado para poder practicar esta disciplina", sostuvo Alejandra Bignasco docente e integrante del grupo de teatro La Gotera que funciona en este centro cultural.

Según indicó Claudia López Lombardi, también del Grupo La Gotera, "ésta es una buena oportunidad para aquellos que quieran practicar esta disciplina porque en La Plata no hay ninguna sala especialmente concebida y con todas las reglas de seguridad necesarias. Con la compra de este inmueble pudimos ampliar las actividades del centro".

Vogelman, que trabajó en México y Alemania, está dedicado al teatro en espacios alternativos -del cual el espacio aéreo constituye una materia-, y asegura que esta nueva sala cuenta con redes de seguridad, una estructura mecánica y manual completa, y cada alumno recibe un equipo. "Se trabaja con material de alpinismo de excelente calidad como las sogas elásticas que están especialmente diseñadas para soportar los pesos".

El profesor agregó que "los anclajes están montados directamente sobre la estructura de la sala para una mayor seguridad. Los talleres se dictan con cupos limitados y para poder participar el único requisito es ser mayor de 16 años (con autorización de los padres).

Fuente: El Día

lunes, 16 de febrero de 2004

Muchachas en el ring


TEATRO: LA OBRA DE JOSE MARIA MUSCARI EN LA CALLE CORRIENTES

En Catch, las mujeres se suben al ring y escandalizan. La obra plantea registros sórdidos y morbosos.

Hay un halo paternal entre José María Muscari y sus mujeres de Catch. Las chicas rudas, que se embarran y se brindan roces brutales y coqueteos sado-lésbicos en el escenario del Lorange de jueves a domingo, devienen en dóciles criaturas del director. "Así hay que tenerlas", bromea mientras reubica a sus actrices y a Cristian Morales para la entrevista.

Catch llegó al Lorange de Carlos Rottenberg, después de varias funciones de una especie de "work in progress" en el Adán Buenos Ayres de Parque Chacabuco. Lo que se puede ver por estos días, a diferencia del año pasado, tiene menos chicas, una batería potenciada de insultos, la coreografía de Luis Biasotto de grupo Krapp y la ausencia de "El chancho" (ver recuadro). Un panfleto que va y viene por la avenida Corrientes y promociona la obra es bien explícito, con la ecuación mujeres en el barro + sexo entre chicas. El resultado es la respuesta muscariana, llevada al paroxismo, de "¿qué pasa con el universo femenino en ausencia de hombres?" Aclaremos que Catch es una comedia, morbosa, sórdida; que hay entrenadoras y que tienen, a su vez, bandos de mujeres que compiten. Y una celadora anciana, especie de alma mater de las demás luchadoras, con un hijo travesti: Memeca.

Sábado 23.45.

Cuerpos freak en el escenario y, abajo, cabecitas desquiciadas, miradas sedientas de hombres maduros y parejas de todas las edades que amenazan levantarse pero que finalmente se quedan en sus asientos. Música de Sandra Mihanovich y un aplastante olor de pomadas desinflamantes. La propuesta se desmadra en un pastiche en el que entran alusiones a Firmenich, mientras un travesti corre desnudo entre las butacas con una mujer azotándolo en la espalda. Es interesante ver las reacciones de los que se acercan a la obra y son rozados por nalgas, rodillas, pechos de cuerpos desnudos, en plena aceleración. Algunos abandonan la función, pero se los pueden contar con los dedos de las manos.

Tres de las chicas Catch, Laura Espínola, Marina Robagliati y Pía Pecora cuentan que le han propuesto hacer una película porno y que ya se grabaron varias "caras que han venido más de una vez. Grupitos que vienen bastante seguido", dice Espínola. Pécora, la del afiche, compitió en lucha libre y entrenó durante mucho tiempo en el C.E.N.A.R.D. Esta es su segunda experiencia en teatro. Antes de Catch hizo una obra para chicos.

Muscari dice que armó su elenco a partir de individualidades. "Sabía que Cristian Morales quería cambiarse de sexo y eso había que potenciarlo. Del resto de las chicas quedaron las que aguantaron el ritmo de la obra y todas me sedujeron por algo."

En una nota planteabas lo bizarro únicamente como lenguaje, ¿no pensás que, finalmente, termina imponiéndose como propuesta de cada una de tus obras?

Lo bizarro es una de las propuestas que manejo, es mi humor y el registro que uso en la mayoría de mis obras. Y no sólo dentro del off, cuando hice Desangradas en glamour tenía a Martha Bianchi disfrazada de Gatubela gateando por el escenario; o Alicia maravilla con Florencia Peña, famosa por sus tetas, haciendo teatro para chicos. Hay distintas propuestas que siempre termino llevando para el lado bizarresco, no sé, por ahora uso este lenguaje que también tiene que ver con salir de lo políticamente correcto.

Esa salida es previsible, diría que hasta no hay sorpresa: lo zafado es algo que se espera.

Creo que sí, en este caso esta bien aclarado desde el vamos. El que viene a ver algo mío tiene una idea de lo que se va a encontrar. Pero fuera de eso, esta bueno que el público se dé cuenta de que no sólo Brandoni con Justo en lo mejor de mi vida, es teatro. Esto también lo es. La gente joven entiende que el teatro no es algo arcaico y pretencioso.

Oscilás entre lo comercial y lo que habitualmente se denomina off, ¿cuál sentís que es tu lugar?

No me ha ido bien con algunas

obras en las que me largue con un elenco fuerte y en una buena sala. Me han criticado mucho, por ejemplo, en Desangradas en glamour y creo que algo de razón tenían. De eso se aprende. El lugar donde me siento más cómodo no es siempre el mismo.

¿Que pasó cuando te llamó Rottenberg para venir a la calle Corrientes?

Tuve bastante miedo. Pensaba estrenarla pero no en Corrientes, creía que la obra era demasiado guarra. Pero una vez acá, Catch se hizo una aplanadora. Finalmente es una comedia tiene cosas que funcionan como un reloj, ¿por qué no podía tener una temporada en el Lorange?

Fuente: Clarín

sábado, 31 de enero de 2004

La ética del cuerpo

JORGE DUBATTI, CRITICO E INVESTIGADOR




Eduardo Pavlovsky no es uno sino muchos: actor excepcional, campeón de natación, dramaturgo, psicodramatista, médico, articulista, pintón, militante de izquierda, teórico. La conjunción de esa multiplicidad está en el cuerpo. Su teatro es una escritura de su cuerpo, que inscribe todas esas prácticas. A diferencia de Gambaro, Pavlovsky no es un autor de gabinete o de escritorio. Aunque suele volcar el germen de sus textos —el coágulo, la mancha, como él mismo dice— en manuscritos que luego tipea su secretario, finalmente su escritura se configura en una dramaturgia de actor, en el espacio escénico. Y es prácticamente imposible anotarla en el papel: se trata de una narrativa de intensidades corporales, de "entre" grupal con los integrantes del equipo teatral, poesía de música gestual, velocidades musculares, voces en movimiento. El cuerpo material, físico, deviene en cuerpo poético y produce un teatro de estados, de afectación, de contagio. Un teatro sexuado, masculino: la crítica no ha señalado aún el impacto que produce Tato en el público femenino, aunque las espectadoras no dejen de expresarlo.

Pavlovsky ingresa al campo teatral de Buenos Aires a principios de los sesenta y, desde entonces, se ha mantenido en la cresta de la ola. Hay que destacar su permanente vigencia. El relato que trazan sus textos, desde "Somos" (1961), pasando por "El señor Galíndez" (1973) y "Rojos globos rojos" (1994), hasta "Imperceptible" y "La gran marcha" (ambos del 2003), constituyen una síntesis de las ideas, sentimientos, debates y tensiones argentinos de los últimos cuarenta años. A la vez, un registro profundo de nuestra sociabilidad. Vamos a los estrenos de Pavlovsky para encontrar las claves de nuestro presente, para comprender en qué mundo vivimos, incluso nuestro futuro. Su teatro atraviesa al menos cuatro momentos principales. Bajo el impacto de la vanguardia de los sesenta, con el signo de Artaud, Beckett y Ionesco, sus primeras obras señalaban los límites de la visión del mundo burguesa y proponían la búsqueda de una "realidad total" en "Somos", "La espera trágica" y "Robot".

Los setenta marcan la politización de su dramaturgia. "El señor Galíndez" denuncia la tortura como institución nacional. Pavlovsky volverá sobre el núcleo de la "normalidad de los monstruos" en "Potestad" (1985), "Pablo" (1987), "Paso de dos" (1990), hasta nuestros días en "Imagen" (1997). En 1977 la dictadura prohibe "Telarañas" (en memorable versión de Alberto Ure). La experiencia de exilio y desexilio deja su marca en "Cámara lenta" (1982) y "El señor Laforgue" (1983).

A partir de "Telarañas" Pavlovsky inicia una tercera etapa: comienza a investigar en una poética de la multiplicidad, que inscribe en sus textos escénicos diversidad de discursos interrelacionados. Hay que pensar esa poética como metáfora de nuestra realidad, de la complejidad que Pavlovsky advierte en su entramado. "Rojos globos rojos" abre un cuarto momento, que llega a hoy, signado por el auge de lo micropolítico, el antiimperialismo y la resistencia cultural. Destaco en Pavlovsky su coherencia. La suya es una "ética del cuerpo", que refrenda lo dicho con la acción, que no borra con el codo lo que escribió con la mano. Pavlovsky, como El Cardenal de "Rojos globos rojos", siempre dice lo mismo. El suyo es un teatro del compromiso con la potencia de la escena y las convicciones políticas.

Fuente: Revista Ñ

40 años de lucidez

OSVALDO PELETTIERI, INVESTIGADOR




El 27 de agosto de 1965, hace ya casi cuarenta años, en la sala del Centro de Experimentación Audiovisual del Instituto Di Tella, con dirección de Jorge Petraglia, se estrenaba "El desatino", de Griselda Gambaro. Su obra, como buena exponente de la tendencia moderna, apareció como una novedad casi absoluta en el panorama teatral porteño y no tuvo, en esos primeros tiempos, una lectura apropiada por parte de la crítica, con excepciones: Ernesto Schoo.

Su trayectoria teatral, muy intensa, abarca momento de inflexión en una primera fase —que podríamos denominar absurdista y en la que se incluyen "Las paredes" (1966), "Los siameses" (1967) y "El campo" (1968)—. En esa etapa ponía el acento en la convención en el juego teatral que consistía fundamentalmente en trabajar con formas establecidas para después transgredirlas (por ejemplo, la postergación constante en el accionar del sujeto). Sin embargo, hoy sabemos que la metáfora de estos textos era una crítica sin concesiones a la docilidad del hombre, a la pérdida de la libre determinación, sobre la base de la parodia y la alegoría.

Su segundo período significó una transición hacia el realismo: el absurdo se había disuelto en la tradición teatral argentina. La opresión cotidiana hacía que sus personajes se rebelaran contra el poder y ya el desenlace no quedaba trunco sino que estaba coronado por una incipiente tesis realista. En textos como "Dar la vuelta" (1972), "Información para extranjeros" (1973), "Puesta en claro" (1974) y "Sucede lo que pasa" (1976), se advierte un pasaje del sentido opaco al transparente. La explicación del cambio aparece en el contexto social, que marchaba hacia la dictadura. Hay aún un gusto por la farsa, con la consiguiente predilección por las imágenes violentas y por la transgresión a lo estatuido. Entabla una polémica oculta con la palabra del discurso del argentino medio y la parodia se concreta en la distancia entre el discurso del personaje y la acción.

Finalmente, su teatro actual, cercano al realismo crítico, toma abiertamente partido por las víctimas, por los diferentes, por las minorías; es la propia voz de la autora que denuncia, muy cerca de sus personajes, la irracionalidad y la absurdidad del poder. Su actitud creadora se acerca a lo que Micheline Wandour señala como "feminismo socialista, que busca la solidaridad hombre—mujer contra la represión del ser humano, contra la opresión". Algunos de sus textos de esta etapa son "Real envido" (1980), "La Malasangre" (1981), "Del sol naciente" (1983), "Es necesario entender un poco" (1998) y "De profesión maternal" (1999); en ellos el absurdo no nace, como en su primer teatro, de la pura forma. Gambaro parece querer decirnos que es algo que forma parte de nuestras conductas diarias. Propone así un intento de superación de este horror, a diferencia de sus primeras piezas que eran la mostración misma de ese horror. Quizás lo mejor de su teatro es que cuestiona los esquemas y los prejuicios y por eso, enlaza la dramaturgia anterior con la actualidad emergente. Su obra es una de las más originales y personales de la historia de nuestra escena.

Como antes Roberto Arlt y como su contemporáneo Roberto Cossa, aunque de manera diversa, ha unido la tradición teatral moderna con nuestro teatro ya existente configurando un universo propio, argentino y universal a la vez.

Fuente: Revista Ñ

EDUARDO PAVLOVSKY


Contra el teatro apolítico

Desde sus comienzos en los 60, al frente del grupo Yenesí, Pavlovsky se propuso hacer del teatro una experiencia de resistencia política a la formas de represión psicosocial.

XIMENA CASAS.

Tenía un ideal del yo, una aspiración —muy inculcada por mi mamá— que me impulsó como caballo de carrera. Pero llegué más lejos de lo que pensaba", asegura y se acomoda en un sillón del despojado living de su casa de Belgrano.

- —¿Cómo conviven el psicoterapeuta, el actor y el dramaturgo?

- —No me doy cuenta. Voy haciendo las cosas y, de repente, alguien me pregunta: "¿cómo se hace?" A mí siempre me interesó todo lo que tuviera que ver con lo humano, el sufrimiento, lo psicológico y lo sociológico. De muy chico, me analicé con Matilde Rascovsky. Después estudié medicina y, como no me gustaba, me recibí muy joven. Al revés. Y de repente me encontré sin saber qué hacer. Simultáneamente, vi la obra de Beckett y ser actor me pareció fascinante.

Primero tomó clases con Pedro Asquini y Alejandra Boero. Luego, fundó su propio grupo —Yenesi— junto a Julio Tahier y continuó su formación actoral en el Nuevo Teatro, donde ensayaba obras de vanguardia. "Era un teatro militante —cuenta— que se oponía a la cultura burguesa, a la que yo pertenecía. Yo venía de una familia de médicos prestigiosos, de clase media alta". En 1962 llegaron sus primeras obras como autor: Somos y La espera trágica. Y en los años 70, El señor Galíndez.

Al mismo tiempo, Pavlovsky terminó la carrera psicoanalítica. Pero sentía que eso no era lo que quería. Hasta que otra casualidad le permitió encontrar su lugar en la psicología: "Un médico colombiano me invitó a hacer psicoterapia de grupo en el Hospital de Niños y descubrí un mundo apasionante: la relación entre el juego y la terapia. Estaba decepcionado por la medicina y por la comprensión del mundo que tenían los psicoanalistas, que explicaban todo por el inconsciente. Además, formaban una especie de secta. La psicoterapia de grupo me abrió otro panorama".

Luego, vendría un exilio de tres años en Madrid. La vuelta a Buenos Aires. Las históricas jornadas del ciclo "Teatro Abierto", en 1981. Y varias obras convertidas en clásicos: Potestad, Paso de dos, Rojos globos rojos, Telarañas, La muerte de Marguerite Duras, traducidas a varios idiomas y representadas en todo el mundo por el mismo Pavlovsky o por... Jean—Louis Trintignant.

Ahora, Pavlovsky se encuentra en ese momento previo a la creación que —inspirado en el escritor Julio Cortázar— denomina "coágulo". "Siempre escribo pensando en mí como el actor que va a interpretar esos textos. Soy el mejor actor de mis obras", afirma. "Al Pacino no haría mi teatro mejor que yo. Cuando escribo, tengo imágenes donde voy actuando lo que voy escribiendo." Se define como un autor de imágenes. "La pintura me estimula enormemente para escribir teatro. Por ejemplo: vi la exposición de Ovo Nero —un grupo de jóvenes— y me quedé muy impresionado. Los dramaturgos recurrimos mucho a la explicación, mientras que los pintores atraviesan ese momento: se mandan. El teatro está detrás de la pintura. Uno de estos muchachos me contó que su proceso para pintar es parecido al del pintor inglés Francis Bacon. Yo también uso ese proceso para escribir: hay manchas tiradas por ahí, que no representan nada, y empiezo a trabajar por una de ellas.

- —¿Le preocupan la vejez y la muerte?

- —Sí, yo tengo temor a la muerte. Para Borges la muerte era maravillosa: "Yo estoy esperando cesar", decía. No soy religioso y, por ahí, me gustaría serlo. Entonces, me cuido hipocondríacamente: camino todos los días 5 kilómetros y nado.

Las pasiones de Pavlovsky no se agotan en el teatro. También están el deporte (especialmente el boxeo), las mujeres y la política. Las mujeres, su otra pasión, son también un gran misterio. Pavlovsky cuenta que se enamoró varias veces y tuvo tres matrimonios (desde hace 23 años está casado con la actriz Susana Evans, que interpretó varias de sus obras), pero que la mujer sigue siendo para él "insondable e inabordable". Y la política, por ahora, sólo le interesa como objeto de estudio. "No volvería a ser candidato a diputado, sólo lo haría por el partido de Luis Zamora. Me interesa más escribir y estudiar política. La candidatura fue una actitud militante cultural, tenía la absoluta seguridad de que no iba a ser electo".

En los 70 sus obras representaron la vanguardia teatral. ¿Por dónde cree que pasa ahora la vanguardia? Cuenta: "No veo muchas obras. Rafael Spregelburd, Javier Daulte, Alejandro Tantanian y Daniel Veronese representarían la vanguardia, un teatro diferente que entusiasma a mucha gente. También es un teatro apolítico. Nuestra generación —la Gambaro, Cossa, Osvaldo Dragún o Ricardo Monti— fue atravesada por lo político. A mí me vinieron a buscar: lo político me atravesó en el cuerpo".

La actualización de sus textos (hoy día puede verse Telarañas dirigida por Nora Rule los viernes a las 22.30 en el Actor''s Studio) también tiene que ver con nuevos públicos. Y también llegaron a Latinoamérica, Europa y Estados Unidos. ¿Cómo son interpretadas y recibidas ahí?

"Mi teatro —que no es un teatro popular, en el mejor sentido de popular— es estéticamente ideológico en cualquier lugar. La gente que ve mi teatro es muy parecida a mí. En Los Angeles, Albania, Francia o España: el público tiene una ideología estética semejante. El otro día, alguien dijo que yo merecía mayor publicidad. No lo creo. Un sector de gente bastante más amplio del que yo creía tiene conocimiento sobre mi quehacer intelectual. La cantidad de gente no define el fondo de la cosa."

- —Una característica común en muchas de sus obras es la aparición de la figura del represor, el torturador, como una persona común y hasta simpática. ¿Por qué le resultan atractivos estos personajes?

- —Es inexplicable y es explicable. Esto me costó una divergencia con la izquierda. No voy a explicar que pienso en contra del represor —parece que en la Argentina, cada vez que uno escribe tiene que explicar quién es—, lo que me interesa es saber cómo es la cabeza del represor: una persona que va a misa, es cristiana, tiene un buen hogar y reprime. Me atrae su "cotidianeidad". Es más bien un hombre de escritorio que obedece órdenes.

En Potestad, la historia de un raptor de niños, muestro a un tipo simpático y después muestro que es un represor. Eso es lo interesante. Casi todos los torturadores tienen una formación institucional, no personal, donde la violencia, el saqueo, el rapto, la picana, son "sintónicos" con la institución. Sintónico quiere decir avalado por la institución.

En la última parte de El señor Galíndez, hay dos torturadores sadomasoquistas de oficio, y aparece un nuevo torturador —que sería Astiz— que había estudiado. A los otros los podían sacar porque eran una serie, pero al teórico no. Por eso estudió y es torturador. Esto crea un nivel altísimo de complejidad. Eso explicaría que en la izquierda alguien se enoje. Pero yo quiero aceptar la complejidad de los fenómenos. Otra cosa es la militancia.

En cine, Pavlovsky actuó en más de una docena de películas: la primera fue El Santo de la espada, de Leopoldo Torre Nilson en 1970. Y siguieron, entre otras, Cuarteles de Invierno, El exilio de Gardel, Los chicos de la guerray Miss Mary, y dos versiones cinematográficas de sus obras: La nube, de Pino Solanas (basada en Rojos globos rojos) y Potestad, de Luis César D''Angiolillo.

- —¿Se quedó con ganas de hacer más cine?

- —El cine no me fascina. Me llaman mucho porque represento un tipo de actor de cierta edad que no está reventado, que puede dar un físico de clase alta y también de boxeador. El problema es que el cine me corta la profesión y tengo que decirle a los pacientes que no vengan por dos meses. Y lo atractivo es que me permitió aprender un oficio: me hice actor de cine. Para el teatro tuve condiciones naturales, pero en el cine la condición natural te la tragás.

- —A lo largo de su carrera, usted alcanzó muchos logros, ¿siente que le falta algo más?

- —No. En psicoanálisis hay algo que se llama el ideal del yo. Mi padre no tenía mucho ideal del yo. Era hermano de dos eminencias médicas y eso era un orgullo para él. No aspiraba, aspiraban por él. Era socio de River, le gustaba el deporte, era buen padre de familia —medio mujeriego, pero era culturalmente así—, no sufría. Pero yo tenía otra aspiración y llegué a más de lo que pensaba. En ese sentido, la vida conmigo fue muy gratificante. Hay mucha gente capaz en la Argentina que sufre y está resentida porque no pudo desarrollarse por las circunstancias sociales. Pero yo soy muy agradecido con el país. Por otro lado, viajo mucho y veo una Europa decadente. Converso con la juventud y creo que llegaron a un tope: juntan plata, compran departamentos, tienen cada vez más, pero están desasosegados y culturalmente sin empuje. En Latinoamérica hay más fuerza.

- —Dejando de lado los años del exilio, ¿en algún otro momento pensó en vivir en otro país?

- —No. Me escapé de Argentina porque me mataban, pero volví convencido. Soy muy de acá.


Fuente: Revista Ñ

"Catch" o las mujeres en el cuadrilátero

Las "titanas" en el ring de José María Muscari Foto: Archivo

"Catch" , con dramaturgia de José María Muscari. Con Cristián Morales, María Isabel Chiapetti, Laura Espínola, Monina Bonelli, Mariela Ascencio, Maruja Bustamante, Marina Robagliati, Valeria Giorzelli, Analía Núñez, Anabella Acosta, Graciela Baletti, Josefina Recio, Pía Pecora y María Elena Acuña. Vestuario: Morales y Perla Palma. Dirección: José María Muscari. En el Lorange.

Nuestra opinión: bueno

"Lucha en barro + sexo entre chicas", dice una ganchera frase publicitaria que anuncia "Catch", un trabajo de José María Muscari, estrenado el año pasado en el Centro Cultural Adán Buenosayres y reclutado ahora en las luces del centro con entrada a la gorra (y, por cierto, con un gran éxito de público).

Con este espectáculo, prohibido para menores de 18 años y con un lenguaje deliberadamente grosero (el director de "Mujeres de carne podrida" o "Derechas", entre tantos trabajos que ofrece la escena alternativa y comercial), Muscari intenta reflexionar sobre el mundo de la mujer anteponiéndolo al típico modo vincular de los hombres (de los hombres bien guarros, por cierto).

En su totalidad, "Catch" es fragmentario, caótico y desnivelado. O sea, un auténtico Muscari. El joven director parte de una aguda observación del mundo de los gimnasios y pone en escena a doce mujeres que sudan, hablan, se insultan o se pegan piñas como lo más normal del mundo. Las titanas en el ring son unas desbocadas en todo sentido y por el tipo de cuerpo, color de piel, peso y demás etcéteras conforman una troupe ecléctica por naturaleza que ni Martín Karadajian logró reunir en sus mejores épocas. Una troupe que le permite a Muscari hablar de las mujeres, uno de sus temas favoritos de su producción escénica.

Durante una hora, ellas ahí están: copando los pasillos, recorriendo las butacas y, claro está, el escenario del Lorange. Entrenándose, maldiciéndose o, como en la escena final, luchando en el barro. Nada en ellas preserva los típicos rasgos femeninos. Podría estar Rubén Peuchele entre ellas y nadie lo notaría porque la troupe de Muscari hace todo lo posible por ver quién es más macho. Es más: como eficaz contrapunto, el único que agrega un rasgo femenino es justamente un actor que hace de travesti (un sólido Cristián Morales).

Por momentos, el espectáculo abre juegos que no desarrollan (como la recurrencia de hablar sobre Mario Firmenich que nunca llega a un lugar determinado; o la presencia de una anciana dama que, más allá de su porte, poco agrega a la historia). Es que la dramaturgia interna de este trabajo experimental es uno de los puntos más débiles.

Un transgresor

Sin embargo, el delirio que sostiene a cada una de las actrices hace que el mismo espectáculo salga a flote y estalle en chispas de una enorme creatividad. En esta nueva versión de "Catch", Muscari convocó al coreógrafo Luis Biasotto (del grupo Krapp), quien ordena con enorme eficacia las complejas escenas grupales de lucha.

Para aquellos espectadores a los que no les va el lenguaje procaz o algunas escenas "subidas de tono", "Catch" será una muy mala opción. Pero para Muscari esas herramientas son las necesarias para construir una metáfora sin vueltas, dura como un cross de derecha para que su juego estalle en mil pedazos. En definitiva, la lucha que el mismo Muscari viene entablando contra las convenciones del teatro tradicional y su necesidad de seguir hablando sobre las mujeres, ese mundo que tanto lo fascina.

Alejandro Cruz

Fuente: La Nación

ENTREVISTA: GAMBARO Y PAVLOVSKY

El teatro de la herida absurda
Ñ logró juntar a los dramaturgos Griselda Gambaro y Eduardo Pavlovsky. Intercambiaron ideas y contaron cómo atravesaron décadas de vanguardia, militancia, exilios y consagración.

La acción transcurre en Don Bosco, sur del gran Buenos Aires, otra siesta inestable del verano 04. El living de un chalet suburbano rodeado de jardín con perro, pileta, hamaca doble y Santa Rita. Una mesita ratona al centro que tiene encima la escultura de un cráneo vítreo. Hay dos sillones. A la izquierda, está sentada la dueña de casa, Ella (Griselda Gambaro, dramaturga) a quien la acompañarán a lo largo de la escena, una aspirina, un pañuelo, un té con limón y dos cigarrillos. A la derecha, El (Eduardo Pavlovsky, dramaturgo y actor) expandido en un sofá frente a un vaso de agua y un cigarrillo desarmado. El clima del encuentro estará definido por dos frases: "nuestra afinidad ética y estética" (que dirá El) y "Nunca fuimos muy amigos pero hay admiración mezclada con cariño" (Ella). El diálogo comienza con ambos mirándose con los ojos apretados, tratando de recordar la primera vez que se vieron en la vida.

El: Ya sé. Fue en el 65, en el Teatro 35, un sótano de Callao y Corrientes. Había una obra tuya dirigida por Julio Tahier (Viejo matrimonio), otra de Beckett con Nacha (Guevara) y otra mía, Acto rápido. Formaban parte del repertorio del grupo Yenesí que yo había fundado.

Ella: Nunca más estuvimos juntos en un mismo teatro una misma temporada.

El: No, lo que tuvimos en común fueron dos directores: Alberto Ure y Laura Yusem.

Ella: Fue como una amistad a la distancia la nuestra.

El: En los 60, vos eras la única dramaturga argentina que expresaba mi manera de sentir el teatro. Recuerdo que en un ensayo mío ("Algunos conceptos sobre el teatro de vanguardia", 1966) yo me preguntaba por qué el espectador prefería más a (Roberto) Cossa que a Gambaro. La oposición entre absurdistas, nosotros, y realistas (Osvaldo Dragún, Ricardo Halac) surgió más por vos que por mí, porque el Instituto Di Tella te ayudó a trascender. Yo zafé por marginal. Y recogiste muchas resistencias, ¿no?

Ella: Sí, pero me sorprendía todo ese encono hacia mí. Yo no tenía intenciones de ser rupturista o vanguardista. Simplemente a mí el realismo no me salía.

El: Los que te clasifican de vanguardista son los investigadores o las enciclopedias. Cuando yo hacía teatro en los 60, no me daba cuenta de que era vanguardia. Me divertía hacerlo. Ure sí fue el padre de la vanguardia argentina y (Ricardo) Bartís es hijo de Ure.


Los 50: el hito Beckett

El: Yo no habría hecho teatro en serio si no hubiera visto Esperando a Godot de (Samuel) Beckett dirigido por Jorge Petraglia, con Roberto Villanueva, Leal Rey y otro chico. Es la gente con la que trabajaste vos después en el Di Tella. Pero estamos hablando de fines de los 50. Más que en el sentido estético me sorprendió en el sentido psicoanalítico (yo me había recibido de psiquiatra). Fue la primera vez en mi vida que vi representada mi angustia en un escenario.

Ella: Mirá vos. Yo también fui —era en el Teatro de Arquitectura, me acuerdo— y es un espectáculo que no me lo olvido más. Yo era joven y me impresionó mucho.

El: La vida entendida como espera me impactó profundamente. Bueno, yo escribí La espera trágica, después.

Ella: En Las Paredes, un personaje mío que dice "Espere" pero no hice asociaciones con Beckett.

El: Es tan fuerte Godot que te toca en el misterio, aquello que no podemos controlar pero que padecemos. En el año 75 compartí en París una marquesina con Beckett. Decía El señor Galíndez y Happy days: era el sueño del pibe. Le escribí una carta y me contestó enseguida diciéndome que estaba impresionado porque nunca había pensado que su teatro podía importarle a un psiquiatra. No le escribí más y enmarqué la carta en un cuadrito.


Los 70: psicoanálisis y militancia

El: Hay algo de patológico en la actuación, como en toda actividad teatral. Me he podido poner en contacto con sensaciones de orfandad, de limitaciones, de terror a través de los personajes que hice; en ese sentido el teatro fue una ayuda terapeútica. Al principio, el psicoanálisis veía el teatro como exhibicionismo del actor, pero Grotovsky lo decía muy bien: el actor es un pobre infeliz, mostrándole sus carencias a los demás.

Ella: Yo, en cambio, nunca me psicoanalicé. Cuando Ure aplicó técnicas de psicodrama a mi obra Puesta en claro, era ignorante de cómo se llamaba eso que hacía.

El: Yo la admiro a ella porque hay un piso estético—ético—ideológico que va más allá de haber leído a Freud o la militancia partidaria.

Ella: Bueno, la única vez que milité fue en la época de Cámpora. Quise integrarme a un grupo de gente de teatro como David Stivel relacionada con el peronismo. Pero dejé; me molestaba la presión de tener que pensar igual y que la disidencia fuera pecado.

El: La persona más cercana a mí es Luis Zamora y sigo a su lado. Pero me pasa lo mismo que a ella cuando tratan de imponerme ideas porque nuestra visión de la vida es bastante anárquica; difícil, que puedan presionarnos. Griselda es una intelectual latinoamericana y hay cosas políticas que le molestan y las puede decir. Pero ahora hay cierta gente joven que opina que no hay que politizar el teatro. Le preguntás qué opina de la situación actual, y te dicen: "Yo hago teatro; en política, no me meto". Uno como intelectual tiene la obligación de pronunciarse por determinadas cosas. Yo pienso que ella se ha pronunciado lo suficiente. Pero no pensamos en política cuando escribimos teatro. Hay un inconsciente social que se te mete.

Ella: Es que todo es político, hasta el acto más privado, aun cómo te comportás con tu familia. Mienten los que dicen que su obra no tiene ideología: la política está, aunque sea por omisión.

El: Los milicos lo sabían y en el 77 nos censuraron (la junta militar secuestró todos los ejemplares de la novela Ganarse la muerte de ella) y nos tuvimos que exiliar. La obra que me prohibieron, Telarañas, de político concreto no tiene nada, pero se ve el fachismo interiorizado en una familia. Me acuerdo que el secretario de cultura de la municipalidad me llamó y me dijo "Ayer vi Telarañas. Si la hubiera visto en Nueva York o en París, me hubiera gustado, pero acá no; sáquenmela mañana". A los pocos días, casi me secuestran.

Ella: En tiempos de Onganía ya había datos en la sociedad de secuestros y de torturas. Pero cuando yo escribí El Campo (67) sobre un campo de concentración nunca pensé que se llegaría a tanto en los 70.

El: Yo hice El señor Galíndez después, en el 73. A los torturadores los mostré como seres comunes, afectivos, queribles. Ahí me interesaba mostrar no la patología sadomasoquista del torturador sino cómo las instituciones forman patologías sociales.


Breve interludio feminista

Ella: Nunca me identifiqué con las mujeres de tus obras. Tenés una visión muy machista (risas). Con las mujeres de la obra El Saludador de Tito Cossa, también me pasa.

El: Y sí, yo pertenezco a una generación de machistas (risas).

Ella: Con mi marido (el escultor Juan Carlos Distéfano), lo mismo. De la cabeza, bárbaro, re abiertos, pero de pronto, les sale el macho de adentro. Eso viene de generaciones y generaciones. La cultura argentina en general es machista; basta oír un tango. En el teatro de Gregorio de Lafèrrere, son todas frívolas, casquivanas, unas harpías.


Los 80: la experiencia de Teatro abierto

Ella: En el 81, Teatro Abierto fue un acto político que no modificó el teatro. Cambió la actitud del público hacia el teatro y puso de acuerdo a la gente contra una situación social.

El: Multiplicó una micropolítica de resistencia. ¿Y dónde medís si eso tiene repercusión? En la represión. En un día voló un teatro. Era una multipartidaria teatral y ya no importaba más lo de absurdistas y realistas: estaban Cossa y Gambaro juntos (de ella se vio Decir sí). Estábamos volviendo del exilio y yo puse Tercero excluido.

Ella: Fue único. Cuando desapareció el momento histórico, y aunque se quiso mantener la experiencia, ya no fue posible.

El: Fue como el Mayo del 68 del teatro argentino.


Los 90: ¿Dramaturgia de autor o de actor?

Ella: ¿Qué es eso que se llama "Teatro no representativo"?

El: Mirá, el teatro no representativo es más ambiguo; no tiene personajes fijos, podés salir y aparecer como persona. Lo hago yo ultimamente; lo hace Bartís. No se basa en un texto fijo que hay que respetar y representar.

Ella: El camino de Bartís me parece tan legítimo como el trabajo con un texto. Yo me enojo porque algunos actores y directores pelean contra el texto y creo que lo verbal tiene una importancia dramática que no se puede dejar de lado. Si tocás una palabra de un texto teatral, no tocás una palabra nada más, estás metiéndote con acciones dramáticas.

El: Cuando actúo mis obras, descubro, metiéndome en el personaje, que ciertos textos míos adquieren una variedad de sentidos que no tenía claros cuando escribía.

Ella: Sí, depende de quién modifique el texto. En Puesta en claro, Ure les cambió la entonación a los diálogos, les puso un tono canyengue, y había tal potencia que fue maravilloso. Yo trato de proteger la estructura verbal pero una buena puesta nunca traiciona al texto, le busca otros caminos, lo enriquece.


Hoy: Shakespeare

Ella: Para mí, Shakespeare está vigente porque en él está el mundo. Yo no tengo que ir a buscarlo, lo tengo incorporado en mí. Cuando escribí La Señora Macbeth que se estrena en Abril, lo hice a texto cerrado.

El: Hay un por qué detrás de La Gran Marcha (adaptación de Coriolano que hizo el año pasado con Norman Briski). El personaje de Coriolano me subyugaba, y buscaba un director para hacer una versión contracultural. No quería hacer un Shakespeare correcto, sino buscar la multiplicidad de deformaciones implícitas. No quise hacer como el Ricardo Tercero de Al Pacino, con ese esfuerzo de no parecer yanqui.

Ella: Nunca podremos hacer a Shakespeare como se supone que es en realidad porque vivimos aquí y ahora.

La bocina del remis rompe el diálogo. Atardece con benteveos. Hora de irse. El y ella se prometen volver a verse sin excusas periodísticas. Ahora una bocina de tren a lo lejos. Telón.

Fuente: Revista Ñ

GRISELDA GAMBARO

De la crueldad a la misericordia

Pasaron 40 años entre su primera obra, "Las Paredes " (1963), y la última, "La señora Macbeth" (2003), a estrenarse en Abril en el C. C. de la Cooperación. En este reportaje, la dramaturga repasa sus influencias y su relación con viejas y nuevas generaciones.

PABLO SCHANTON
Me encanta ser antigua.

No tengo computadora. Hay cosas masivas a las que todo el mundo adhiere ciegamente pero yo rechazo. ¿Cómo podría desplazar mi máquina mecánica que me fue tan leal en 30 años? Hay que defender el amor a las cosas." Desde su resfrío y la misma casa donde Gambaro vive hace 40 años con su marido (y tuvo lugar el encuentro con Pavlovsky), la voz congestionada subraya ese candor zen que caracteriza a la autora de tragedias de verdugos y víctimas como La Malasangre. "Vivo retirada de la gran ciudad porque acá tengo lo que necesito: tranquilidad", respira. "El silencio es una condición sine qua non para mí, pero sé de gente que escribe en un bar. Como muchas decisiones vine acá por razones económicas, porque los terrenos eran baratos y lo vendían a plazo. Después recién fue una decisión de vida."

Este es el año en que Pompeyo Audivert dirigirá a Cristina Banegas en La Señora Macbeth, la última obra teatral escrita por Gambaro. Cuatro décadas antes, la autora terminaba de pulir su primer texto dramatúrgico, Las Paredes. Ahí el secuestro de un joven a cargo de un ujier y un funcionario era la excusa para una reflexión metateatral que inauguraría una forma inédita de hacer teatro político. "No estoy fuera de mis obras como para tener una visión objetiva de ellas, pero supongo que la negación de la realidad y la distancia entre palabras y actos son dos constantes. Apenas la Señora Macbeth reconoce que algo anda mal, lo niega. Todo por amor a su marido. Pero igual nunca me propuse escribir obras que ilustraran temas.", dice y tose, antes de recordar con leve sorna que Las paredes fue comparada con Harold Pinter y Kafka. "En realidad, lo de los muros que se angostan lo saqué de una serie norteamericana que daban en los cines, más que del absurdo prestigioso. Me calificaban de "absurdista" pero a Pinter no lo había leído y a Ionesco creo que no. Buscar relaciones con los autores europeos es parte del espíritu colonialista que nos inculcaron", jura.

- —¿Y Kafka?

- — Lo había leído menos, pero con más admiración. Con él me pasa como con Beckett, me angustian demasiado porque no hay salida en sus mundos. Cualquier persona lee buscando la virtud sanadora que tiene el arte y ahí es más difícil de encontrarla. Los leí un poco por obligación, sin la conexión visceral que uno tiene con los autores que ama.

- —¿Prefiere la filiación de su obra con el grotesco nacional que en el 89 encuentran críticos como Nora Mazziotti (ver "Poder, deseo y marginación")?

- —Sí, tengo puntos de contacto con Armando Discépolo, pero no es mi influencia total. Aprendí de él esa manera de hacer pasar a un personaje a través de la comicidad por una situación totalmente trágica. Respeto los trabajos críticos sobre mí, pero me mantengo distante. Hay un estudio de una chilena, Marta Contreras (Teatro de la descomposición), donde compara las relaciones de poder en mis obras con la teoría de Michel Foucault. Es válido pero yo nunca leí con atención teoría o ensayo. Prefiero la ficción o la poesía.

En 1982, ya de vuelta de su exilio español, Gambaro estrena La Malasangre, un hito en su carrera que la aleja definitivamente de la etiqueta "absurdista". La obra transcurría en 1840. La protagonista, Dolores (encarnada por Soledad Silveyra, para quien se había escrito el texto a pedido), le aullaba a su padre autoritario, que tenía mucho de Rosas, una frase con mucho de desahogo colectivo: "¡Yo me callo pero el silencio grita!". Cierre de telón y los aplausos gritaban. Dos funciones fueron interrumpidas por grupos de ultraderecha al grito de "¡Viva Rosas, mueran los bolches!". "Fue la única obra mía donde el momento histórico y la necesidad del público concidieron, la más oportuna", asume. "Con Las Paredes no se dio: se comprendió 20 años después. La Malasangre reflejaba lo que estaba pasando y además la realidad entraba a la obra y la gente le hacía resistencia sin levantarse de sus asientos a los grupos de derecha".

- —¿Le preocupaba que su obra produjera sensaciones de angustia o de crueldad en los espectadores?

- —Nunca les hice caso a los que lo decían por snobismo o por debilidad. Toda la crueladad pasa a través de una estética, no es cruda. Generalmente la gente que ve crueldad en mi obra es gente que se banca muy bien lo que llamamos "realidad".

En 1990, la obra Penas sin importancia (un homenaje explícito al Tio Vania de Chejov) parece marcar otro cambio en la obra de Gambaro. La pieza termina con Rita proponiendo una nueva forma de esperar, distinta a la desesperanzada y resignada del final de Las Paredes. "Ahora esperarás conmigo" proponía Rita y había mucho de esperanza colectiva. "Hubo experiencias sociopolíticas como la democracia que me hicieron cambiar a nivel personal también. Ahora tengo una mirada más misericordiosa hacia los personajes. No sé si ahora podría escribir una novela como Ganarse la muerte, que con todo el humor que tiene, tiene tanta crueldad. A medida que transcurre la vida uno no piensa igual que a los 30. La mirada se vuelve más distanciada, más piadosa porque la muerte está presente de otra manera. Para qué tanto odio, vejación y crueldad si terminamos en una muerte inevitable, ¿no?", pregunta y se refugia un rato en su pañuelo.

- —El slogan de Rita es "Misericordia o nada".
- —Exacto. Supongo que hay mucho de mi voz en la de Rita. En mis primeras obras me cuidaba de mezclar mi voz entre las de los personajes porque eso puede ser fatal. Pero con el tiempo tuve más seguridad. La Dolores de La Malsangre tiene algo mío también.

- —Rita también llamaba a esperar a los "débiles, a los robados".

- —Yo siempre me identifiqué con aquellos que son marginados de la sociedad, los desclasados. O los transgresores inocentes, como los deformes de mis obras. Soy una chica que nació en una casa de obreros de La Boca y se dedicó a la literatura de forma autodidacta. Mis lecturas dependían de la biblioteca popular, de donde sacaba libros de Dostoievsky y ya de chica tomaba contacto con una dimensión tan trágica de la vida. El origen social te marca. Lo que viviste en tu infancia te imprime un sello en la manera de mirar, lo podés traicionar pero yo no lo he hecho nunca. Yo agradezco venir de donde vengo, me ha permitido comprender el mundo de una manera diferente. Me ha permitido entender no por acercamiento, sino por pertenencia, que es muy distinto. Eso explica que use ese tipo de personajes porque además son los que más conozco. Juro que no sé cómo es una señora de Barrio Norte.

- —¿Habría también una identificación con Antígona, el mito feminista por excelencia, la mujer que pulsea la ley paterna como usted la expone en su "Antígona furiosa" de 1986?

- —Sí, pero la verdad es que no tuve tantos problemas con mi padre por mi vocación, aunque fue vergonzante y secreta por muchos años. Mi padre era anarquista y tenía conciencia de clase pero siempre me hubiera gustado que mi madre se rebelara ante ciertas actitudes de él. Lo que uno no sabe es cómo habría sido yo si ella hubiera sido una especie de Rosa Luxemburgo. Lo que sí conocí y soporté fue el costo de cada gesto de rebelión, de autonomía y de independencia.

- —Generalmente entre sus lecturas favoritas cita a Colette, Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Silvina Ocampo, Hebe Uhart. Mujeres, digamos. Y es bastante irreverente a la hora de hablar sobre Borges o Cortázar.

- —La cultura argentina tiene raíces patriarcales y la mirada de la mujer es fragmentaria pero necesaria. De Borges, qué puedo decir: está más allá del bien y el mal. Siempre que lo releo, digo: "Qué perfecto, qué bien que escribe". Y no sé si es bueno eso, que siempre me mueva a la admiración. A veces sería buenos admirar menos a los escritores. Cortázar no fue una marca generacional para mí. No abro juicio de valor. Es un problema mío no poder acercarme a ellos.

- —¿Le interesa la nueva dramaturgia nacional?

- —Sí, tengo libros de Daniel Veronese y de Rafael Spregelburd, incluso los he leído en mansucritos. Pero no estoy tan al tanto como debiera; me falta ver las puestas. Me parecieron muy bien escritas; me gustaba la manera de quebrar las escenas, el humor. Pero después de haber leído unas cuantas, me parece que hay un eco repetitivo en algunas, como si tuvieran aprensión y desconfiaza a comprometerse con los grandes sentimientos y los grandes pensamientos.

- —¿Le molesta que a sus obras se las suelan relacionar con el momento sociopolítico y con los grandes pensamientos?

- —Yo no tengo lo que Maurico Kartun llama "el pudor del sentido" de los autores jóvenes. A la Antígona furiosa la relacioné con esas Antígonas más cercanas que son las madres de Plaza de Mayo. Acabo de leer el libro de Ure y es bárbaro pero no estoy muy de acuerdo con ese teatro de tanta angustia, de tanta imposiblidad de encontrar, de tanta búsqueda sin fin, que acepta el hecho de no ir a ningún lado. Desde que el arte es arte, uno se acerca a una obra para confortarse con la condición humana, para una aclaración sobre nuestra condición. Por eso no me molesta que encuentren sentidos a lo que hago, aunque sean pedestres.

Fuente: Revista Ñ

sábado, 24 de enero de 2004

“Lo que yo quiero es hacer lo que se me antoja”

Empezó a hacer performances teatrales muyoff, hasta que se volvieron de culto. Hoy alterna esos trabajos con la televisión.

Por Cecilia Hopkins

José María Muscari comenzó a dirigir performances teatrales a los 19 pero adquirió notoriedad dos años después, cuando estrenó en los altos de una sala off de la calle Corrientes Mujeres de carne podrida, espectáculo que al año siguiente se alzaría con el premio Estrella de Mar ‘99 en los rubros Mejor Comedia y Mejor Vestuario. Con mucho de happening caótico, la obra describía las perversiones del mundo de la moda, en parte, bajo la forma de un inverosímil desfile con modelos apenas cubiertas por cartones de tetrabrick, CDs y tapas de revistas porno. Pero antes del reconocimiento marplatense, Muscari ya se había propuesto captar al público porteño enviando a su nutrido elenco a volantear por Corrientes, en ocasión de los estrenos más convocantes. La estrategia de agitación y propaganda funcionó a tal punto que con el correr de los meses comenzaron a formarse largas colas para entrar a la sala, amenizadas convenientemente por la propia compañía. Al año siguiente, cuando en un sótano del Abasto estrenó Pornografía emocional –un esperpento desenfrenado sobre la crueldad de los talk shows, que transcurría en un delirante estudio de televisión–, quienes comenzaron a acercarse fueron los actores famosos. En diálogo con Página/12, Muscari recuerda que por entonces los medios comenzaron a llamar la atención acerca de un espectáculo “para modernos y adolescentes que se está convirtiendo en una obra de culto”.

De esta experiencia fue que surgió en Muscari la necesidad de dirigir a actores consagrados en el circuito comercial. Así, estrenó en 2000 la futurista Desangradas en glamour, junto a Ana Acosta, Sandra Ballesteros, Martha Bianchi, Julieta Ortega, Carola Reyna y Florencia Peña. “Muchos se confundieron conmigo –se defiende el director– porque creyeron que yo abandonaba el teatro alternativo y me pasaba al comercial, pero no fue así.” En efecto, luego de dirigir nuevamente a Acosta, esta vez con Daniel Fanego, en Pareja Abierta, de Dario Fo y Franca Rame, luego de incursionar en el teatro infantil junto a Florencia Peña y Reina Reech, siguió estrenando performances teatrales a la gorra. Tal es el caso de Catch, un espectáculo que ya había estrenado el año pasado en el Centro Cultural Adán Buenosayres y que Carlos Rottemberg no dudó en programar este año en el Lorange a pesar de las advertencias de Muscari: “Le dije que era muy bizarro, muy border, que había desnudos y se hablaba un lenguaje muy procaz, que hay actores que hacen pis en escena, y aceptó igual: metimos 500 personas por función”. Hace poco, de la productora Endemol lo llamaron para proponerle la dirección artística de Mentime que me gusta, el programa de Ronnie Arias, quien había visto casi todos sus espectáculos. A pesar de que está “sufriendo con los tiempos de la televisión”, Muscari se declara contento “porque el programa tiene un nivel de zarpe que a mí me interesa”. Y en Mar del Plata, estrenó Congeladas, unipersonal de María José Gabin sobre un texto de César Aira y dramaturgia de Mauricio Kartum.

–¿Elige los temas de sus espectáculos con la intención de elaborar una crítica determinada?

–Yo no me propongo tocar un tema determinado sino que me dejo tomar por algo que me surge a pesar de mí. Después aparece una mirada mordaz, irónica o crítica. Después de hacer Grasa, sobre el tema de la xenofobia y la discriminación –ocurre en la Argentina del futuro, que ha sido ocupada por Bolivia y los únicos sobrevivientes, 8 jóvenes, están refugiados en un sótano–, ahora en Catch quise referirme a la humillación a la que se puede llegar para ocupar un lugar de poder. Para eso, tomé el fenómeno de la lucha de mujeres en el barro, un mundo de las películas truchas americanas que siempre me atrajo. Vuelvo al código de actuación grotesca y doy importancia al alto impacto visual. Pero hay una historia conductora, entre una mujer de 80 años y un travesti.

–Sus elencos suelen ser numerosos. ¿Cómo encuentra a sus intérpretes?

–Algunas trabajan conmigo desde hace tiempo, a otras las conozco en audiciones, porque cuando se corre la noticia de que voy a preparar algo, me llama por teléfono gente que no conozco. Para Catch vi a 350 actrices para cubrir sólo 20 roles. Las necesitaba muy distintas entre sí porque a los personajes, por ser diferentes, se los trata mal y son humillados.

–En sus producciones prevalecen los personajes femeninos...

–Me gustan más las mujeres en teatro que los hombres. Me divierte el universo de la mujer en escena: las actrices son mucho más lanzadas, menos conceptuales; corren mayores riesgos que los actores, ponen el físico adelante y no esperan comprender para hacer. Internamente, para mí las mujeres son las dueñas del mundo.

–¿Cómo hace para pasar de un circuito a otro con sus espectáculos?

–Yo no me siento atado a un circuito. A mí no me construye como artista el hecho de estar en el under o en el circuito comercial, porque no me comprometo con uno u otro sistema de producción. Solamente tengo en cuenta lo que quiero contar y trato de conseguir los elementos que necesito para hacerlo de la mejor manera. Para definir mi teatro me gusta usar la palabra alternativo, que habla de un teatro relacionado con el contenido de una propuesta que sale de los cánones generales. En cambio, lo under muchas veces no cumple con esas expectativas: hay espectáculos under que son más convencionales que Vengo por el aviso, con Rodolfo Ranni.

–¿Cómo siente que lo ubican en el medio teatral?

–Yo no pertenezco al teatro de elite, que es considerado profundo, serio y que viaja por el mundo. Si podré acceder o no alguna vez a ese tipo de teatro no lo sé: lo que yo quiero es seguir haciendo lo que se me antoja en cada obra. Con el posicionamiento de mi nombre en el medio, ahora puedo estar en los títulos de un programa del Canal 13 de primera línea y también puedo ir a la calle Corrientes a entregar volantes hechos en fotoduplicación y pagados por mí mismo. No tengo ninguna contradicción y espero no tenerla nunca.

Fuente. Página 12